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Lunes 27 de marzo, 2017 | 6:29 pm

Sobre workaholics y “horas nalga”

Mauricio Gonzalez Lara | Domingo 25 de diciembre, 2016

PERDIDO EN EL SIGLO | La columna de Mauricio González Lara @mauroforever

Una de las barreras recurrentes para  incentivar la productividad en las organizaciones es la creencia equivocada de que un buen trabajador es una persona que acude a una oficina todo el día, está dispuesto a trabajar horas extra (sin compensación económica  agregada, por supuesto)  y muestra una actitud diligente ante los mandos superiores.

 

No hablo de puestos de servicio o vigilancia, sino de actividades de oficina cuya realización óptima no se encuentra atada a “hacer guardia” o estar a disposición del cliente, y que de hecho no ameritan estar ocho horas sentados en un cubículo (o como se expresa coloquialmente, en cumplir con las famosas “horas nalga”).Una buena parte de las labores de una oficina podrían ser cubiertas en la mitad de horas si la organización se enfocara en utilizar el tiempo de una manera más concentrada. No se trata de demandar que se trabaje sin interrupciones, con una intensidad uniforme a lo largo de la jornada, como si las personas fueran robots capaces de soportar un ritmo sin variaciones. Ni tampoco se intenta postular la idea de que la oficina es obsoleta y lo óptimo es trabajar siempre desde casa. Las ideas que cambian al mundo surgen de la interacción con los demás, y no de llaneros solitarios que creen que el aislamiento doméstico es un estado ideal. El propósito es trabajar con más inteligencia y desterrar la noción de que el workaholic es un modelo a seguir. Y es que el workaholic es algo más que un “adicto al trabajo”: es una expresión patológica y aspiracional del deseo de convertirse en un hombre de negocios cool al estilo de Elon Musk o el fallecido Steve Jobs; un ser sin vida personal que “trabaja por pasión y no por dinero”; una invención posmoderna que no funciona en el mundo real y que nunca ha rendido resultados; un pasivo, pues.

 

Un empleador eficiente debe de buscar personas equilibradas con prioridades que vayan más allá del trabajo. La productividad requiere de la solidez sicológica y emocional que produce una vida balanceada, y no de la prisión que habita el workaholic. El workaholic es un enfermo que busca lidiar con los fantasmas de su subconsciente a través de concentrar su vida en la oficina. Su adicción, al igual que sucede con un drogadicto, termina por empujarlo a un comportamiento irracional y peligroso que poco o nada tiene que ver con la productividad. Los workaholics destacan por su disposición a trabajar 14 horas diarias, pero rara vez resaltan por una idea brillante o la formulación de una estrategia que implique un salto en el progreso de la compañía. El error del workaholic es tomarse demasiado en serio, y cuando una persona se toma demasiado en serio, pierde la noción de lo que es importante. El proceso se torna más importante que la razón de ser del mismo. Esa visión puede llevar a la ruina a cualquier empresa.

 

Aunque sea bien visto en algunas organizaciones, laborar muchas horas no es rentable. Hasta el individuo más brillante rinde poco si le falta energía. La clave es alternar periodos de intensa concentración y actividad con otros de descanso. Se trata de encarar el trabajo como una serie de carreras cortas, y no como un maratón. Para alcanzar este objetivo se requiere de una gestión adecuada del tiempo.  Un individuo requiere de horas  y espacios ajenos al entorno laboral. No importa cuánto nos guste nuestra carrera, todos necesitamos desintoxicarnos del trabajo para recargar baterías creativas y sentimentales.  Es la manera más sana de buscar ser verdaderamente productivos en el mediano y largo plazos.