Mauricio Gonzalez Lara

Cuando alguien está en la competencia por un empleo como cocinero en un restaurante —no hablo de un local que aspira a una estrella Michelin, sino de una cafetería o una fonda—, no es exagerado sobreentender que el solicitante cuenta con la habilidad y conocimientos necesarios para cocer un arroz, freír un huevo o preparar un caldo de pollo. Es lo justo: nadie acusaría al empleador de insensible o demandante por esperar esa mínima esfera de conocimiento. La lógica no aplica para todos los oficios. Si usted toma un taxi en Ciudad de México y pide ser transportado a, digamos, Reforma, Polanco, Insurgentes, Zócalo o el Aeropuerto, existe una alta probabilidad de que el chofer condicione el viaje a que usted le diga “por dónde”, pues apenas se acaba de iniciar como taxista o tiende a manejar en un rumbo compuesto, imagino, por unas cuantas cuadras. Visualice a un extranjero que toma un taxi en la Roma con destino al Hipódromo de las Américas. ¿Cuántas posibilidades existen de que el taxista sepa la dirección sin mayor indicación que esa? Si bien le va, le aseguro, acabará en el Foro Sol o el Velódromo.

No abunda la gente que escoge ser taxista por vocación: casi todos son refugiados de la falta de oportunidades. De acuerdo, ¿pero eso es un pretexto válido para de-
sempeñar mal el oficio? No sorprende que, en años recientes, servicios como Uber y Cabify capitalizaran la insatisfacción con los taxistas. Mejores coches, relativa seguridad y, sobre todo, certeza de que el conductor cuenta con una aplicación GPS (Waze o Google Maps) que asegura la localización exacta del destino, son factores que han empujado la digitalización del transporte privado. Esta dinámica, sin embargo, no ha redundado en que los choferes sean mejores conductores. Al contrario: lejos de que la constante visualización de mapas y rutas les ayude a obtener un conocimiento mínimo de la ciudad por la que transitan, los choferes de Uber y Cabify se han vuelto “aplicaciones de la aplicación”, incapaces de ubicarse cuando se cae la red o el navegador los direcciona por caminos súbitamente obsoletos por un inesperado cierre de calles. Todos, en mayor o menor medida, nos vemos reflejados en ese espejo: la esclavitud al Waze ha redundado en una incapacidad creciente para descubrir dónde vivimos y por ende cobrar conciencia de las posibilidades que ofrece nuestra ciudad natal. La dependencia tecnológica redundará más temprano que tarde en escenarios más siniestros. La era digital ha tornado obsoletas dimensiones enteras de las cadenas productivas tradicionales, lo que ha derivado en el despido de millones de personas cuyos conocimientos ya son anacrónicos en esta segunda década del siglo XXI. La intensidad de esta dinámica se incrementará exponencialmente. ¿Cuántos años faltan, por ejemplo, para que comencemos a ver transitar coches de Uber sin conductor humano por la Ciudad de México?

No son pocos los que aún minusvaloran la viabilidad de la llamada conducción con piloto automático. Una serie de accidentes de alto perfil, incluida una muerte en Florida con un modelo de Tesla, han alimentado la percepción de que la conducción autónoma no es segura. Algunos investigadores manifiestan también que la inevitable aparición de factores inesperados confundirá a las máquinas y empeorará el tráfico, especialmente en carreteras. Los robots, no obstante, son serviles y no cobran un salario. Los autos con piloto automático eliminarían a los conductores de la ecuación, lo que eventualmente redundaría en un aumento gigantesco de la rentabilidad. Cuando eso suceda ¿podremos argumentar con honestidad intelectual que los humanos —esas aplicaciones de las aplicaciones— le agregaban valor al servicio? Difícilmente.

@mauroforever

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