Juan Antonio Le Clercq

El Sexto Informe de Gobierno de Enrique Peña Nieto será recordado como el inútil y lastimero intento por conseguir aplausos, un último despilfarro de recursos públicos para construir algo de credibilidad a través de la propaganda. Qué lejos queda la arrogancia de aquel “Saving Mexico”.

El espectáculo del Presidente recitando logros, reivindicando reformas, tratando de afirmar algo del liderazgo perdido para siempre en 2014. Apenas algún esbozo de autocrítica al reconocer “pendientes”, pero ningún intento real por rendir cuentas o asumir responsabilidades, todo sepultado de inmediato por la retórica autocelebratoria. Resulta especialmente penoso cuando lo que contemplamos es el cierre de un sexenio errático, marcado por omisiones, incompetencia y corrupción. 

El debate no va ahora sobre la efectividad de los resultados alcanzados, extraordinarios según dicen, algo que sólo se creen el Presidente y su equipo, sino sobre el lugar que ocupará en la historia, en el basurero de la historia, cerca muy cerca de personajes como Echeverría o López Portillo.

El juicio de los ciudadanos es lapidario. Sólo 11.2% aprueba la gestión de Peña Nieto, de acuerdo con la encuesta levantada por ejecentral. Ningún Presidente había terminado con niveles de aprobación tan bajos desde que hace la medición. Otras encuestas lo ubican en 18%. Pero 43% piensa que el principal acierto es “nada” y 46.5% no ve ningún tipo de avance en el país, más contundente sólo el resultado electoral del primero de julio.

A pesar de la calculada escenografía y el acartonado decorado oficial, del aplauso forzado de sus invitados especiales, las imágenes terminan por jugar una mala pasada a quien quiere convencernos de la grandeza de su legado. Vemos juntos en el presidium a Peña Nieto, Muñoz Ledo y Batres, todos muy serios y formales, asumiendo cada uno el sentido del tiempo e institucionalidad que les corresponde en el momento histórico. Mientras Peña Nieto recita sin descanso los logros y proezas de su gestión, los mismos argumentos y justificaciones de los spots con lo que nos ha bombardeado las últimas semanas, los líderes parlamentarios escuchan atentos, o simulan hacerlo, contando los días y las horas para comenzar el proceso de demolición de la cuarta transformación.

Cualquier balance de datos nos advierte el nivel de desastre en seguridad, violencia o respeto a los derechos humanos. La corrupción y la impunidad se han desbordado gracias a los nuevos métodos y redes desarrollados bajo el ojo tolerante, permisivo y cómplice de autoridades de todos los niveles de gobierno. Como cereza en el pastel quedamos más endeudados, enfrentando el riesgo de mayor inflación y menor crecimiento en el futuro inmediato. Celebremos con gusto señores.

Independientemente de filias y fobias, de simpatías o antipatías hacia el proyecto de Morena, necesitamos cerrar cuanto antes este capítulo negro de nuestra historia y arrancar el nuevo ciclo político con todo lo que traiga. Al país le urge que termine por irse este sexenio infame, pero todavía nos quedan tres meses de un gobierno inútil que no se va y uno ansioso que no empieza. Como si el país estuviera para perder el tiempo de esa forma.

El legado político, económico y social que recibe el nuevo gobierno no podría ser peor, un lastre demasiado pesado. Sin embargo, a pesar de la montaña de problemas que heredará López Obrador, a partir de diciembre comenzará a ser evaluado por la capacidad de su gobierno para enfrentar el desastre y dar resultados. Y eso lo obliga a pasar cuanto antes del discurso de esperanza a la lógica política de la responsabilidad en la toma de decisiones.

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