Rogelio Hernández López

Andrés -como le dicen sus cortos- iba bien como presidente electo. Pero, por unos momentos olvidó la historia mexicana y que la prensa, sea o no fifi, es otra fuente de poder de gobernantes, o lo contrario, según la fuerza de la atmósfera pública y de las debilidades del Estado. Pero la está retando.

El presidente electo llevaba mes y medio haciendo política, como lo recomiendan clásicos como Bernard Crick. Después de obtener más votos de los necesarios para asumir el gobierno central con legalidad y legitimidad, Andrés comenzó a desbrozar resistencias, a la transformación que quiere lograr, entre varios sujetos de la estructura del poder real.

Llevaba mes y medio buscando consensos con los factores de ese poder real, o sea con los grandes empresarios, los centros financieros, los altos oficiales de las fuerzas armadas, con embajadores poderosos, con muchas corporaciones profesionales de ingenieros, abogados. Hizo compromisos necesarios para recuperar algo de la gobernabilidad que debilitó al Estado en los últimos sexenios. Así se hace política. Iba bien.

Pero luego, en un mal cálculo o siguiendo sus instintos, regresa a revalidar su fuente original de legitimidad con sus votantes en mítines de plazas públicas a lo que llama la “gira de agradecimiento”. Y en ese nuevo periplo se reencuentra con su alter ego, el candidato rijoso que lanza dardos contra algunos de esos focos del poder real e incluye nuevamente descalificaciones a la prensa, el sujeto social que refleja todos los intereses. Reta a un factor de poder que conoce poco.

Alguien de los “cortos” de Andrés Manuel, con más racionalidad que propagandismo, debe reiterarle que ganó el derecho a presidir el gobierno federal e influir en el Congreso de la Unión y algunos congresos locales; que eso no incluye en automático todo el aparato del Estado; que por eso, no debe olvidar, ni siquiera momentáneamente, la historia de México y en particular la épica que derribó a Francisco I. Madero, esa etapa en que la prensa mexicana eran tan libre como ahora, pero menos poderosa, y que fue uno de los factores para la caída del demócrata ingenuo.

Fifis podemos ser todos

Para quienes no recuerden esos hechos recientes. Durante la gira del agradecimiento, en Nayarit, Andrés tuvo un traspiés conceptual: por decir bancarrota en lugar de explicar las crisis y ruindades que debilitaron la fuerza y gobernabilidad del Estado. Sus dichos repercutieron en las 16 primeras planas de los impresos de la capital (en 7 fue la nota principal) y en los noticiarios más referenciados de radio y televisión. ¿A cuál acusar de tergiversación?

Sus dichos textuales, según la nota de Proceso del martes 18 de septiembre, fueron que el término bancarrota “generó alguna polémica y nuestros adversarios -que no nuestros enemigos, lo aclaro-, los conservadores, todavía no terminan de digerir lo que sucedió en la elección presidencial, y la prensa fifí, pues están ahí atentos, sacando de contexto las cosas, buscando las podridas… lo entiendo, esa es su postura”. Pero no dio nombres.

La lección con Madero

Con sinceridad me atrevo a recomendar a los “cortos” de Andrés —personal operativo de alta confianza– y a él mismo la lectura del ensayo científico de Ana María Serna Rodríguez, que lleva el título Prensa y sociedad en las décadas revolucionarias (1910-1940). Trabajo que documenta periodos de la relación prensa-sociedad-estado en México.

De ese trabajo se antoja revaluar, además de varias categorías sociológicas esenciales, el consenso al que han llegado la mayoría de los historiadores, de cómo la prensa, así en genérico, es fuente y factor de la fuerza política de gobernantes en su relación con las partes más activas de la sociedad y una parte muy adaptable de la superestructura del Poder en los Estados modernos del occidente.

El ensayo de la historiadora, asegura que a la llegada de Madero a la presidencia por medio de los votos, se respiraba una atmósfera social que estimuló a un periodismo fuerte y más holgado en su ejercicio libre. La prensa y el periodismo en el occidente son duales por naturaleza, ambiguos porque se mueven entre la representación de la sociedad y la vocería del poder político.

La fuerza de los medios

En esos tiempos, cuando la esfera pública era fuerte y en expansión –-como ahora— la prensa y el periodismo se expanden y amplían su holgura para trabajar y ganan aprecio público.

En nuestros tiempos, 2018, según encuesta de parametría, un 80 por ciento de los votantes externó su confianza en los medios prensa. En otra encuesta subsecuente se confirmó esa credibilidad al preguntar a mayores de 18 años ¿En cuál de los siguientes medios encontró información más objetiva sobre la elección presidencial?

En la televisión abierta se enteraron 43 de cada 100; en televisión de paga 14 por ciento; en radio 5 por ciento; en los impresos 5 por ciento y en Internet, así en genérico, 25 de cada cien personas. Hay que precisar que en la web ya están muchos diarios digitales con altas preferencias y la mayoría pertenecen  a medios de prensa industrializados y a periodistas destacados.

Todo esto y el resultado electoral sorpresivo son indicadores de que la esfera pública es fuerte y por tanto también la presencia social de la prensa y el periodismo mexicanos;  ambos elementos respiran y alimentan esa atmósfera de interés por la cosa pública.

En contraparte, prevalece una ecuación histórica de que la esfera pública y los medios crecen cuando el Estado es débil. El actual ha perdido fortalezas, como ahora en materia de seguridad, de justicia, de equidad económica y de gobernabilidad frente a los grupos económicos, sociales y armados sean delincuenciales o no.

Frente a todo esto, parecía certero que el presidente electo comenzará a hacer más política y cerrar la campaña electoral: desbrozar los focos de resistencia que todavía no muestran toda su fuerza: empresarios, centros financieros, iglesia católica, fuerzas armadas, los partidos desplazados del gobierno y congreso federal pero arraigados en los estados, los grupos de presión, y, por supuesto sectores de la prensa, que son y seguirán siendo parte del entramado de la estructura del  Estado.

En ese ámbito, siguiendo las aportaciones del estudio histórico, los medios y el periodismo mientras más libres, como somos ahora, se convierten en territorios de la discusión pública, factores en la construcción de consensos, o lo contrario, de disensos como los que le construyó la prensa conservadora a Francisco I Madero quien no había logrado desmontar la estructura estatal con sus fuentes de poder del dinero, de la política, los externos, ni de las armas, ni la mayoría de los periodistas, porque solo ostentaba el gobierno formal.

¿Qué habría pasado si Madero hubiera tenido de su lado a la prensa fifi? Busquemos una respuesta, aunque sea tenue en Bernard Crick (En defensa de la política, Tusquets Editores) quien hizo un tratado de cómo construir consensos, gobernabilidad y orientar al Estado.

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