Compartir

Manuel Lino / Los Intangibles.com

El sobrenombre del Libro del Día del Juicio Final (Domesday Book) puede parecer exagerado; especialmente si consideramos que se trata de un simple censo, uno que encargó Guillermo el Conquistador en 1085 para conocer su nueva posesión, Inglaterra, y para saber cuántos impuestos podía cobrar a los terratenientes.

Pero lo que encontraron los inspectores de Guillermo es, desde una perspectiva contemporánea, aterrador: apenas era el siglo XI de nuestra era y ya el 90 por ciento de los bosques naturales de Inglaterra, que no estuvieran en las montañas, habían sido destruidos para uso agrícola, para la alimentación de los 1.5 millones de habitantes que había entonces en la isla y que el propio censo contabilizó.

Podemos tomar a Inglaterra como muestra, pues las avanzadas civilizaciones que se desarrollaron en los valles ribereños de China y la India habían alcanzado densidades de población mucho más altas cientos y hasta miles de años antes; por lo que muchos historiadores de la ecología han concluido que estas regiones habían sido deforestadas alrededor de dos o tres mil años antes que Inglaterra.

Un estudio reciente, y pionero en más de un sentido, publicado por la revista Science no solo confirma esta hipótesis, sino que muestra que, en realidad, la devastación de la naturaleza causada por los seres humanos y sus afectaciones al clima comenzaron desde mucho antes… Pero también nos da esperanzas. 

La bienvenida al Antropoceno

Desde que en el año 2000 el premio Nobel de química Paul Crutzen acuñó el término Antropoceno para designar a la era geológica en que la acción de los seres humanos está cambiando a la Tierra, muchos científicos han debatido sobre cuándo se dio el inicio de esta etapa. 

Para Crutzen, la revolución industrial, con la invención de la máquina de vapor en 1784 y el consiguiente y acelerado aumento de la cantidad de dióxido de carbono (CO2) en el aire, fue el arranque. 

Otros proponen el inicio se dio a principios del siglo XVI, cuando la muerte de alrededor de 60 millones indígenas en las Américas, a causa de las enfermedades contagiosas que llegaron con los europeos, ocasionó un gran desbalance ecológico; entre las tierras que dejaron de cultivarse y los bosques que dejaron de quemarse, el dióxido de carbono en la Tierra empezó a disminuir y quizá  fue la causa de la pequeña edad de hielo que se registró en esa época.

Claro que esos son eventos notables y dramáticos, pero el autor que pareciera estar en lo cierto, William Ruddiman, propuso en 2005 un mecanismo más lento, pero constante. Su hipótesis parte de las observaciones de las burbujas de aire antiguo que quedaron atrapadas en los glaciares y de las temperaturas globales que esos mismos glaciares, con sus velocidades de congelación, permiten estimar.

“Parece que nuestros ancestros agrarios empezaron a añadir dióxido de carbono a la atmósfera hace mucho milenios… Nueva evidencia sugiere que las concentraciones de CO2 empezaron a elevarse hace unos ocho mil años. Unos tres mil años después, lo mismo sucedió con el metano, otro gas que atrapa el calor. Las actividades humanas relacionadas con la siembra —sobre todo la deforestación y la irrigación—, han de haber añadido el CO2 y el metano adicionales”. 

El nuevo estudio, Evaluación arqueológica revela la transformación temprana de la Tierra a través del uso de la tierra”, juntando datos de 255 arqueólogos de todo el mundo comprueba que hubo suficiente actividad agrícola de 12 mil años al presente como para cambiar el clima y que a ello contribuyeron también los pastores y hasta los cazadores-recolectores.

Juntos somos más que sumados

Erle Ellis, de la University of Maryland Baltimore County, concibió el proyecto y consiguió el financiamiento para llevarlo a cabo. 

“Estuvimos hablando con arqueólogos que estaban convencidos de que los mapas globales de uso de tierra estaban mal, que sus datos indicaban otra cosa, pero no habían podido juntarlo”, comenta Ellis.

Ellis tomó como ejemplo a un proyecto colaborativo masivo en matemáticas. “Tomaron teoremas matemáticos que nunca habían sido demostrados, los pusieron en un sitio de internet, invitaron a otros matemáticos a tratar de resolverlos”.  Y fue un éxito… Bueno, varios éxitos, porque hicieron muchas publicaciones.

A diferencia de los matemáticos, los arqueólogos no tienen un lenguaje común, por lo que una parte sustantiva del proyecto tuvo que ver con construir uno. Además, Ellis está orgulloso de otra innovación del proyecto: 

“Los arqueólogos son bien conocidos por aferrarse a sus datos, quedarse con ellos por años sin publicarlos. En el globe project tomamos la aproximación contraria. Dijimos: ‘Vamos a compartir nuestros datos en cuanto los tengamos’. Desde antes de que termináramos de recolectar toda la información, ya había muchos datos disponibles para todo mundo gratuitamente”. 

Y lo que confirmaron es que efectivamente, la actividad humana global ha sido intensa y capaz de cambiar el clima de la Tierra desde mucho antes de lo que se pensaba. Incluso con actividades de bajo impacto y en lugares que antes se pensaba que eran prácticamente salvajes.

“Los cazadores recolectores tienen muchas formas de modificar su ambiente. Todas las sociedades de este tipo manejan sus ambientes de alguna manera; algunas de ellas impactan, tanto como las actividades agrícolas”. 

Ellis pone como ejemplo, los aborígenes de Australia, que hacen incendios para cambiar su ambiente, algo que se está descubriendo que hacían también los indígenas de Norteamérica; también a los pobladores del Amazonas, que contribuyen a diseminar las especies que prefieren y a exterminar las que no.

“La idea de que hay zonas donde no ha habido personas o que no han sido modificadas por los humanos, es… bastante falsa. Es muy raro que ocurra. Algunas de estas civilizaciones han mantenido ecologías que desde nuestra perspectiva moderna e industrial son naturales. Así que cuando hablo de la influencia humana, no necesariamente es una cosa mala”.

Las lecciones de África y América

La cuna de la humanidad, África, “ha sido diferente a cualquier otro lugar”, explica Ann Horsburg, una de las arqueólogas que participó en el estudio, “porque el pastoreo de animales se dio antes que los cultivos, hasta por un par de miles de años. En el resto del mundo primero fueron los cultivos y el pastoreo fue una actividad secundaria”.

Horsburgh se especializa en buscar patrones de ADN en los animales domésticos, así que ha podido identificar los restos de los animales que se han encontrado en el registro arqueológico, y averiguar de dónde llegaron hasta ahí. Así que puede añadir:

“Lo curioso es que todos los animales domesticados, con la excepción de los burros, fueron llevados a África desde otras regiones”, dice la investigadora de la Southern Methodist University

Otro factor que hace a África muy distinta del resto del mundo moderno es que hasta la actualidad ha habido una presencia significativa de los cazadores recolectores”. En muchas áreas de este continente, los cazadores recolectores comparten la tierra con los pastores y no muy lejos de ahí viven los granjeros. “Estas tres formas de ganarse la vida siguen existiendo hasta la actualidad. Eso no sucede en otro lugar del mundo”.

Si a esto añadimos que se mantuvo una fauna con animales de gran tamaño, se puede decir que África es un ejemplo de convivencia.

El caso de América, el continente que más tardó en recibir poblaciones humanas, es muy diferente. En particular en México y Mesoamérica donde, a diferencia de la región andina, no hubo pastoreo.

Los primeros ensayos americanos con la agricultura datan del año 8000 antes de Cristo, con las primeras evidencias del teosinte, el ascendiente del maíz, en la zona central de México. En la zona maya empezó mucho más tarde, hay evidencias de que en año 700 a.C. ya había agricultura, explica la arqueóloga Nayeli Jiménez Cano, de la Universidad Autónoma de Yucatán y la única presencia mexicana en el estudio. 

Aunque en Mesoamérica hubo una agricultura cuidadosa y capaz de domesticar alrededor de 200 especies que ahora forman parte fundamental de dietas en todo el mundo, también se practicó uno de los métodos agrícolas más agresivos con el ambiente, el de roza, tumba y quema: tumbar bosque, quemar la superficie para que la tierra se enriqueciera, dejar reposar un tiempo y sembrar. 

Ese modelo agrícola agota la tierra rápidamente y, junto con los conflictos políticos y sociales y los incendios que se producían en un ambiente degradado, parece estar entre las causas determinantes de que grandes ciudades como Chichén Itzá o Teotihuacan estuvieran deshabitadas cuando llegaron los españoles.

›Así, después de 12,000 años y con el acelerón de la revolución industrial, ya tenemos la emergencia climática encima, con nevadas, olas de calor, incendios y tormentas récord todos los años. Ahora, el Doomsday Book pareciera, más que nunca, hacer honor a su nombre y ser una suerte de aviso del Día del Juicio Final… O ¿tal vez el Globe Project Archaeology indica otra cosa?

Mark McCoy, también de la Southern Methodist University, estudia las islas del Pacífico. Estas islas han tenido una aportación mínima a los gases de efecto invernadero y, sin embargo, sus habitantes son los que están en mayor riesgo de padecer las devastadoras consecuencias del cambio climático.

“Muchas de las islas van a tener que ser abandonadas. Ojalá no fuera cierto, pero las   predicciones indican que van a ser  inhabitables en el futuro cercano”, explica McCoy.

Ahí, donde la amenaza es mayor, está la verdadera lección: “Si ves la historia de la zona, en especial de la Micronesia, verás que en las islas existen toda suerte de conexiones familiares. Cuando llega una tormenta y hace inhabitable alguna de las islas, mientras se recuperan los cocoteros y las cosechas, puedes ir a quedarte con tus vecinos”, explica McCoy.

“Creo que esto nos habla de lo importante que es que estemos conectados, que encontremos soluciones en conjunto. Tengo la esperanza de que seremos capaces de reaccionar con humanidad”, agrega.

Y, bueno, la realización de este multitudinario estudio “diagnóstico” puede calificar como un buen principio hacia la solución. 

las islas del Pacífico han tenido una aportación mínima a los gases de efecto invernadero y, sin embargo, sus habitantes son los que están en mayor riesgo de padecer las devastadoras consecuencias del cambio climático.

Todo tipo de producción de comida, si hay suficiente cantidad de gente haciéndolo, tiene un impacto en el clima.

Ann Horsburg
Southern Methodist University.

La agricultura hace mucho más que darnos de comer, es lo que nos ha permitido tener ciudades, economías, la civilización como la conocemos.

Mark McCoy Southern Methodist University.

El dato: El Doomsday Book siempre hizo honor a su nombre, pues la palabra “dom” significa “cuentas” en inglés antiguo, de ahí que se pudiera aplicar a un censo o al temido Día del Juicio Final, que sería cuando todos tendríamos  que rendir cuentas ante el Creador. 

Manuel Lino
 losintangibles.com

Compartir