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El Ciudadano Invisible

Amilcar Salazar

Metrobús L4: ¿elefantito rojo?

11/04/2012 ,12:00 am
Amilcar Salazar
11/04/2012 ,12:00 am
Amilcar Salazar

Amílcar Salazar es reportero y cronista, así como editor de medios y libros. Colabora en EJE CENTRAL y en DIARIO 24 HORAS, entre otros espacios. Twitter: @elinexistente

El cuarto Metrobús llega al mundo igual que el hijo “pilón” que tienen algunos matrimonios: nace cuando ya no se le espera y todas las camas tienen dueño.

 

Quizá sea exagerado pensar que la nueva línea Buenavista-San Lázaro-Aeropuerto se convertirá en un elefante blanco… o rojo, pero sí parece previsible que se quedará como transporte de media utilidad, ya que es más caro, lento y difícil de abordar que el Metro.

 

 

Si uno quisiera ir de Buenavista al Aeropuerto, utilizando el Metro, sólo necesitaría tomar la Ruta B y bajar en Oceanía, tras recorrer 9 estaciones; luego, transbordar en la línea amarilla y avanzar una más hasta Terminal Aérea. El recorrido sería de 35 minutos con un costo de tres pesos. Si usara el nuevo Metrobús, costaría 30 pesos, demorando, con suerte, una hora con 20 minutos.

 

La distancia subterránea entre Zócalo y Revolución es de 4 estaciones, viajando 15 minutos. Si fuera por tierra en Metrobús, pagaría 5 pesos, pero la unidad tendría que dar vuelta a la Plaza de República, pasar la Glorieta de Colón, doblar en Balderas, cruzar Morelos y Ayuntamiento hasta Eje Central; después, recorrer el hilito de El Salvador, hasta 20 de Noviembre. Tiempo: 40 minutos.

 

¿Por qué le habrá dado al Gobierno del Distrito Federal por poner ya dos líneas de Metrobús justamente por donde circula el Metro? Vaya uno a saber. Lo cierto es que si la pretensión fuera competir con el STC, no se requiere ser un as de los negocios para percatarse de que la idea es mala.

 

Lo anterior no implica dejar de reconocer que las flamantes unidades suecas lucen muy atractivas a lo largo de la ruta, logrando el efecto de mostrar revitalizada a nuestra ciudad.

 

Sobre avenida Buenavista y Puente de Alvarado, por ejemplo, vecinos de la zona casi abrazaron al Metrobús L4, anhelando que sirva para dignificar calles donde la delegación Cuauhtémoc opera, desde hace ya tres dinastías de gobiernos “de izquierda”, uno de los corredores de explotación sexual más tristes de la urbe: pobreza y situación de calle las 24 horas del día.

 

Arterias olvidadas del centro, tales como Belisario Domínguez, Venezuela, Juan Cuamatzin o Héroe de Nacozari; que permanecían ocultas al turismo entre camiones cargueros, autos carcacha y microbuses; parecen haber renacido desde páginas de un libro de Valle Arizpe, con fachadas que lucen soberbias a través de los ventanales de estos camioncitos.

 

Aún cuando la estación del Metro y de camiones foráneos de San Lázaro es considerado el paradero mejor diseñado de la urbe, obra del arquitecto Juan José Díaz Infante, la presencia en el exterior del nuevo Metrobús obsequia una vista espectacular de la vieja cárcel de Lecumberri, hoy Archivo General de la Nación, así como de antiguos barrios de la Venustiano Carranza que la mirada turística ya no apreciaba en el infierno de micros y chimecos.

 

Pero La desesperación no es buena consejera, reza un dicho, el cual no habrán recordado en esa empresa antes de lanzar con apuro un Metrobús que muestra errores que ningún transporte, desde el más precario pesero al boyante Turibús-ADO, comete: ¡no ser rápidos para cobrar!

 

Resulta que los 31 andenes de esta versión 4 no sólo son raquíticos –ni a prueba de sol o lluvia, porque poseen mini techitos de cristal no opaco–, sino que carecen de algo básico en cualquier andén del mundo: una máquina (o un ser humano) que venda boletos; en este caso, las tarjetitas electrónicas que el ciudadano ya conoce en las rutas 1, 2 y 3.

 

El director de este sistema, Guillermo Calderón, explicó los motivos de la insólita ausencia de un método expedito de pago: “porque la mayoría de las estaciones son pequeñas, las máquinas no cabrían y no podrían estar a la intemperie, pues se expondrían a la lluvia y a actos vandálicos”.

 

Así, pues, advirtió: “el usuario tendrá qué recargar con anticipación sus plásticos, ya sea en el resto del sistema o en terminales y tenerlas siempre con saldo”.

 

Pues qué sorpresa. Para evitar gastos y riesgos a las concesionarias –especialmente a Inbursa, que tiene a su cargo el negocio de las tarjetas de peaje– se manda a sufrir a la clientela que pretenden captar.

 

Sí, porque la alternativa que proponen no es la de pagar al chofer o depositar pasaje en una alcancía a bordo –tan fácil–, sino de acudir a formarse en todas esas colas que se hacen en las llamadas tiendas de conveniencia (Oxo, Seven Eleven, Extra, K o Farmacias del Ahorro) donde los amables cajero(a) ya comienzan a vender y recargar plásticos equivalentes: los multimodales del GDF.

 

En fin. Lo bueno de poseer una de esas tarjetitas, sería que también sirven para mejor perderse en una boca del Metro.

 

Twitter: @elinexistente

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