Luis M Cruz

1.

Tras las reuniones en Washington de las organizaciones multilaterales cimeras en las finanzas internacionales, se tejió un consenso en torno a la desaceleración de la economía en el mundo. El consenso de primavera establece que la economía global se encuentra en un momento “delicado”, en el que se visualizan riesgos geoestratégicos y conflictos comerciales exacerbados por nacionalismos y proteccionismos en detrimento del ánimo de apertura, cooperación e interdependencia propios de las fases de expansión económicas.

Las prevenciones del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial requieren tomarse con la adecuada perspectiva. Ciertamente, no son premoniciones ni cálculos exactos, pero sus estimaciones se suman a las de agencias calificadoras, fondos de inversión y bancos centrales, quienes perciben también el cambio de tendencia. 

2.

 En el análisis mundial se ajusta a la baja el ritmo de crecimiento global de 3.5% a 3.3%, sosteniendo el de 2020 en 3.6%. La mayor parte de este crecimiento proviene de las economías asiáticas, que estarían estimando crecer entre 6y 7% como son los casos de China y la India. Las economías emergentes en conjunto reducen únicamente una décima de punto su perspectiva, al pasar de 4.5% a 4.4%, en tanto que las economías de mayor desarrollo como la de Estados Unidos crecería 2.5% y para la Eurozona estaría reduciéndose a 1.3% anual, con revisiones aún mayores para Alemania e Italia, cuyas cifras resultan muy próximas al cero. 

3.

 Para las economías de América Latina la reducción del crecimiento va de 2.1% para Brasil, al pírrico 1.6% para México, que estaría perdiendo medio punto porcentual debido sobre todo a la falta de certeza sobre la ratificación del Acuerdo Comercial trilateral con Estados Unidos y Canadá, los futuros de la nueva legislación laboral que no elevan los salarios y la incertidumbre de las políticas adoptadas por la administración entrante aún no comprendidas por los fondos de inversión. 

4.

 La cuestión es que si el mundo reducirá su crecimiento, cómo tendrían que proceder los países de menor tasa como el nuestro para ir a contracorriente y crecer a un ritmo mayor. El mercado interior suele ser un reservóreo para detonar crecimiento, que es donde podrían impactar medidas como una reactivación de la inversión pública en Pemex para recuperar el nivel de producción a 2.2 millones de barriles diarios o incrementar la capacidad de refinación para dejar de importar 600 mil barriles diarios de gasolinas. Pero tales medidas debieran correr a la par de mayores inversiones privadas y público-privadas para generar masa salarial, empleos y consumo de materiales y suministros, todo lo cual pudiera compensar ese menor dinamismo de la economía global que nos afecta más que a otros países. Otros proyectos como el sistema aeroportuario Benito Juárez-Santa Lucía-Toluca en sustitución del cancelado proyecto de Texcoco, el mítico Tren Maya o el más viable corredor transístmico de Tehuantepec pudieran contribuir a ese jalón adicional de inversión, empleo y producción necesarios para superar 2% de crecimiento inercial propio del pasado inmediato. 

5.

 El problema está en pasar de las perspectivas a los hechos. Al conceptualizar un proyecto, es requisito indispensable tener socios y alinear los factores de inversión, periodo de ejecución y potencial rendimiento. Pasar de los proyectos a los hechos tomará más tiempo que el año actual, que es cuando gravita la perspectiva reduccionista, por lo que, de concretarse, estarán dando resultados en dos, tres, cuatro o más años. No se ve mucho espacio para remontar el consenso de primavera, en el que la perspectiva de crecimiento del país tiende a uno más que a sobrepasar el magro 2% de los últimos 18 años. 

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