Juan Antonio Le Clercq

La forma es fondo y, si a las formas nos remitimos, tanto la renuncia de Carlos Urzúa como la posterior entrevista publicada por Proceso saben a quién se va azotando la puerta para que no pase desapercibida la salida. A pesar de que trata de suavizar con algunos halagos hacia la figura de López Obrador, el tono de denuncia y los señalamientos puntuales vertidos en la carta y la entrevista, ponen en evidencia que el exsecretario de Hacienda buscaba hacer públicas sus profundas diferencias, pero también dejar claro su deslinde de las consecuencias negativas que tengan a futuro los proyectos implementados bajo bandera de la 4T. 

Por más que desde el gobierno y los círculos de poder de Morena se haya tratado de minimizar su impacto, la renuncia representa un golpe directo a la línea de flotación de la 4T. Así lo han entendido analistas políticos y financieros nacionales y en el extranjero, quienes advierten que México y su gobierno caminan sobre hielo muy delgado y seguirán con lupa las decisiones y las señales de Andrés Manuel López Obrador. 

Entre líderes y simpatizantes de Morena, la salida de Urzúa se ha interpretado de distintas formas. Hay voces que señalan cobardía por abandonar el barco en medio de la tormenta. Algunos ven la traición inevitable de quien sólo era un Caballo de Troya neoliberal. Otros minimizan su impacto real, mientras ensalzan la figura y capacidad de Arturo Herrera, el sustituto cuyo rostro atrapado entre pasmo y pánico será siempre carne para memes. Pero también hay quienes coinciden con los señalamientos y, por tanto, esperan una señal correctora desde Palacio Nacional que permita evitar el naufragio temprano de la 4T.  

La Presidencia podrá evitar los pronunciamientos directos sobre la renuncia y la entrevista, rechazar las críticas de la prensa nacional e internacional o minimizar la relevancia de la figura de Urzúa, pero el golpe está dado y nadie lo quita. Lo peor que puede hacer el Presidente es actuar como si nada hubiera ocurrido y optar por la política de la avestruz. La dureza de los señalamientos, más una denuncia pública que una renuncia, como lo han entendido diversos analistas, puede llevar a la tentación de acusar la mano negra de adversarios y neoliberales. Pero ante la incertidumbre y las críticas que deja tras de sí la renuncia, el mejor camino es la autoevaluación para corregir el rumbo.  

La pregunta que flota en el aire ahora es si la 4T tendrá capacidad de escuchar con cuidado el mensaje de Urzúa, si puede aprender de los errores cometidos y reaccionar a tiempo para evitar que el proyecto de transformación prometido se autodestruya como resultado de la suma de proyectos mal diseñados, austeridades innecesarias, suma de ineptitudes y conflictos de interés.  

En las situaciones críticas suelen irrumpir dos procesos diferenciados que se retroalimentan: el problema o escándalo que genera en principio la crisis y el escalamiento de la situación como resultado de decisiones, acciones y mensajes equivocados. Esto es a lo que se enfrenta la 4T, una crisis de imagen y credibilidad provocada por los señalamientos y acusaciones de quien hasta hace unas semanas era el secretario de Hacienda, poniendo en evidencia las ocurrencias, decisiones arbitrarias y conflictos de interés que los críticos a López Obrador habían venido advirtiendo. 

Pero la crisis puede escalar si se ignora o maneja mal. No tomar la oportunidad para la autoevaluación, supone el riesgo de crear una crisis política más grave, enredar indefinidamente la toma de decisiones en resolver problemas autogenerados, dañar irreversiblemente la credibilidad nacional e internacional del gobierno y abrir la puerta a nuevas renuncias entre los desencantados con el proyecto de la 4T. Ni México ni López Obrador pueden darse el lujo de que el gobierno naufrague sólo ocho meses después de salir de puerto. Es tiempo de escuchar y corregir.  

Profesor-investigador del Departamento de Relaciones Internacionales y Ciencia Política de la UDLAP.

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