Mauricio Gonzalez Lara

De todas las fuentes de las que abrevamos para edificar nuestra educación sentimental, pocas llegan a pesar tanto como las tiras cómicas que consumimos a lo largo de nuestras vidas. No me refiero necesariamente a los comics -las historietas de varias páginas que, como lo evidencia el descomunal éxito de las películas de superhéroes, parecen gozar de cabal salud-, sino a esas pequeñas dosis de humor que aparecen a manera de secuencias de tres o cuatro viñetas alineadas horizontalmente en las páginas de los diarios, o, ya de manera generosa, en despliegues de una página en las ediciones dominicales. Conforme el periódico se encamina a su muerte física, la tira cómica busca reinventarse, no sin dificultades, en otros formatos que le permitan consolidarse como un ritual cotidiano en la vida del lector.

No obstante, la popularidad de algunos títulos parece escapar a cualquier fecha de caducidad. Este es el caso de Calvin y Hobbes, la tira cómica creada por Bill Waterson que relata las peripecias de un niño y su tigre de peluche en un hogar ubicado en los suburbios de Estados Unidos. La imaginación desbordante de Calvin refleja toda la libertad de la infancia: ególatra y protagónico, se sueña como espía, explorador espacial y superhéroe, al tiempo que tortura a sus padres, niñera y maestra con ocurrencias y bromas que sólo pueden ser encantadoras en un chicuelo de seis años. Hobbes es la conciencia del autor: una combinación de id y superego. Con adultos presentes, Hobbes es un peluche inocuo y genérico; a solas con el niño, en cambio, un elegante cómplice que funciona como el Alfred crítico e irreverente del Batman desmadroso de Calvin.

La pareja recibe sus nombres de Juan Calvino, teólogo reformista francés del siglo XVI, y de Thomas Hobbes, filósofo inglés del siglo XVII. Los despliegues imaginativos de Calvin recuerdan a los vuelos oníricos de Little Nemo in Slumberland, la tira cómica de Winsor McCay publicada entre 1905 y 1911, pero la densidad de los cuestionamientos existenciales remiten a Peanuts, la clásica creación de Charles M. Schulz que lo mismo ha influido a novelistas (Jonathan Franzen), cineastas (Wes Anderson), intelectuales (Umberto Eco) y, desde luego, a dibujantes como Waterson. Quizá Calvin y Hobbes carezca de la tristeza neurótica de Peanuts o el humor sociopolítico de Mafalda, pero dista de ser una tira sencilla. Calvin entabla diálogos con Hobbes sobre arte, cultura, política, y filosofía con la curiosidad propia de una persona que busca explorar la vida. De trazo ágil y propositivo, Waterson siempre rechazó todo ofrecimiento de comercializar la imagen de sus creaciones, lo que le ha inyectado un aura de integridad a la tira cómica. Nunca veremos a Calvin como imagen oficial de una marca de seguros o un peluche oficial de Hobbes. Waterson dibujó la tira a lo largo de 10 años (1985 a 1995), periodo en el que consiguió aparecer en más de 2,400 periódicos y vender más de 30 millones de ejemplares de sus 18 libros recopilatorios. A más de 20 años de su última aparición, la vigencia de la tira es notable. Editorial Océano acaba de reimprimir varios tomos en nuestro país, incluido Felino Homicida Salvaje, la recopilación favorita de Waterson. Ítalo Calvino sostenía que un clásico es un libro que nunca agota lo que nos tiene que decir, un lugar que podemos revisitar para redescubrir quiénes somos y quiénes podemos ser. Más allá de cualquier subtexto, la emotividad de Calvin y Hobbes radica en que nos invita a recordar una obviedad que con frecuencia olvidamos: al final del día, el mejor amigo con el que contamos es nuestra propia imaginación.

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