El PRD se reúne para buscar una salida a su crisis postelectoral
Sábado 11 de Julio 12:00 am image 0 comentarios

Tras obtener la votación más baja de su historia el 5 de julio, la Comisión Política Nacional del sol azteca se reúne este fin de semana en Michoacán para decidir su futuro. Podría ser el momento que resuelva diez años de crisis recurrentes, o el punto de quiebre del partido
La cúpula del Partido de la Revolución Democrática (PRD) viajará hoy a Michoacán para buscar cómo suturar sus heridas. Las internas y las externas: las que le hizo el electorado el domingo 5 de julio, cuando el sol azteca cayó 5 puntos debajo de su histórico 17% y perdió medio millón de votos respecto de las elecciones legislativas de 2003, pese al aumento del electorado, y las que se hizo a sí mismo, a base de divisiones y pleitos internos, a partir del enfrentamiento entre las dos corrientes que pugnan por el partido, Nueva Izquierda, "Los Chuchos" del dirigente nacional, Jesús Ortega, e Izquierda Unida y sus aliados externos, agrupados en torno al ex candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador.

Después de más de un año de rencores, en los que no se llegó al "divorcio pactado" que proponían algunos, sino a ser una "pareja separada", los perredistas deberán poner en claro su situación. La historia viene de lejos, y las disputas tienen el cariz permanente del conflicto desde hace al menos diez años. Desde entonces, los perredistas han tenido que definir el resultado de todas sus elecciones internas en los tribunales, el reparto del poder se ha tomado en pactos cupulares al margen de la militancia, y los enfrentamientos han venido subiendo de tono.

En 1999, el PRD enfrentó una muy complicada elección para sustituir a Andrés Manuel López Obrador como presidente del partido. La situación se tornó peor cuando, el día de las votaciones, las dos corrientes principales, la de Amalia García -hoy Foro Nuevo Sol- y la de Jesús Ortega -Nueva Izquierda- se volcaron a conseguir votos con prácticas clientelares, compra de sufragios y otro montón de irregularidades. Fueron los primeros comicios que terminaron en tribunales.

En 2002 el panorama fue similar, pero ahora el enfrentamiento era entre el grupo que comandaba la ex jefa de Gobierno el DF, Rosario Robles, y el repetidor Jesús Ortega. Tras duras negociaciones, se otorgó a Rosario Robles la presidencia del partido, aunque ella no terminaría su periodo. Prometió que dejaría el liderazgo perredista si no obtenía el 20% de los votos en las elecciones de 2003 y obtuvo sólo 19%. Un escándalo sobre la financiación del partido terminó por darle la puntilla. Después, Robles y varios integrantes de su grupo fueron expulsados por los videoescándalos que protagonizó Carlos Ahumada con ellos.

En 2005, las corrientes dominantes pactaron una candidatura de unidad, para evitar confrontaciones como las anteriores. De ahí salió presidente Leonel Cota Montaño, y los acuerdos se hicieron por lo bajo. Al interior del PRD empezaron a cobrar importancia figuras que se habían ido sumando en los últimos años, conforme ascendía la estrella del entonces jefe de Gobierno del DF, Andrés Manuel López Obrador. Es el caso del senador Ricardo Monreal y del grupo de Manuel Camacho Solís.

En 2008 la situación interna adquirió los tonos que hoy han perdido los matices. La candidatura de López Obrador atrajo a muchos aliados -y muchos votantes- al sol azteca, pero la reacción del candidato tras el día de las elecciones enajenó a muchos otros. La sectarización del andresmanuelismo y de Los Chuchos generó dos polos abiertamente enfrentados.

En una esquina, enarbolando la candidatura de Alejandro Encinas, estuvo la corriente Izquierda Unida. En ella se agruparon Izquierda Democrática Nacional, el grupo de Dolores Padierna y René Bejarano, y varios actores que veían con temor una deriva a la derecha de Jesús Ortega y sus cercanos. Entre otros, se sumó Foro Nuevo Sol, de Amalia García. En la otra esquina, enarbolando una vez más la candidatura de Jesús Ortega, se alzaba Nueva Izquierda.

Las cosas llegaron al extremo de que las acusaciones de fraude llevaron la elección, una vez más, a los tribunales. Esta vez, Jesús Ortega sí salió ganador y, tras un pacto difícil de alcanzar, Hortensia Aragón, de Foro Nuevo Sol, se quedó con la secretaría general perredista. Sin embargo, su presidencia cargaba un lastre de ilegitimidad por lo que sus detractores llamaron "el chuchinero", el fantasma del fraude electoral. Arduas negociaciones evitaron que la sangre llegara al río, y concesiones amplias de ambas partes, que optaron por trabajar por separado. Y entonces, llegaron las elecciones.

López Obrador anunció desde un principio que sólo apoyaría al PRD en el Distrito Federal y en el resto del país haría campaña por el Partido del Trabajo. Al final, su compromiso quedó en entredicho. El PT colocó mantas con su imagen por toda la ciudad de México, y cuando el Tribunal -esa constante a la que odian pero utilizan con tanto afán los dirigentes perredistas- dio la candidatura del sol azteca en la delegación Iztapalapa a Silvia Oliva, de Nueva Izquierda, en lugar de a Clara Brugada, de Izquierda Democrática Nacional, el ex candidato presidencial hizo una intensa labor proselitista en la ciudad de México. Los chuchos, por su parte, hicieron una campaña con pocas propuestas, que vendía un "nuevo PRD" y prometía que "así sí gana la gente", sin explicar qué quería decir "así". El electorado les cobró caro.

El PRD obtuvo el 5 de julio los peores resultados de su historia -algo más del 12% de los votos y una sangría de medio millón de simpatizantes respecto de las últimas elecciones legislativas.

Pronto, las exigencias de que rodaran cabezas comenzaron a sonar. De varios lados se pidió -se pide todavía- la renuncia de Jesús Ortega a la presidencia nacional del PRD. De otros, se pide la expulsión de Andrés Manuel López Obrador, a quien muchos responsabilizan de la debacle -sumando los votos de PRD, PT y Convergencia, la izquierda obtiene el apoyo del 20% del electorado, un resultado que hubiera sido muy bueno para el partido y que se pulverizó en tres partidos por las decisiones de dirigentes en la estructura y fuera de ella. La división ya inclusive formal, todavía esta mañana, se siente cerca.

Esta semana, tres de los gobernadores perredistas pidieron orden y llamaron a la unidad. Amalia García, de Zacatecas; Leonel Godoy, de Michoacán, y Marcelo Ebrard, de la ciudad de México, se reunieron con los cargos recién electos para intentar encausar las cosas de otra forma. "¡No es un bloque!", dijeron sobre sí mismos. "Estamos aquí para ponernos de acuerdo en fomentar la unidad porque no queremos tener dos bancadas sino una", explicaron.

El sol azteca llega así, una vez más, a una encrucijada. Este sábado, sin embargo, las tensiones han puesto los lazos que unen a las diferentes "expresiones" han llegado al grado de que los cables están a punto de reventar.

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