Javier Alatorre

Rafael recibió 200 pesos por tres días de trabajo pepenando desperdicios en el basurón de Culiacán. Tiene una llaga cubierta por una costra negra de mugre en la mano derecha y mucho coraje. Llegó hace unos meses con la familia rota, buscando refugio, huyendo de la violencia y los sicarios que le quitaron lo que tenía en un rancho de Badiraguato. Entre el aire caliente y apestoso del tiradero, leímos en un periódico amontonado en el cartón para vender, que el gobierno mexicano está muy preocupado porque Estados Unidos quiere dividir a las familias de los migrantes. Rafael no sabe quién es Trump, ni John Kelly ni Luis Videgaray.

Le leí las declaraciones que el Secretario de Seguridad Interior de Estados Unidos dio en una entrevista para CNN, en la que dijo que su gobierno considera separar a padres e hijos que crucen ilegalmente la frontera. La propuesta de John Kelly tuvo una inmediata reacción del gobierno mexicano. El canciller Videgaray viajó a Washington para manifestar su “más grave preocupación”.

También se reunió con senadores de todos los partidos en México y les dijo que “el daño sería irreversible para muchas familias mexicanas”. Terminé de leer y Rafael me miró. Se encogió de hombros y tomó el periódico para acomodarlo en otra pila de papel que le dará unos pesos para comer. “Pues eso está mal”, me dijo, refiriéndose a la amenaza contra los migrantes.

“Está muy cabrón perder a la familia, así como yo”, dijo él, quien no ha vuelto a ver a sus hijas la noche en que se fue de Badiraguato, huyendo de la violencia, rodando por varias partes.

La de Rafael es una familia dividida como la de los migrantes mexicanos. A Rafael y miles de desplazados por la violencia en Sinaloa, Guerrero, Tamaulipas, Nuevo León, Tabasco y Chiapas nadie les dijo nada, ni hay preocupación ni discursos, nada. Las cifras del fastidio a los más pobres siempre son oscuras, pero según la CNDH, entre 2014 y 2016, 90 mil personas abandonaron su lugar de origen por conflictos internos. Rafael, de 40 años, su esposa y sus cuatro hijas vivían en el rancho de San Rafael de los Buenos en Badiraguato, donde se dedicaba a la siembra y cosecha de maíz y hortalizas. La familia tenía una casa, 60 vacas y 15 puercos. “Tuvimos que salir rápido, de la noche a la mañana, sólo con lo que cupo en la troca porque así llego la orden”. 

El aprendiz de pepenador platica con los ojos enrojecidos y, entre el revoloteo de moscones, relata que no pudo hacer nada, ni siquiera mantener unida a su familia. “Las gavillas llegaron y lo lograron. Dejamos todo: la ropa, la casa, los animales. Un hermano mío regreso para sacar lo que pudo, en paz descanse, lo mataron. Como somos gente humilde, estamos solos”.

Ahora vive con su mujer en un predio de Lomas de Imala. “Vivimos en una invasión. Ahí estamos, no nos han dicho nada, no tenemos papeles, ni agua. Rafael me comparte frijoles y queso que su mujer le puso en la madrugada para llevar al basurón. Se levanta muy temprano, a las cinco de la mañana, para estar a las seis en el tiradero.  Ahí se queda revolviendo la basura hasta las siete de la noche cuando regresa a “la invasión”. Se baña como puede, antes de cenar, para quitarse la pestilencia impregnada de los deshechos que escarba todo el día. Compite para bañarse con nueve familias más que comparten “la manguerita”, una tripa larga improvisada, conectada a un tubo de agua a 200 metros del asentamiento. La vivienda no tiene baño, hay una fosa y al lado, Rafael colocó unas lonas de la reciente campaña electoral para tener algo de privacidad.

El aseo lo hace con una cubeta y una bolsita de detergente en polvo. De vez en cuando un jaboncito de olor.  “Champú, nunca. Hay que economizar”. El campesino de Badiraguato cuenta una y otra vez los 200 pesos que le dieron por 10 cubetas de 19 litros que sacó de la basura: 150 kilos de papel y 180 de cartón que reunió en tres días de trabajo entre la basura. “Con esto no alcanza” me dijo, pero está más preocupado por ser desplazado de nuevo. “Nadie nos procura. Los del gobierno lo saben todo y no hacen nada”.

Rafael está preocupado teme que él, su mujer y lo que le queda de su familia sean desplazados y separados de nuevo. “Yo no tengo nada y si los del gobierno nos sacan, tendremos que buscar otra vez donde vivir. Dicen que hay lugar en La Pitayita, pero ahí andan levantando gente”.

@Javier_Alatorre

Conductor del noticiario estelar de Televisión Azteca.

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