Luis M Cruz

1.
En los últimos seis meses la percepción del presidente Donald Trump parece haber variado muy poco en la visión despectiva de las relaciones bilaterales que le ha caracterizado. Más aún, conforme avanza la contienda interna por las candidaturas para la elección presidencial del 2020, dadas su intenciones para reelegirse en el cargo por otro periodo.


2.
Ello plantea una serie de retos para México, integrado como está en el mercado de América del Norte, donde ocurre prácticamente la totalidad de nuestras exportaciones, estando en juego todavía la ratificación del nuevo Acuerdo Comercial México-Estados Unidos-Canadá, sucedáneo del Tratado de Libre Comercio, penosamente negociado y prácticamente impuesto por Estados Unidos a sus socios arrancando concesiones impensables en otra circunstancias. Trump obtuvo la posibilidad de imponer aranceles fronterizos si considera que el intercambio es injusto; puso cuotas a la producción de automóviles en territorio mexicano e incrementó el contenido de origen; plegó la legislación en materia laboral; logró imponer las “cláusulas tóxicas” para la jurisdicción de tribunales sobre el arbitraje en disputas comerciales para la salvaguarda de la propiedad intelectual y las patentes farmacéuticas, así como estableció la cláusula de extinción revisable cada cinco años y aplicable en el año 16 de vigencia.

3.
Adicionalmente, la administración estadounidense se reserva el derecho de involucrar otros elementos de la relación bilateral como si de una certificación de buena conducta se tratara en materias como el combate al narcotráfico, la contención de la migración ilegal y hasta la construcción del muro en la frontera en que se encuentra empeñado, temas todos de gran rentabilidad entre el electorado radical, su base de apoyo en el Partido Republicano.

4.
En ese contexto, la política exterior mexicana requiere navegar con extrema cautela para evitar la revoltura de la agenda. Como si no comprendiera las necesidades políticas de sus interlocutores, un día sí y otro también el presidente Trump manotea y amenaza con acciones directas; trátese de un incidente fronterizo o bien de la marea de migrantes centroamericanos que en caravanas fluyen hacia la Unión americana. Trump ha reiterado su decepción de México, al considerar insuficiente el esfuerzo para evitar que los migrantes indocumentados lleguen a la frontera sur. Si le place, habrá de retomar la amenaza del cierre de la frontera o apremiar la reducción del déficit comercial aparente que su país tiene con México aplicando aranceles a productos clave como el jitomate.

5.
Ante ello, el gobierno mexicano ha puesto sobre la mesa la propuesta de un plan para el desarrollo integral de Centroamérica avalado por la CEPAL, que requiere sobre todo de una inversión inicial por 10 mil millones de dólares, evocando la gloria pasada del Plan Marshall para la reconstrucción de Europa. El objetivo sin duda es plausible, al tratarse esencialmente de que Honduras, Guatemala y El Salvador formen parte de la región económica de América del Norte, situación que pudiera ser útil a la visión retrógrada prevaleciente en la Casa Blanca pero no a los contribuyentes estadounidenses. Existe también el problema de conciliar esta postura vanguardista para América Central con la neutralidad observada en la crisis en Venezuela. El mecanismo de Montevideo palidece ante la mediación lograda por Noruega para sentar en la mesa de negociaciones a las partes en conflicto. Ahí reside una contradicción fundamental al no ser conciliables los intereses mexicanos por la ratificación del acuerdo comercial, el plan de desarrollo para Centroamérica y sostener una postura indeterminada ante la crisis de la democracia en Venezuela. En todo caso, nuevos desencuentros parecen inevitables.

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