Mauricio Gonzalez Lara

Actualmente en cartelera, El legado del diablo (Hereditary, 2018), prometedor primer largometraje del neoyorquino Ari Aster, comienza con una muerte en la familia. La fallecida es Ellen, abuela materna de los Graham, familia estadounidense suburbana compuesta por un matrimonio (Annie y Steve) y dos hijos adolescentes (Peter y Charlie). Ellen ejerció en vida una influencia perniciosa sobre los seres que la rodeaban: no sólo jugó un rol central en la depresión de su esposo y el suicidio de su hijo esquizoide, quien la acusaba de “haberlo llenado de voces”, sino que le robó a Annie la posibilidad de un crecimiento feliz e independiente. Después de muerta, Ellen no está dispuesta a dejar a los Graham en paz. Tras un accidente trágico que perturba la frágil unión familiar, suceden una serie de acontecimientos sobrenaturales que revelan traumas domésticos tan o más aterradores que las presencias demoniacas que acechan la casa: paternidades impuestas, madres posesivas, rencores no expresados, asfixia existencial. Si bien sigue siendo tabú en la vida cotidiana, el tema del hijo no deseado siempre ha sido fuente de pesadillas fílmicas memorables. No sólo es el motor de clásicos como Eraserhead (David Lynch, 1977) o El bebé de Rosemary (Roman Polanski, 1968), sino de cintas recientes como El Babadook (Jennifer Kent, 2014) y Tenemos que hablar de Kevin (Lynne Ramsay, 2011), donde los sentimientos encontrados sobre la maternidad alimentan la manifestación del terror.

Sea de origen satánico o fruto de la esquizofrenia psicótica, la posesión funciona en el cine como una representación alegórica de la pugna entre el deber ser (el superego freudiano) y el deseo subyacente de liberar los más bajos instintos (el id, es decir, el aspecto más importante de nuestra personalidad).

El campo de batalla es el alma del individuo, siempre supeditada a poderes que no puede combatir ni comprender. En un momento toral del filme, Annie, interpretada con multiplicidad de matices por una fabulosa Toni Collette, confiesa que ella nunca deseó ser madre. La revelación apenas dura un segundo: sorprendida por sus palabras, se lleva las manos a la boca y deja que el superego moral impuesto por la presión familiar vuelva a apoderarse de ella. Casi nunca vemos en pantalla a Ellen; su peso dramático, sin embargo, es tan contundente como el de la madre de Norman Bates en Psicosis. Escapar de su influjo resulta imposible, inclusive más allá del mundo factual.

Sartre tenía razón: el infierno son los otros. Los personajes de El legado del diablo viven en casas de muñecas, atrapados en narrativas construidas por fuerzas ajenas a ellos: la familia, la culpa, Dios. El peso de la expectativa se transmite de generación en generación, como una enfermedad genética que condiciona su ser y termina por infectarlo todo. Todos somos esclavos. Ni siquiera el diablo es capaz de ser libre, como lo muestra la devastadora imagen final. Fuera de la sala, pienso que la libertad aún podría ser una herencia humana. Ray Kurzweil, teórico de la inteligencia artificial, sostiene que tarde o temprano las máquinas alcanzarán un estado de conciencia que les permita autoregenerarse y volverse autónomas. Este fenómeno, denominado como “singularidad”, bien podría darse a mitad de este siglo. Algunos perciben con escepticismo la idea, otros la observan con cierto ánimo apocalíptico, temerosos de que las computadoras decidan exterminar al hombre, el principal depredador del planeta. Una minoría, en cambio, la espera con una sonrisa desbordante: si los hombres no pueden ser libres, que las máquinas lo sean. Ese sería en verdad un legado glorioso: una existencia ajena al horror de satisfacer a los demás.

Compartir