Mauricio Gonzalez Lara

Disponible en Netflix, La maldición de Hill House (The Haunting of Hill House), serie de televisión creada y dirigida por Mike Flanagan (Oculus, Gerald´s Game), cuenta las penurias enfrentadas por la familia Crain a raíz de su estancia en la Mansión Hill, una casona hermosa y gigantesca que se encuentra atormentada por los espectros de las personas que fueron asesinadas violentamente en el inmueble. Compuesta por un matrimonio y cinco hijos (tres mujeres y dos hombres), la idea de los Crain es reparar la casa a lo largo del verano para después venderla y construir el hogar de sus sueños. Las cosas, sin embargo, se estropean de forma monumental. En cuestión de semanas, la casa y sus fantasmas terminan por mermar la salud física y mental de la familia. La principal afectada es la madre, Olivia Crain, cuya misteriosa muerte marca trágicamente al clan en los años subsecuentes. Ya como adultos, en un mecanismo narrativo que recuerda a Eso, la novela de Stephen King, los Crain revisitarán el origen de sus traumas para ponerle fin a la maldición que oscurece su futuro.

Basada en la novela homónima escrita en 1959 de Shirley Jackson -y que ya había sido llevada al cine de manera magistral por Robert Wise en The Haunting (1963), filme considerado por Martin Scorsese como una de las cintas más inquietantes de todos los tiempos-, La maldición de Hill House nos recuerda la riqueza de significados que se esconden detrás de la sencillez de la historia de la casa embrujada. Más que meras figuras incorpóreas obsesionadas con atemorizar a los vivos, los espectros de Hill House recuerdan la definición de fantasma con la que abre El espinazo del diablo (2001), quizá la mejor película de Guillermo del Toro: “Un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez, un instante de dolor; algo muerto que parece por momentos vivo aún, un sentimiento suspendido en el tiempo, como una fotografía borrosa, como un insecto atrapado en ámbar.”

Flanagan carga al fantasma de significados modernos. La serie dedica buena parte de sus primeras horas a abordar el dolor que sufren las víctimas frente al escepticismo de los demás, una alusión clara a todas aquellas personas que enfrentan la incredulidad y el escarnio cuando deciden reportar alguna clase de abuso físico o mental. A veces, como sabemos, resulta más cómodo tildar al otro de demente que enfrentar el escenario de que lo denunciado pueda ser verdad. La modernidad también se expresa en el ámbito técnico: el episodio seis, por ejemplo, está estructurado en cinco complicados planos secuencia (el más largo de casi 15 minutos). El despliegue aspira a un fin ulterior al simple lucimiento virtuoso: los planos secuencia transmiten la idea de que muchos tiempos conviven de golpe en un espacio, y a eso -palabras más, palabras menos- le llamamos fantasmas.

La obra no está libre de pasivos. Flanagan es un pésimo director de actores (cuesta trabajo recordar un despliegue de interpretaciones tan acartonadas, sobre todo infantiles), la duración es excesiva y los minutos finales remiten más al azúcar de un trabajo como Finding Nemo que a las cintas de terror a las que aspira emular el realizador. Como sea, al igual que la reciente Ghost Story, La maldición de Hill House triunfa al señalarnos que no hay peor maldición que la de vivir atrapado en las ruinas de nuestra mente. ¿Qué son los fantasmas? Imágenes inalcanzables cuya persistencia en nuestra memoria nos impide vivir. Frustraciones, rencores y anhelos: la familia perfecta, el hogar idílico, la felicidad permanente. Mejor escapar: nada menos fantasmagórico que el placer de lo terrenal.

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