Mauricio Gonzalez Lara

“Hay muchos que regresan al whisky, o al vodka, pero nadie que se precie a sí mismo regresa al ron, nadie”. Palabras más, palabras menos, esa fue la advertencia que un amigo me lanzó el fin de semana pasado, cuando exprese en una sobremesa que, de vez en cuando, extrañaba el sabor dulce y desmadroso de las cubas que solía tomar en mi adolescencia.

Antes de continuar, una advertencia: este no es un texto escrito por un enólogo o un catador de licores. No voy a reflexionar sobre las texturas de un tempranillo de excelencia, las propiedades aromáticas del whisky o las posibilidades estéticas que ofrece la preparación de un Martini. Mis habilidades son demasiado reducidas para tales menesteres. Mi misión es más modesta: reivindicar al ron como un compañero alegre que merece estar con nosotros durante todas las etapas de nuestra existencia, y no ser menospreciado como una bebida cuyo consumo se limita a los años de preparatoria.

¿Quién bebe ron? Empleados, piratas, trotamundos, borrachines, escoria. Como señala el poeta Eliseo Alberto en Brindis por el ron, ensayo publicado en 2009, la grandeza del ron radica en su terrenalidad cotidiana:

El ron (el de caña, el barato, el bueno) no es un amigo ni un aliado ni un testigo ni un cómplice: el ron de caña es un compadre. Abraza. Susurra. Habla en voz baja. Aconseja, aunque sus recomendaciones no siempre destilan sabiduría: sí lealtad. Ámbar en pena. Ámbar llorado. Tiene luz propia, dorada, atardecida

El problema con el ron es su falta de grandiosidad en la cultura popular. En el cine, por ejemplo, carece de grandes embajadores. No hay tal cosa como un cocainómano sencillo, por lo que no sorprende que el polvo blanco sea la droga cinematográfica por excelencia. Algo similar sucede con el whisky, cuya elegancia engloba estilos y géneros enteros (¿se puede imaginar al film noir sin este licor?). Lo mismo pasa con el cigarro (el humo y la luz que se proyecta en la oscuridad serán amantes por siempre). ¿Y el ron? Lo más cercano que tiene a un embajador de marca cinematográfico es Johnny Depp, quien a través de su interpretación como el capitán Jack Sparrow ha fungido como promotor de la bebida a lo largo de la saga de Piratas del Caribe. El rostro de Depp preguntándose por qué se han llevado el ron se ha convertido en un running gag a lo largo de cuatro películas, y seguramente estará presente en la quinta entrega: Pirates of the Caribbean: Dead Men Tell No Tales, a estrenarse este año. La asociación de Depp con el ron va más allá de Disney. En The Rum Diary , Depp interpreta a Paul Kemp, un periodista alcohólico de Nueva York que a fines de los cincuenta viaja a San Juan, Puerto Rico, en busca de un trabajo que le permita sobrevivir mientras intenta escribir una novela. Kemp consigue trabajo en un periódico repleto de borrachos. Gracias a Mober, un colega interpretado por Giovanni Ribisi, Kemp extrae ron de los últimos filtros del proceso de destilación. “¡Esto tiene más etanol que un combustible para cohetes!”, le advierte Ribisi antes de compartir el codiciado elixir. La sensación es descrita como “si Dios extendiera su mano en tu cerebro”. Basada en una novela “perdida” de Hunter S. Thompson, padre del denominado periodismo “gonzo”, The Rum Diary transmite algo de la locura asociada con el autor, aunque nunca interioriza su discurso subversivo; todo es una pose, un pretexto para que Depp pueda lucir cool frente a sus fans, pero sobre todo, ante sí mismo.

Ahora entiendo los reclamos de mi amigo. El whisky tenía a Humphrey Bogart; el ron, en cambio, a Johnny Depp. Pese a esto, modificaría su advertencia: quizá sea noble regresar al Bacardí blanco, pero al Bacardí añejo, ¡jamás!

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