Juan Antonio Le Clercq

Termina una transición muy larga, demasiado prolongada e intensa. Periodo marcado por la ansiedad de quienes quieren gobernar lo más pronto posible y por el abandono político de quienes son formalmente gobierno, pero dejaron de serlo hace mucho tiempo.

Acaba un sexenio podrido por la violencia, la corrupción y la ineptitud. Peña Nieto alcanza niveles de desaprobación superiores a 75% y va directo al basurero de la historia nacional, lugar que se ganó a pulso. López Obrador inicia finalmente la Presidencia que ha perseguido por más de una década, generando grandes expectativas de cambio, al igual que incertidumbre sobre sus decisiones y estilo personal de gobernar.

Entre los distintos factores que van a condicionar el desempeño del próximo gobierno, dos me parecen centrales: la forma y grado en que se implementen los proyectos y la capacidad para entregar resultados medibles y verificables.

Un primer escenario supone una implementación efectiva y resultados visibles. Esto implica un Presidente capaz de acotar y poner en marcha su agenda prioritaria, ponderar consecuencias en términos costo-beneficio, al igual que construir acuerdos y evitar conflictos innecesarios con actores políticos, económicos y sociales opositores. La traducción del programa de gobierno en resultados consolidaría el apoyo social en torno al Presidente, lo que, sin embargo, sería visto con recelo por los partidos de oposición.

El segundo escenario consiste en la implementación del programa, pero sin que lleguen los resultados prometidos. Si bien se pone en marcha la agenda de gobierno, esto ocurre
en forma desigual, con conflictos políticos y sociales de por medio y con retrasos importantes como resultado de decisiones mal planeadas y peor implementadas. Ante la gravedad de problemas como la inseguridad o las expectativas de cambios generadas, el gobierno pagaría con desaprobación el exceso de ambición, la ansiedad por correr en todas las direcciones a la vez y la poca capacidad para construir acuerdos. Esto nos arrojaría a un contexto político caracterizado por desencanto social e intercambio de acusacio-
nes entre gobierno y oposición ante la falta de resultados.

El tercer escenario supone parálisis de gobierno, conflicto político álgido y alta incertidumbre económica ante la incapacidad del gobierno para implementar su agenda y conseguir resultados. Este caso representa el peor escenario y nos llevaría a fuertes conflictos sociales, violencia y un deterioro creciente en la situación política, económica y social del país. De igual forma, provocaría un círculo vicioso en la toma de decisiones, mayor tendencia al voluntarismo y frustración en el gobierno ante la imposibilidad de traducir sus compromisos en acciones.

El último escenario implica que hay resultados o que al menos no se agudizan los problemas económicos y sociales a pesar de que no se implementa el programa de gobierno. Esto supondría que el gobierno queda atrapado por la inercia de las políticas públicas y a pesar de que algunos sus programas se echan a andar, no son relevantes o no tienen mayor impacto. Este me parece el menos probable de los escenarios.

Cualquiera de éstos ejemplifica la complejidad del momento que atraviesa el país y los retos que enfrenta el nuevo gobierno, a los cuales hay que añadir el legado de descomposición social, violencia y corrupción que deja Peña Nieto. México inicia un nuevo periodo en su historia política, de eso no cabe duda. Arranca un proyecto que promete una transformación de dimensiones históricas y que en consecuencia ha generado expectativas muy altas y compromisos difíciles de cumplir. El tiempo dirá.

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