Juan Antonio Le Clercq

Cuando se anunció que Canadá, Estados Unidos y México organizarían el Mundial 2026, la relación trilateral parecía entrar en una luna de miel. Trudeau, calificado como débil por Trump solo días antes, celebró la noticia y el trabajo de todos los involucrados. Trump festinó la decisión y agradeció en especial los reconocimientos a su trabajo personal: “Trabajé duro en esto junto con un gran equipo de gente talentosa”.

Peña Nieto no se quedó atrás: “¡Ganamos! Norteamérica será sede del Mundial 2026!”, lo que fue acompañado de un video que resaltaba la calidez y hospitalidad de los mexicanos, la calidad de nuestras playas, pueblos mágicos, infraestructura, tradiciones, gastronomía y hasta nuestro gusto por la vida. Todo rematado por “…también el futbol sabe que Canadá, Estados Unidos y México estamos profundamente unidos”.

Nuestro presidente ya había señalado antes que a pesar de nuestras diferencias “el futbol nos une”. Asombrosa capacidad del futbol para fomentar unidad, pues al parecer permite superar los insultos, descalificaciones, amenazas, aranceles unilaterales, discurso de odio, persecución y violaciones a los derechos humanos.

Pero en medio de la celebración, del otro lado de la frontera tiene lugar una persecución de personas propia de la Alemania nazi. Vemos con horror la implementación de una política migratoria con tintes racistas, que no respeta derechos humanos y que separa a miles de niños de sus familias, sometiéndolos además a formas de retención humillantes. Al final resulta que el futbol no nos une tanto.

La capacidad de nuestros consulados se encuentra seguramente desbordada para contener los efectos de una política migratoria de tolerancia cero. Pero para no variar, mientras en México y en el extranjero crecía el repudio ante estas acciones, nuestro gobierno ha respondido tarde y con una conferencia de prensa que ha pecado de prudente dada la gravedad de los hechos. Aunque tampoco de lo dicho al respecto por nuestros candidatos hay mucho que rescatar. Que no fueran goles de la Selección, porque entonces veríamos un posicionamiento inmediato. Hasta Melania Trump reaccionó en forma más oportuna para poner en duda la dimensión ética de una política dirigida a separar familias.

Vivimos una crisis grave en nuestra relación bilateral y nuestro gobierno es el último en entenderlo. Ni todos los clichés sobre la fiesta del futbol o la hermandad de los pueblos alrededor del balón cambiarán el desprecio que siente Trump por México o van a detener la xenofobia que promueve en contra de los mexicanos. Lo que nos urge es una política exterior más congruente y enérgica, que se distancie de las omisiones y dislates de este sexenio.

A Trump le importa poco el sufrimiento de millones de personas con tal de quedar bien con sus bases radicales y eso no va a cambiar. Eso nos obliga a pensar seriamente la colaboración que queremos con Estados Unidos en el futuro. En este contexto, ¿por qué queremos organizar un Mundial con quien desprecia a México y persigue mexicanos?, ¿tiene sentido coorganizar un Mundial luego de observar la crueldad a la que está dispuesto nuestro vecino?

Renunciar al Mundial no será muy popular en plena efervescencia futbolera, ni tampoco gustará a quienes piensan en grandes negocios gracias a la Copa del Mundo. ¿Pero entonces preferimos aceptar el rol de piñata de Trump y renunciar a nuestra dignidad a cambio de diez partidos de un Mundial? Llegó el momento de debatir seriamente qué significa y qué estamos dispuestos a hacer en defensa de nuestra dignidad y la de nuestros connacionales.

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