Mauricio Gonzalez Lara

Proveniente del latín, persona non grata significa literalmente «una persona no grata», es decir, un individuo cuya presencia resulta ofensiva e insultante para el anfitrión que lo alberga. De acuerdo con la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas, un Estado es libre de declarar a cualquiera como persona non grata sin ofrecer explicación alguna al respecto, aunque usualmente lo hace bajo sospecha de espionaje, en el mejor de los casos, o de delitos de lesa humanidad, en el peor.

El 19 de mayo de 2011, los organizadores del Festival de Cannes declararon al cineasta danés Lars von Trier como persona non grata tras una rueda de prensa donde este manifestó que simpatizaba con Hitler. «Comprendo que hizo cosas equivocadas, por supuesto, pero sólo estoy diciendo que entiendo al hombre; no es lo que llamaríamos un buen tipo, pero simpatizo un poco con él», espetó el realizador, aunque posteriormente pidió disculpas y declaró no ser antisemita. Así, von Trier, quien aún se considera judío (pese a que como adulto descubrió que su padre biológico no era de ese origen), arruinó las altas posibilidades de Melancolía de ganar la Palma de Oro de ese año, si bien Kirsten Dunst fue reconocida como mejor actriz.

Tras una serie de discusiones acaloradas entre los organizadores, el cineasta fue invitado de nueva cuenta en 2018 al festival para presentar La casa de Jack (The House That Jack Built), cinta que narra cinco sucesos clave en la vida de un asesino en serie (Matt Dillon) mientras este es conducido literalmente al infierno. Actualmente en cartelera, la película es una especie de ensayo donde, a través de la voz del asesino, von Trier reflexiona sobre su obra, controversias e imagen pública. Desde su primera película (El elemento del crimen, 1984), von Trier ha planteado dilemas morales que cuestionan la solidaridad humana, la existencia de un Dios justo, el estado de las cosas en el orden que siguió la segunda guerra mundial, la imposibilidad de la pareja, y, a partir de Rompiendo las olas (1996), una poderosa fijación por el martirio femenino, reflejada especialmente en películas como Dogville y Dancer in the Dark. El talante combativo también se ha expresado de forma estética. De filmar cintas en extremo planificadas y llenas de cuidado técnico –Europa (1991), por ejemplo-, von Trier pasó a convertirse en el demiurgo del Dogma 95, movimiento caracterizado por proponer un cine basado en la cámara en mano, el uso exclusivo de locaciones (no sets) y el rechazo a los efectos especiales. No hay nada iconoclasta en La casa de Jack que recuerde al von Trier terrorista de Anticristo (2009) o al punk del Dogma 95. La historia, de hecho, está estructurada en un andamiaje episódico que a estas alturas resulta un tanto tedioso para los que han acompañado al cineasta por más de tres décadas. Von Trier, sin embargo, no puede evitar la provocación.

Exhibida fuera de concurso, la cinta motivó el éxodo de decenas de personas durante la premier debido a su alto contenido violento, el cual incluye asesinatos y mutilaciones gráficas. Nada que, como le dice el personaje que conduce a Dillon al infierno, no hayamos visto antes en la obra del danés. ¿Cómo explicar, entonces, semejantes reacciones? La respuesta quizá radique en la autocomplacencia gozosa y desbordante del filme. Al igual que la casa que construye Jack, la obra de von Trier está edificada sobre los cadáveres de personas a las que ha explotado sin piedad (actores, aliados, la misma audiencia). Von Trier sabe que va directo al infierno, pero lejos de ofrecer disculpas, nos permite ver su caída en cámara lenta y a todo color. El cinismo es refrescante en una coyuntura donde resulta casi obligado pedir perdón por los pecados del ayer. Amén de cualquier juicio moral, como espectador no me queda otra opción más que darle las gracias.   

Compartir