Mauricio Gonzalez Lara

En Too Real, especial de stand-up disponible en Netflix desde 2017, el comediante cincuentón Marc Maron reflexiona sobre las vicisitudes propias de la “crisis de la mediana edad”: esa mezcla de depresión y achaques que afecta a las personas una vez que superan las primeras cuatro décadas de vida. Maron no es ningún quejica: tras varios años de lucha profesional y una severa adicción a la cocaína, el comediante representa lo que la cultura anglosajona denomina como un “late bloomer”; es decir, una persona que ha florecido a una edad donde en teoría cuenta con la madurez suficiente para no desgastar energía en cuestiones vanas. El comediante, sin embargo, no puede evitar los mismos miedos que atormentan a sus contemporáneos, sobre todo aquellos que se relacionan con la pregunta que casi todos se hacen una vez que cobran conciencia de su vejez: ¿Cuánto tiempo me queda? Esta rutina, quizá el momento más memorable del especial, funciona como prólogo para que el artista cuente su experiencia en un concierto de los Rolling Stones

Si bien es fanático de la banda liderada por Mick Jagger y Keith Richards, Maron admite que la idea de asistir le provocaba sentimientos encontrados, pues no quería que su admiración se mermara ante la posibilidad de confirmar que sus héroes eran hoy un grupo de viejitos que intentaba revivir glorias añejas en el escenario. El concierto, para su sorpresa, distó de decepcionarlo. Los Rolling Stones, desde luego, ya no son la banda explosiva que era antes. Todo está coreografiado y no hay ninguna sorpresa durante las dos horas de recital. No obstante, señala Maron, la responsabilidad que la banda carga ahora sobre sus hombros es mucho mayor a la que asumía durante su juventud. A mediados de los setenta, Jagger podía darse el lujo de intoxicarse y caerse varias veces durante una presentación. La gente, a fin de cuentas, celebraba los tumbos como una muestra de desenfreno provocada por el exceso de sexo, drogas y rock and roll. Hoy, en cambio, una caída de Jagger en el escenario sería motivo de angustia extrema. ¿Qué estampa más desesperanzadora podría imaginar un fan de los Rolling Stones que ver a su ídolo morir en el escenario? “¡Mick no puede caerse!”, sostiene Maron.

Los Rolling Stones son más que una banda legendaria de rock. Sus interminables giras son fuente de ingresos y empleo para cientos de personas. El Steel Wheels Tour de 1989 generó US$260 millones; el Voodoo Lounge Tour, que los trajo por primera vez a México, produjo más de US$370 millones; el Bridges to Babylon Tour, arrojó US$390 millones; el Licks Tour de 2002, US$300 millones; el A Bigger Bang Tour, incluido en el Libro Guiness por ser la gira con más ganancias de la historia, superó los US$558 millones. La gira más reciente, el América Latina Olé Tour 2015, no sólo recaudó US$100 millones, sino que les permitió brindar su primer concierto en La Habana, Cuba, tal y como está documentado en la película The Rolling Stones: Olé Olé Olé! A Trip Across Latin America. 

A principios de abril, el grupo anunció que la gira No filter -planeada para iniciar el segundo trimestre del año- tenía que reprogramarse debido a que Jagger enfrentaba problemas cardiacos que lo obligaban a someterse a una operación quirúrgica. Aunque esta no era la primera vez que la banda interrumpía actividades por alguna enfermedad de sus miembros (el baterista Charlie Watts sufrió cáncer de garganta en 2004, y Richards experimentó una conmoción cerebral en 2006), la imagen de Jagger postrado en un quirófano detonó todas las alarmas posibles. Por esto hace unos días el mundo esbozó una sonrisa al contemplar en redes sociales las imágenes de un Mick bailarín y al parecer plenamente recuperado. A los 75 años, Jagger está listo para salir de gira otra vez. Hay dioses que no merecen caer. Pensar otra cosa sería una mezquindad. 

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