Luis M Cruz

1.

 Finalmente, resintiendo los efectos de la guerra comercial con Estados Unidos, el gigante asiático chino registra una drástica desaceleración, si bien puede decirse que fue planeada conforme lo expuso en el último Congreso del Partido Comunista el primer ministro Li Keqian, al llamar a prepararse para tiempos peores. La economía china previó entonces un crecimiento entre 6 y 6.5% para este año, además de preparar varios giros hacia la economía interior, como es el soltar el control cambiario y llevar el yuan paulatinamente hacia un valor de mercado.

Desde estas perspectiva no podría decirse que el registro de “sólo” 6.2% en el segundo trimestre, considerado el más bajo en los últimos 27 años de apertura al mercado de un país evidentemente comunista, sea realmente una sorpresa. El retroceso se ubica en el rango previsto por la economía centralmente planificada y es un preparativo, como fue señalado antes, para enfrentar una crisis mayor. 

2.

 La economía china está mejor preparada que las del resto del mundo para resistir un largo conflicto comercial. Posee ingentes reservas internacionales y es con mucho el mayor acreedor internacional, por lo que el principal efecto de la desaceleración habrá de ser el impacto en el crecimiento general y la inestabilidad e incertidumbre externas que podrían aumentar en el corto plazo. 

Por el momento, los mercados tomaron un respiro tras la reunión del Grupo de los 20 en Osaka, Japón, al acordar los presidentes Donald Trump y Xi Jingping una tregua para reiniciar las negociaciones comerciales. Tales negociaciones significan un cambio de reglas para propiciar el consumo en China y obtener  una mayor compra de productos estadounidenses. Si Estados Unidos impusiera sus condiciones, varias de las ventajas de la enorme productividad china se reducirían, sobre todo en materia de respeto a la propiedad intelectual, la transparencia en las transacciones financieras y la reducción o atenuación del rol de las empresas estatales en el manejo del mercado. No debe olvidarse que la china no es una economía de mercado, sino un capitalismo de Estado, donde el gobierno es propietario de la mayoría de las empresas, dejando al mercado segmentos en la distribución y comercialización de los productos.

3.

 Ciertamente, el gobierno chino no puede permitir que el crecimiento de la economía caiga por debajo del 6%, para lo cual inyecta a las empresas incentivos fiscales por hasta dos billones de yuanes, unos 300 mil millones de dólares, además de liberar el encaje legal bancario para incrementar los créditos a las pequeñas empresas. 

4.

Las perspectivas de un pronto acuerdo con los Estados Unidos son poco halagüeñas. Como se ve, la administración Trump pretende imponer las llamadas “pildoras tóxicas” en un acuerdo comercial adverso para varios de los pilares sobre los que descansa el modelo de capitalismo estatal seguido hasta el momento. Sin el control de la moneda, con bancos liberalizados y un sistema financiero abierto, además de importaciones masivas para equilibrar el déficit comercial, el modelo de austeridad, disciplina, eficiencia y apropiación del conocimiento sin pagar regalías aplicado por China, simplemente no podría funcionar. 

5.

 La tregua en algo alivia la aversión al riesgo de los mercados internacionales. Pero la desaceleración es una constante en el mundo, las guerras comerciales continuarán por el impulso de la administración Trump y una recesión global no es improbable. Para nuestro país las implicaciones residen en el mayor estrés al que la moneda y la deuda se ven sometidos, con un costo del dinero superior al 8.25% del Banco de México, que sumados a la incertidumbre y desconfianza prevalecientes acentúan la vulnerabilidad ante una recesión. 

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