Luis M Cruz

1.

 La evidencia de una desaceleración global del crecimiento económico ha invocado el fantasma de la recesión que podría estarse perfilando para el próximo año. Las tensiones geopolíticas y los riesgos del proteccionismo tienden a agudizarse peligrosamente como no había sucedido desde hace una década. 

La gran crisis financiera global inició en 2007 con los bonos hipotecarios estadounidenses y se extendió rápidamente al impactar la confianza en los tenedores de bonos, quienes iniciaron una estampida hacia la seguridad de las reservas de los bancos. La lenta recuperación desde entonces ha implicado la intervención directa de los gobiernos, mediante el incremento de la deuda pública, para apoyar las monedas y estabilizar los mercados,  implicando en muchos casos dolorosos procesos de ajuste con los consecuentes costos sociales. Tales fueron los casos de Grecia, España e Italia en Europa, así como México, Brasil, Argentina y Colombia, por lo menos, si bien a distintos ritmos. De éstos surgieron poderosos movimientos de indignados en la sociedad, impulsando al poder, como diría Michelangelo Bovero, no precisamente a los mejores pero sí a los reactivos más audaces.

2.

 El caso es que una vez más, Estados Unidos está empujando al mundo a la recesión, si bien ahora por medios distintos que hacen pensar en un daño calculado para prevalecer. En 2007 y 2008, la crisis hipotecaria estalló por la débil regulación del mercado al permitir transacciones de bonos estructurados sin sustento real, es decir, papeles sobre papeles. La intervención del gobierno de Obama al comprar masivamente acciones y bancos evitó una quiebra masiva por falta de capacidad de respaldo a los tenedores de bonos, pero estableció regulaciones más rigurosas que ahora, en la era de la administración Trump, han sido desmontadas. El mercado es altamente especulativo una vez más, en un entorno en el cual las reglas del libre comercio han sido reducidas por el proteccionismo prevaleciente, poniendo en jaque el orden económico internacional. 

3.

 Parece que se aprendió poco desde entonces. Las guerras comerciales desatadas por el gobierno de Trump para renegociar condiciones ventajosas han trastocado los principios del liberalismo económico. El libre intercambio de ideas, mercancías y capitales impulsado por las instituciones financieras y comerciales globales como el FMI y la OMC han perdido su influencia. En la administración Trump se opera además con una lógica de política total, donde todo tiene que ver con todo. Si un país desea comerciar con Estados Unidos, entonces debe plegarse a las reglas y cuotas que le beneficien, como también a los esquemas de seguridad, migración, combate al terrorismo y al narcotráfico, entre otros. 

4.

 Es así como se desechó el Tratado Trans- pacífico (TPP) y se negoció el nuevo Acuerdo México-Estados Unidos-Canadá para sustituir el TLCAN en el que prevalecieron las exigencias para fortalecer el componente estadounidense  e inició la confrontación con los bloques asiático y europeo, significados por la gran guerra comercial con China y el acoso a la India y Turquía, así como el apoyo abierto al Brexit y los amagos de aranceles a productos europeos como los automóviles y el vino, en clara advertencia hacia Alemania y Francia.

5.

 Todo ello se ha traducido en volatilidad, incertidumbre e incremento de la aversión al riesgo en los mercados mundiales. Los conflictos comerciales hacen prevalecer consideraciones políticas sobre razones económicas, afectando la confianza, ese intangible tan necesario. La expectativa de una recesión global parece inminente, en donde el milagro de un pronto acuerdo comercial con China podría devolverle certidumbre a los mercados. La mala noticia es que esto es poco probable. 

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