Mauricio Gonzalez Lara

Primera instantánea. A fines de 1988, el mundo presenció el nacimiento de los Traveling Wilburys, la superbanda integrada por George Harrison, Jeff Lyne, Roy Orbison, Tom Petty y Bob Dylan. Si bien casi nadie los celebra activamente a estas alturas –¿alguien sabe de una fiesta reciente donde haya sonado Handle with care o She´s my baby?-, el grupo aún es una marca reconocida. En el episodio ocho de la tercera temporada de Billions – serie creada por Brian Koppelman, David Levien y Andrew Ross Sorkin-, Bobby Axelrod, fundador de Axe Capital, y Mike “Wags Wagner”, el sátiro gerente de operaciones de la compañía, recuerdan el mito de los Traveling Wilburys para despedir a Spyros, un arribista experto legal que busca formar parte del círculo interno de la compañía. Axe menciona que Harrison no sólo era un Beatle, sino un Traveling Wilbury, condición que lo volvía supercool. Para ser un Wilbury, sostiene Wags, se necesitaba una combinación única de ingenio, garbo y credibilidad que muy pocas celebridades poseen. Petty y Dylan, de hecho, solían divertirse lanzando nombres de potenciales nominados para discutir si contaban con lo que se necesitaba para ser un Wilbury. ¿Jack Nicholson? Wilbury, claro. ¿Richard Dreyfus? Gran actor, contesta Axe, “pero no un Wilbury”. El abogado, concluyen, nunca será un Wilbury. Spyros, incrédulo, intenta argumentar lo contrario mientras un equipo de seguridad lo saca de la oficina. Humillación total.

Segunda instantánea. En Biografía del fracaso (Planeta, 1981), el escritor Luis Antonio de Villena establece que el perdedor no es propiamente un mediocre o un fracasado a secas, sino quien ha intentado ser más -desde el punto que sea, puede ser muy alto- y desde ahí ha llegado a la caída, al derrumbe monumental. En todo perdedor “hay un salto (aunque sea hacia atrás) por pequeño que sea, y ese impulso -que puede ser autodestructivo- convierte al perdedor, respecto a la mayoría común, en un aristócrata”. Spyros, desde luego, no es ningún aristócrata, sino un reptil mezquino que aspira a ser miembro de un club social que lo aborrece profundamente. Sucesión, serie creada por Jesse Armstrong, nos ofrece a un fracasado más complejo: Kendall, un junior exdrogadicto que sueña con desplazar a su padre, el temible Logan Roy, del liderazgo de la empresa familiar, un imperio mediático tradicional que enfrenta diversos problemas para redefinirse en la era del streaming. Kendall no es ningún genio, pero intuimos que cuenta con la inteligencia para vencer a Logan. La pregunta es si posee el carácter necesario para escapar de su naturaleza perdedora, tal y como le sucedía a Eddie Felson, el jugador de billar interpretado por Paul Newman que simplemente es incapaz de generar la confianza suficiente para vencer a Minessota Fats en El audaz (1961). ¿Podrá Kendall derrotar a su padre algún día? No apostaría por él.

Tercera instantánea. Léolo (1992), filme de Jean Claude Lauzon, cuenta la historia de Léo Lozeau, un niño que radica en un barrio obrero cerca del centro de Montreal en una realidad marcada por las limitaciones económicas y una familia afectada por la locura. Harto de su contexto, Leo se reinventa como el italiano Léolo Lozone –“porque sueño, no lo estoy”- y se fuga al plano de lo imaginario, donde todo parece posible. La realidad, sin embargo, termina por imponerse. Tras atestiguar cómo su hermano Ferdinand se convierte en un Hércules hipermusculoso con el fin de enfrentar a una pandilla que los acosa constantemente, Léolo espera impaciente su encuentro con los bullies. Cuando este ocurre, el musculoso Ferdinand se derrumba física y emocionalmente al primer golpe de un enclenque pandillero.  No existe un perdedor más triste en la historia del cine. Hay miedos que jamás pueden vencerse. Esa es la verdadera derrota.

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