Eje Central El portal de noticias y análisis político en México.

Viernes 20 de enero, 2017 | 10:06 am

Cigarros, ética y libertad

Mauricio Gonzalez Lara | Jueves 29 de diciembre, 2016

PERDIDO EN EL SIGLO | La columna de Mauricio González Lara

Abro pista con una confesión: más allá de que no puedo abstenerme de la tentación de consumir   cigarrillos durante una reunión animada por el alcohol y el deseo de enfiestar a lo largo de la madrugada, disto de ser un fumador consuetudinario. Nunca fumo entre semana ni siento la necesidad compulsiva de comprar cigarrillos en una situación de estrés. Sin alcohol y risas, el cigarro, lo admito sin orgullo santurrón, me marea y aburre. No soy parte de la minoría fumadora mexicana: se calcula que en el país existen 17.2 millones de fumadores, quienes consumen siete cigarros al día en promedio.

 

Para 2017, la Ley de Ingresos de la Federación estima que se recaudarán 132,220 millones de pesos por el cobro del Impuesto Especial a Producción y Servicios (IEPS) a productos que afectan la salud como bebidas alcohólicas, cerveza, tabaco y alimentos no básicos con alta densidad calórica como pan dulce y botanas. Estos recursos serán mayores al presupuesto que se asignó para el Ramo Administrativo 12 “Salud”, el cual es utilizado para proveer este servicio a la población mexicana. ¡Enhorabuena! Nadie duda que fumar sea nocivo para la salud y el Estado tiene la obligación de reflejar esto en su política recaudatoria. Promover una baja en el consumo del tabaco es un objetivo encomiable. Nadie cuestiona, tampoco, los enormes costos que todos pagamos por las enfermedades derivadas del cigarro. No obstante, la “policía antitabaco” no se contenta con el progresivo e indefectible aumento en los precios de las cajetillas, ni con la vigilancia continua para que nadie fume en lugares públicos. Resultado: algunos esfuerzos antitabaco comienzan a rayar en lo prohibitivo. El fenómeno es mundial. Ejemplo: la reprehensible presión de algunas ONG sobre los estudios hollywoodenses para prohibir que los actores fumen en pantalla, independientemente de que sea un rasgo identificable de sus personajes (como sucedió con John Constantine, fumador compulsivo, en la adaptación televisiva del comic de Hellblazer).

 

Como bien señala Fernando Savater en su ensayo Contra la imposición de la salud, para la “policía antitabaco” la posibilidad de optar por el placer a sabiendas del daño corporal infligido no es una opción. El objetivo es prohibirlo totalmente. Savater se pronuncia por una ética de la libertad: “El  tabaco tiene también algunos efectos beneficiosos. Quizá quien fuma siente que su vida no se consume de manera tan angustiosa. En cualquier caso, nadie fumaría si de ese gesto no se obtuviera nada positivo, sea placer, analgésico, inspiración creadora o pasatiempo social. Es injusto y sesgado no mencionar jamás esto. Es tan manipulador como sostener que los automóviles son unas máquinas que sirven para matarse los fines de semana, sin mencionar que también pueden llevarle a uno de vacaciones o de paseo. (…) Probablemente quien sea incapaz de usar esas sustancias sin incurrir en desmesuras será prudente renunciando a ellas pero su ejemplo no tiene por qué ser decisivo para las personas más capaces de templanza. Ni todos los que paladean una copa de vino acaban con cirrosis ni todos los que disfrutamos con un buen cigarro puro terminamos con cáncer de pulmón. Y, en cualquier caso, se trata de un riesgo personal, como tantos que corremos en la vida.”

 

Si una persona decide autodestruirse sin provocarle daño a terceros, ¿por qué no reconocer su derecho a acceder a los paraísos artificiales? A veces nos gusta pensar en el ciudadano como un niño incapaz de tomar decisiones, y no como una persona libre de aceptar las consecuencias de la vida que decide llevar. Para la brigada antitabaco fumar es una locura, pero con frecuencia la locura suele ser el último refugio de la libertad.