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Ryan Grim

Con Steve Bannon fuera del equipo, el staff que aún le es fiel a Donald Trump parece estar mal preparado para los desafíos políticos que se deben encarar para convertir en éxitos las ambiciosas promesas de campaña.

No queda nadie en la Casa Blanca que tenga idea de lo que está haciendo. Al menos ningún conservador. El presidente Donald Trump no se cansa de recordar al público que él no es un político y lo demuestra en todo momento. Lo que sí es, es un nacionalista, populista, demagogo y rara vez actúa como un conservador tradicional.

Como dijo una vez el anterior ocupante de la Casa Blanca: “el éxito de un presidente está determinado por una intersección entre las políticas y la política”. Con el estratega de extrema derecha de la Casa Blanca, Steve Bannon, desaparecido, el equipo que queda parece estar mal equipado para maniobrar a través de los desafíos políticos necesarios para convertir en éxitos los ambiciosos objetivos de la administración Trump.

El abismo entre el enfoque del presidente y el de sus aliados nominales en el Congreso, controlado por los republicanos, está a punto de ser agudizado, y es poco probable que el currículo del personal que sigue al lado del Ejecutivo sea suficiente para superar esa crisis. Basta con ver qué poca experiencia tienen los altos funcionarios de la Casa Blanca de Trump en lo que a formulación de políticas se refiere. El nuevo jefe de personal de Trump, John Kelly, es un general jubilado. Su consejero de seguridad nacional, H. McMaster, es un general de servicio activo y la pesadilla de Breitbart, el sitio electrónico de extrema derecha que Steve Bannon solía dirigir.

Los principales consejeros de Trump son Jared Kushner e Ivanka Trump, una pareja casada que a la vez resulta ser el yerno del presidente y su hija. Ellos están allí, dicen a menudo en privado, para moderar los instintos de Trump.

Antes de su paso por la Casa Blanca, Kushner heredó el imperio inmobiliario de su padre e Ivanka Trump dirigía una línea de moda.

Hope Hicks, tal vez la figura más talentosa que queda en la Casa Blanca, trabajaba como portavoz de la Organización Trump antes de ser reclutada por el equipo de campaña de Trump y luego por la Casa Blanca. Ella es ahora la directora de comunicaciones en funciones.

Gary Cohn, el asesor económico principal, fue presidente de Goldman Sachs, y un demócrata antes de empezar a trabajar para Trump. Dina Powell, otra consejera importante y liberal de Nueva York, también vino de Goldman Sachs. El secretario de Estado, Rex Tillerson, fue consejero delegado de Exxon Mobil y el secretario del Tesoro Steve Mnuchin también surgió del mundo bancario. Kellyanne Conway no es un novato político, pues durante mucho tiempo fue una figura marginal en la política republicana.

Ese es el equipo de Trump

El mayor problema de la administración Trump en el Congreso ha sido su incapacidad para fusionar las alas conservadoras y el establishment del partido en una coalición que pueda pasar una agenda.

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Falta de  aliados. La figura más importante de la gestión Trump y que goza de la confianza de los conservadores es el fiscal general Jeff Sessions, a quien Trump declaró la guerra recientemente.

Ahora no hay nadie a un alto nivel encargado de trabajar con los conservadores. Parafraseando al sobrecitado Walter Sobchak: “Diga lo que quiera sobre los principios del nacionalsocialismo, pero, vaya, al menos es un ethos”.

“¿Quién en la Casa Blanca va a manejar esa cartera?”, pregunta Sam Geduldig, un cabildero republicano que trabaja en estrecha colaboración con el Freedom Caucus. “Falta un conservador que los conservadores consideren como uno de los suyos en esta Casa Blanca, y que pueda tener un impacto en la agenda del Congreso”. La figura experimentada más importante de la Casa Blanca, y hablamos de experiencia política real, puede ser Mick Mulvaney, un excongresista de Carolina del Sur que fue barrido por la ola del Tea Party.

La figura más importante de la administración que goza de la confianza de los conservadores es el fiscal general Jeff Sessions, a quien Trump declaró la guerra recientemente. Su exayudante, Stephen Miller, tiene la misma confianza de los conservadores. Era una figura oscura hasta hace poco, pero puede ser la mejor esperanza de la extrema derecha.

También está Tom Price, un exmiembro conservador del Congreso que ahora es secretario de Salud y Servicios Humanos, pero fue públicamente humillado la semana pasada. Price declinó declarar una emergencia por la epidemia de opioides, y fue anulado en gran manera por Trump. Antes de la votación más reciente sobre la revocación de la Ley de Cuidado de Salud Asequible, Trump bromeó ante una muchedumbre de Boy Scouts diciendo que despediría a Price si fallaba.

El tibio 35% de apoyo de Trump, por su parte, se concentra entre los lectores de Breitbart —a los que Bannon puede volver—. Pero no importa lo que Bannon haga o diga, sus acciones serán vistas por parte de su base como una traición a la causa, erosionando aún más su apoyo, dejando a Trump más aislado.

Mientras los oponentes de John Kelly son derrotados uno a uno, un Trump indefenso puede encontrarse entre los blancos. “Los generales tienden a respaldar al jefe de personal, porque el trabajo es muy político, pero tienden a ser buenos para lograr que un presidente renuncie”, dijo un exalto funcionario del gobierno de Bush. Simplemente pregúntele a Richard Nixon, o su jefe de personal, el general retirado Al Haig.

Traducción: Carlos Morales

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