Juan Antonio Le Clercq

El triunfo contundente de Morena ha entregado un enorme capital político a Andrés Manuel López Obrador, como a ningún otro presidente desde la alternancia en el año 2000. Victoria electoral que se ha traducido en una transición de gobierno vertiginosa, en el impulso de cambio político radical ante los ojos de un gobierno en funciones desdibujado y una oposición pasmada en su derrota.

La pregunta es qué hará AMLO con ese capital político, si tendrá la capacidad de convertir sus propuestas de campaña en los resultados que demandan los ciudadanos o si, por el contrario, decepcionará a quienes lo votaron y manifestaron su repudio al gobierno de Peña Nieto y a los partidos tradicionales.

El mismo AMLO pone cada día la vara muy alta a su futuro gobierno. Al convocar a una cuarta transformación nacional, comparándose con la Independencia, la Reforma y la Revolución, se obliga a impulsar un cambio nacional profundo y entregar resultados espectaculares. Además, promete hacerlo en poco tiempo y con pocos recursos. Lo cual incrementa la posibilidad del desencanto si los resultados no llegan pronto o son insuficientes ante el tamaño de las promesas.

Un mes después de las elecciones, la dinámica y el discurso del equipo de transición dejan la impresión que el diseño del programa de gobierno corre en todas direcciones, provocando contradicciones, abriendo dudas sobre su viabilidad y generando expectativas que difícilmente van a cumplirse. La ansiedad de querer gobernar ya y de reinventar todo a su paso, los está llevando a realizar compromisos poco realistas y proyectar acciones cuyos beneficios no son del todo claros.

El diseño de un programa de gobierno coherente pasa por alcanzar un equilibrio entre la ambición justificada del cambio y una dosis importante de realismo, del reconocimiento de prioridades y los límites a lo que es posible lograr en el tiempo de un sexenio. Mientras más ambiguas y contradictorias sean las definiciones de política pública, mayores los problemas para su implementación y menos probable que puedan entregarse resultados efectivos.

Lo mejor que puede hacer el equipo de transición es hacer un alto en el camino, analizar con frialdad si los objetivos planteados son razonables en todos los casos, definir las verdaderas prioridades entre todas las buenas intenciones, contar los recursos que efectivamente tienen y decidir dónde deben colocarse, así como identificar con claridad los obstáculos heredados que pueden descarrilar su programa de trabajo. Su reto consiste en diseñar una agenda con acciones y metas medibles, verificables, reportables, fiscalizables y evaluables de acuerdo a su impacto. 

Una de las principales virtudes de AMLO ha sido su capacidad para apropiarse del discurso de la esperanza y cristalizarlo en un proyecto político y una agenda electoral. Su efectividad es indiscutible. Pero los ciudadanos que votaron por Morena como la esperanza de cambio en un país marcado por profundas desigualdades, roto por la violencia y la inseguridad, hundido en corrupción e ineptitud gubernamental, difícilmente quedarán satisfechos con más promesas o buenas intenciones.

El nuevo gobierno se enfrenta a la necesidad de convertir la invocación de la esperanza en un programa de gobierno coherente, en reformas institucionales e intervenciones a la política pública que permitan responder con mayor efectividad a los graves problemas nacionales. En pocas palabras, están obligados a pasar de la narrativa de la esperanza a la lógica de la responsabilidad política.

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