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Juan Pablo de Leo

Uno de los pocos buenos momentos del presidente Enrique Peña Nieto en esta recta final de su sexenio fue confrontar a Donald Trump en un video publicado en las cuentas de las redes sociales de la Presidencia de la República. En contraste, el peor momento de su presidencia después de los escándalos de la Casa Blanca y del caso Ayotzinapa, fue hacer caso a la sugerencia del entonces secretario de Hacienda, Luis Videgaray, de invitarlo cuando el estadounidense era candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, en 2016.

Enrique Peña Nieto experimentó en carne propia por algunos años, lo que es una relación complicada con el actual líder de Estados Unidos. Ni el francés Emmanuel Macron ni el canadiense Justin Trudeau ni la alemana Angela Merkel ni los más experimentados negociadores políticos a nivel internacional en sus cargos de poder han podido llegar a un vínculo de colaboración y respeto con Trump.

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›Con quien Donald Trump sí ha generado amistades de importancia a nivel público ha sido con los presidentes y primeros ministros de Israel, Benjamin Netanyahu; de Filipinas, Rodrigo Duterte; de Corea del Norte, Kim Jong-un y con Vladimir Putin de Rusia, es decir, gobiernos autoritarios hardliners que imponen su política de manera tal que seducen a quien lleva el poder en Estados Unidos.

Por otra parte, quienes han intentado acercarse en actitud constructiva han fallado en el intento: desde el presidente Peña Nieto hasta los mandatarios europeos que consideran a Estados Unidos como un aliado estratégico en su plataforma política. Parece ser en cambio que con la confrontación ha sido la constante de Donald Trump que busca un enemigo hacia fuera para empoderar su base a nivel discursivo.

Mientras tenga culpa hacia fuera en cuestión comercial, migratoria y seguridad, tiene gasolina para que su movimiento se mantenga vigente.

Justo en ese sentido viene el reto para el próximo presidente de México, Andrés Manuel López Obrador. La tarea de manera inmediata será desarticular el discurso agresivo que mantiene Trump hacia México con las dificultades que implica, lo que sería el mejor de los éxitos, pero eliminaría el mayor activo que tiene para legitimarse ante su base.

Por todo ello, para Andrés Manuel la mejor relación con Estados Unidos sería una inexistente. Mientras Trump guarde silencio en campaña y redes sociales, el gobierno mexicano podrá actuar con mayor comodidad, entendiendo que la política exterior para la administración entrante será mínima y de no intervención. Ya lo dijo López Obrador durante campaña: la política exterior comienza por la interior.

Es por ello que el gran triunfo del virtual presidente estará en la defensa de los migrantes y de México frente al discurso de odio. En materia comercial es la intención del gobierno mexicano entrante que la renegociación con el Tratado de Libre Comercio haya sido solucionada. A la administración que llega no le conviene cargar con la monumental tarea que implica negociar con el gobierno de Trump, un hombre que lleva a la raya las negociaciones políticas comparables a las más intensas negociaciones empresariales entre tiburones. No es de extrañar que personajes cercanos a Andrés Manuel que formarán parte de su primer círculo estén intentando mantener al grueso del equipo de negociación que conozca a la perfección el estado actual de las negociaciones.

En ese sentido, el escenario ideal sería llegar ya con un Tratado de Libre Comercio renegociado por la administración actual. Para Peña Nieto el cierre de gobierno sería bueno, habiendo garantizado unas elecciones libres, una transición pacífica, ordenada; una casa en orden y con estabilidad económica mediante un acuerdo comercial renegociado con Estados Unidos y Canadá que le dé certeza a los mercados y al peso mexicano. A medida en la que Peña Nieto pueda entregar cuentas claras, habrá contribuido de manera importante a reducir el discurso incendiario que Trump puede ejercer sobre México.

Si las condiciones se dan, podríamos estar ante la relación más distante entre México y Estados Unidos en años. La más fría, tal vez. Una relación en la que ninguno de los líderes se interesa por el otro. Indiferente. El migratorio es el reto más importante para ambos y bajo su propio foco. Para Trump tiene que ver con seguridad y para López Obrador con oportunidades; migrar porque se quiera y no por necesidad.

Sin embargo, resulta que el problema de la migración a Estados Unidos en estos momentos no pasa por México, sino por Centroamérica. Los programas sociales del gobierno entrante se verán desafiados ante la sobrepoblación de migrantes en la frontera, las peticiones de asilo y los maltratos en la frontera sur, al inicio de su travesía.

No hay duda de que Trump necesita a México para sus aspiraciones y políticas de reelección, más allá de las votaciones intermedias de noviembre, que no estarán en la cancha de López
Obrador, aún.

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