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Viernes 20 de enero, 2017 | 10:06 am

Populismo contra la libertad

Luciano Pascoe | Jueves 13 de octubre, 2016

CUARTO DE GUERRA | La columna de Luciano Pascoe

 

La facilidad que tiene el populismo para hacerse escuchar entre el electorado y ganar su voto implica una cesión de libertad. Aunque parece más fácil elegir a alguien que colma de promesas y abre la chequera para hacer palpables los beneficios del gobernante, no es tan evidente la pérdida de libertad al elegir al populista.

 

Hace unos meses, el filósofo de Georgetown University, Jason Brennan, abrió un debate respecto a la ética del voto. Brennan asegura que un voto sincero es moralmente aceptable y que, en cambio, la compra, venta o intercambio de votos es perjudicial tanto a sus practicantes como a la sociedad.

 

Sin embargo, la acción de votar, aunque sincera en lo individual, puede generar un resultado negativo para la sociedad. Ejemplos sobran y dependen del enfoque del analista, pero veamos algunos casos recientes, como el Brexit, el rechazo al acuerdo de paz en Colombia o la negativa de Hungría a alojar refugiados; tres decisiones conservadoras influenciadas por valores contrarios al pensamiento progresista.

 

Para Brennan, el ejercicio de votar no es necesariamente la mejor forma de ejercer un deber cívico, pues la falta de información o la irracionalidad en la decisión afectan directamente el resultado. Esto, no sobra decirlo, es muy cuestionable, pero abona a la discusión.

 

La adopción de políticas populistas –o la mera promoción en campaña– resulta atractiva para sectores de población que no ven resultados favorables en la democracia o que han sentido que el sistema económico y político les ha fallado.

 

El problema, dicen algunos, no está en la democracia, sino en las fallas que el sistema ha causado por mantener la inequidad en el acceso a oportunidades –educativas, de salud o de financiamiento, entre otras–.

 

La visión populista propone corregir esas fallas por medio del dispendio de recursos públicos que surgirán de deuda pública o como resultado de una sobrerregulación de mercados.

 

Hemos visto las secuelas del sobreendeudamiento y, a pesar de ello, gobiernos de distintos niveles han incrementado su deuda a niveles impagables por esta generación.

 

Y, también, México ha visto que la regulación excesiva de mercados no solo es perjudicial en tanto desincentiva las inversiones que generan empleos, sino también al abrir rutas alternas y mercados ilegales que no solo no generan ingresos fiscales, sino que fomentan el abuso.

 

Finalmente, la tentación de sobrerregular la política se ha manifestado en una simulación de quienes hoy aspiran a cargos de elección popular. No se pueden decir precandidatos porque los sancionan, no pueden anunciarse en medios masivos y no puede un gobernante hacer campaña. Y, sin embargo, los hechos son evidentes.

 

La libertad, entonces, no es plena, gracias al lento pero seguro corrimiento hacia el populismo.