Mauricio Gonzalez Lara

Aún en cartelera, Tiempo compartido, segunda película de Sebastián Hofmann, narra la historia de dos parejas. La primera está conformada por Eva (Cassandra Ciangherotti) y Pedro (Luis Gerardo Méndez), un matrimonio de clase media que renta un tiempo compartido para vacacionar en Acapulco con su hijo pequeño. La ilusión de gozar el paraíso dura unos cuantos minutos: la administración del hotel -una instalación estilo Mayan Palace que asemeja un templo sacrificial azteca- ha sobrevendido los cuartos y se ven obligados a compartir su villa con una familia estridente que no parece resentir el desprecio clasista de Pedro.

La segunda pareja está compuesta por Gloria (Montserrat Marañón) y Andrés, un par de empleados del hotel que tras la muerte de su hijo intentan reinventarse profesionalmente en el complejo turístico, recién comprado por la cadena Everfields International. Bajo la tutela de un gurú comercial contratado por Everfields -interpretado con efectividad por RJ Mitte, el hijo de Walter White en Breaking Bad-, Gloria busca convertirse en una vendedora experta en la manipulación de narrativas sentimentales orientadas a cerrar contratos con familias emocionalmente vulnerables; su esposo, en cambio, es una piltrafa incapaz de volver a ser el animador turístico entusiasta que fue años atrás. Interpretado con notable fuerza expresiva por un irreconocible Miguel Rodarte, Andrés es ahora un fantasma que recorre las entrañas de un templo compuesto por sótanos laberínticos que albergan archiveros con listas de empleados sacrificables, expedientes comprometedores de familias susceptibles a ser timadas y lavadoras gigantescas que tiñen la ropa de color rojo sangriento.

Eva y Pedro distaban de lucir unidos antes de llegar a Everfields (él parece más que dispuesto a revivir la llama; ella apenas finge su inapetencia). Nunca sabemos por qué. Tampoco se explica qué le sucedió exactamente al hijo de Gloria y Andrés. El misterio amplifica el miedo. Lo que sí sabemos es que Everfields es una entidad que buscará aplastar las almas de estos hombres mediante la idea de que la felicidad está al alcance de sus manos si así lo deciden. Al igual que sucede en Workers (José Luis Valle, 2013), la resistencia al monstruo corporativo se vuelve un acto de resistencia vital, casi punk. Tiempo compartido es una carcajada frente al desastre que la aspiración al éxito ha hecho de nuestras almas. Es, también, una continuación de las obsesiones mostradas por Hofmann en Halley (descomposición, atmósferas frías y ominosas, el mundo como radiación tóxica) y la prueba que lo ratifica como uno de los talentos estilísticos más prometedores del cine mexicano.

Hace unos días Nike, la famosa marca de ropa deportiva, lanzó una campaña protagonizada por Colin Kaepernick, el jugador de futbol americano que se tornó en un icono antirracista al ser sancionado por arrodillarse a manera de protesta cuando se tocaba el himno nacional estadounidense al inicio de los partidos de la NFL. La marca fue aplaudida de forma casi unánime y de hecho incrementó su valor bursátil en un 5% desde el inicio de la campaña (alrededor de 6,000 millones de dólares). Algunos han acusado a Nike de hipocresía, ya que según algunos reportes periodísticos sus empleados “progresistas” tienden a donar más dinero a los republicanos que a los demócratas. Puede ser. El discurso publicitario de marcas como Nike y Adidas siempre ha irradiado una energía inquietante. Hay algo oscuro y castrante en creer que toda adversidad puede ser superada y que nuestro valor como seres humanos estriba en salir adelante mediante un triunfo especialísimo, heroico y avasallador. ¿No hay nobleza en lo común, es decir, en la derrota? ¿Todo es posible si le “echas ganas”? Es un credo propio de los sótanos de Everfields International. Mejor no salir de vacaciones.

Compartir