Juan Antonio Le Clercq

La transición de gobierno comenzó en forma vertiginosa solo unas horas después del triunfo de López Obrador. En 10 días hemos visto el encuentro entre el candidato ganador y el Presidente, la ratificación de algunos nombramientos previamente anunciados, la caída de Vasconcelos de la Cancillería, abrazos con empresarios, la definición de encuentros internacionales, la incorporación de Mondragón, así como infinidad declaraciones y nuevos compromisos. Lo ideal sería hacer un alto después de una campaña muy larga y desgastante, pero difícilmente lo permiten la dinámica política y las expectativas sociales generadas.

¿Para qué sirve una transición de gobierno? El proceso cumple por lo menos cinco funciones. En primer lugar, el equipo del candidato ganador y los funcionarios entran en contacto e intercambian información sobre el funcionamiento cotidiano de las secretarías de Estado y su agenda de trabajo. Si bien un nuevo gobierno implica ajustes en las prioridades e implementación de las políticas públicas, esto debe ocurrir en forma gradual y sin riesgo de parálisis en la toma de decisiones.

En segundo lugar, al presidente electo le sirve para medir la capacidad de sus colaboradores y realizar los ajustes necesarios para conformar su gabinete. En este periodo se evalúa si quienes participaron en la campaña tienen perfil para las responsabilidades públicas y se abre la puerta a otros liderazgos y perfiles más especializados. 

En tercer lugar, es un espacio para escuchar a voces de la sociedad civil, ponderar sus propuestas y construir alianzas. Es diferente discutir los problemas nacionales con los candidatos que con el presidente electo y con quienes potencialmente pueden encabezar una secretaría de Estado. En este sentido, y en cuarto lugar, también permite aterrizar y moderar las propuestas de campaña dando forma propiamente a un programa de gobierno desde lo que eran generalidades de la plataforma electoral. Finalmente, la transición debe permitir articular un discurso orientado a garantizar certidumbre a los ciudadanos y hacia aquellos actores que ven riesgos en la llegada al poder de un nuevo gobierno. 

Pero los procesos de transición también desgastan y alimentan incertidumbre. En estos periodos la agenda de cambio deja de ser una posibilidad abstracta y amenaza intereses económicos, políticos y burocráticos arraigados. En cuanto se conocen o intuyen futuros nombramientos, aumentan los incentivos para destruir carreras y provocar caídas. Por lo mismo, quienes creen que tienen posibilidades de recibir un nombramiento, aumentan su exposición mediática y declaraciones a la prensa para lucir imprescindibles. También se incrementa el oportunismo de quienes quieren subirse de último momento al carro del triunfo o las intrigas de aquellos que no quieren ser desplazados. 

En las primeras semanas después del triunfo, el equipo de gobierno deja la impresión de correr todas las direcciones a la vez, presentando nuevos compromisos y adelantando nombramientos incluso a nivel subsecretario. Se percibe más la continuación del espíritu de la campaña y no la prudencia mínima de quienes serán gobierno en cinco meses. El nuevo equipo de gobierno requiere ser cuidadoso en lo que será una muy larga transición, pues a pesar del gran bono democrático que cargan, pueden meterse en problemas innecesarios, generar expectativas poco realistas y desgastarse excesivamente antes de tiempo. Veremos cinco meses muy intensos, con muchas sorpresas y algunos sobresaltos, antes de la toma de posesión del nuevo gobierno.

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