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Hollande, el Quijote francés

Fausto Pretelin | Lunes 21 de mayo, 2012
Fausto Pretelin

El presidente francés inauguró su presidencia haciéndole un homenaje al padre de la escuela laica; en México, recordamos a Fox desayunando tamales

François Hollande no cree en la santidad de los políticos. Aquellos personajes, cuyos mensajes mediáticos esbozan fragmentos evangélicos de la transmodernidad. Lo mismo Bush con ustedes los satanes nosotros los santos que Rajoy con los problemas nos los heredaron los socialistas y mis recetas serán infalibles, los políticos alimentan con sus posturas ideológicas a la falsea creencia de la santidad del Estado.

 

Al parecer, la vida política es el mundo de los maniqueos. Personajes que piensan a la mitad, comprenden la mitad y se desenvuelven a la mitad de sus capacidades. (En México los conocemos bien. López, Peña y Vázquez, antes de ser políticos, son porristas de corrientes ideológicas desfasadas de nuestro tiempo. Los tres son maniqueos y México será gobernado por uno de ellos. Así que resignémonos.)

 

Unos minutos después de que François Hollande tomara posesión el pasado martes, se dirigió al jardin des Tuileries en París. En ese magnífico espacio, como todos los jardines de París, le dedicó unas palabras a Jules Ferry.

 

Hollande optó por el símbolo para enviar a través de él su primer mensaje no protocolario (revestido exclusivamente por su deseo) como presidente de la República Francesa: escuela laica, gratuita y obligatoria. Propuestas de Jules Ferry quien murió en 1893.

 

¿Cuántas veces hemos escuchado y leído, en voz y plumas de la izquierda, las palabras “escuela laica”, “gratuita” y “obligatoria” sin conocer a su mentor? Hollande eligió el jardin des Tuileries porque ahí se encuentra el monumento de quien fuera ministro de Instrucción Pública en 1879 y presidente del Consejo de Ministros en 1880: Jules Ferry. Abogado y periodista, participó activamente desde la oposición republicana en contra del Segundo Imperio.

 

Ferry no fue santo. La derecha francesa lo ha recordado en los últimos días a través de tuits envenenados en contra de Hollande: Ferry fue un racista y colonialista.

 

Una editorial de Thomas Wieder, en Le Monde del miércoles pasado, se lo advertía a Hollande. El título de la misma fue “Jules Ferry el colonizador que suscita la controversia”. En el texto, Wieder recordó algunos de las convicciones de Ferry, en particular, su idea de que las razas superiores tienen el deber de civilizar a las razas inferiores.

 

Ferry, de igual manera, fue de los convencidos de la necesidad de establecer los protectorados franceses de Túnez y el de Annam (Vietnam). Las grandes ambiciones de Ferry tuvieron como fin último colaborar para la grandeza de Francia.

 

Hollande lo sabía. Por eso, durante su discurso advirtió que “su defensa (de Ferry) de la colonización son moralmente incorrectas”. Al no creer en los políticos santos, Hollande resaltó de Ferry su amor por la educación. Simplemente.

 

Para Hollande, como lo fue para Ferry, la escuela es el espíritu de la República. Espacio donde convergen la libertad, la igualdad y la fraternidad. Algo más, la emancipación.

 

Hollande sueña con la siguiente generación.

 

La noche del domingo seis de mayo, en la Bastilla y con la victoria en su bolsa mencionó el objetivo de su gobierno (muchos medios no le hicieron eco), “Seré el presidente de los jóvenes”. Quizá, en el vademécum de la retórica es algo normal que todo político lo mencione. Pero diez días después, ya como presidente, Hollande lo reiteró frente a Jules Ferry, el padre de la escuela laica, gratuita y obligatoria.

 

Lo acontecido durante las primeras horas de la presidencia de Hollande es una muestra representativa de lo que sucederá durante los próximos cinco años en Francia: de sus 34 principales nombramientos decidió que 17 fueran mujeres y 17 hombres; todos firmaron un código deontológico con el que se comprometen a no detonar conflictos de intereses por sus anteriores trabajos; a todos les disminuyó el sueldo en 30% (incluido, por supuesto, su sueldo), y no recibirán regalos cuyo valor monetario supere los 150 euros (2 mil 700 pesos), entre otras medidas.

 

Respecto a los perfiles de sus ministros, lo han criticado por tres aspectos: sólo cinco de los 34 tienen sólida experiencia en los temas que atenderán en sus respectivos ministerios, dejó fuera de su gabinete a Martine Aubry (una de las figuras del Partido Socialista) debido a que ella quería ocupar la máxima plaza del gobierno, la de Primera Ministra, y por último, el nombramiento de Laurent Fabius como ministro de Exteriores (el máximo puesto después del de Primer Ministro), al haber promovido el No en el referéndum sobre el Tratado europeo que establecía la Constitución comunitaria (29 de mayo de 2005).

 

Todo indica que las críticas son maniqueas porque provienen de maniqueos. Hollande apuesta por los relevos ideológicos, tan sanos como necesarios para fortalecer la democracia; no se dejó presionar por Aubry cuya soberbia no le permitió aceptar la oferta de Hollande; y Fabius tendrá que ser ejemplo del pragmatismo (obligado) debido a que la orientación de Hollande hacia la Unión Europea será hacia el fortalecimiento para que salga delante de la crisis.

 

Mientras que Vicente Fox inauguró su gobierno comiendo tamales con los niños en Tepito, Hollande rindió homenaje a quien consideró que la escuela es el alma de la República. Así es el mundo de las ideas.

 

Por lo pronto, Hollande se ha convertido en el Quijote de la educación.

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