Luis M Cruz

1.

Ante los retos a la competitividad en la campaña electoral —como si lo fueran todo, las encuestas van convergiendo hacia la zona de definiciones—, la estrategia de la coalición liderada por Morena está definiendo un triunfo en las encuestas como si la elección hubiera sucedido, tornando de nuevo los amagos y llamados a la movilización y defensa de urnas y casillas. Se insiste en hablar del tigre, del diablo, del México bronco y de los preparativos de un fraude de Estado que alcanzaría hasta al Instituto Nacional Electoral (INE). Como ha sido desde tiempo inmemorial en quienes compiten bajo la subcultura del fraude, si las elecciones no favorecen a uno, entonces se hizo trampa.

Sin duda la controversia electoral se dará a partir de las primeras horas tras el cierre de urnas, dada la lentitud con que se prevé fluyan los resultados preliminares por la complejidad de las casillas únicas en las que sucederán hasta seis elecciones simultáneas; ante ello es de esperar un primer momento de ira, movilización y conatos en el Bronx morenista, que iría yéndose hacia la documentación del supuesto fraude y la o las demandas de nulidad en los tribunales. Algo así como la repetición del escenario de 2006, pero recargado.

2.

La clave será que las instituciones resistan las primeras imputaciones, evitando las provocaciones, pues de cualquier forma habrán de aceptarse los resultados cuando éstos sean definitivos e inequívocos. No tiene por qué haber pactos previos, en la democracia el resultado en las urnas requiere acatarse por todos los actores sin asumir a priori un determinado resultado. Ha habido certidumbre en el proceso electoral, lo propio es la incertidumbre en el resultado, el que todos deberemos aceptar tras concluir los cómputos como es debido en la democracia. Cualquier controversia o inconformidad, para esto están los tribunales.

3.

Lo que es claro para todos los analistas es que una vez concluidos los comicios, serán otra vez los tiempos de la reforma política y, se dice, refundación del sistema de partidos. Estos han quedado licuados, irreconocibles, requieren ir por sus orígenes y desplazar las actuales dirigencias que se apoderaron de las cúpulas, desprestigiando y desnaturalizando las formaciones políticas. No estaría mal plantear algo básico: la naturaleza de los partidos debe ser democrática, con procesos de elección primaria (caucus) a todos los cargos de dirigencia y candidaturas. Ya no más partidos cupulares o unipersonales.

4.

En cuanto al régimen, será cada vez más visible el peso excesivo de una Presidencia aún concentrada, centralista y con enorme poder (el del presupuesto, el Ejército, la Burocracia y “como sea”, un partido o coalición que le apoya) ante la pluralidad de intereses en que requiere desempeñarse. Nunca como ahora el Presidente de la República requiere ser un líder que dialogue, concerte, construya con las fuerzas políticas y esté cerca de los ciudadanos, en esa suerte de parlamentarización de los sistemas presidenciales que ha significado el devenir reciente en América Latina.

En la Constitución tenemos el Gobierno de Coalición, habrá que perfeccionarlo en ésta su primera inauguración para que fuera obligatorio y no sólo optativo; construir las “sesiones de gobierno” en las Cámaras en las que puedan examinarse los asuntos de la gestión pública y resolver la cuestión de la segunda vuelta con Gobierno de Coalición que tanto podría contribuir a zanjar la cuestión de la dispersión del voto en la elección presidencial ante la integración de fuerzas políticas una vez que los comicios han concluido.

5.

Los que vienen después del 1 de julio no parecen ser los tiempos de una deificación autoritaria, sino más bien los de una reestructuración de nuestra democracia. 

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