J. S Zolliker

Una de las reglas básicas para hacerse del poder absoluto de un país reside en destruir, primeramente, sus instituciones más sólidas, más fuertes, más aceptadas y admiradas por el pueblo. Por ejemplo: dominas a los bomberos y sometes al contingente de personas que los apoyan. Lo mismo pasa con el poder legislativo. Eso lo necesitas para hacer lo que te venga en gana con las leyes. 

Ya controlamos lo anterior. No hay un legislador que pueda oponérsenos. Ya nos pertenecen y sólo necesitamos ponerles en el redil: dirigirles, guiarles y acompañarles hacia su mejor destino que somos nosotros mismos. Necesitamos valientes de nuestro lado para lo que nos convenga. Que argumenten bien para que nos ayuden para avasallar lo que estorbe…

¿Qué sigue? Lo complejo. Ahora nos toca desmembrar al ejército y al poder judicial. Son los resistentes; los supervivientes. ¿Cómo? Al ejército lo llenaremos de plata, al Poder Judicial lo vaciaremos centavo por centavo. 

Para dominar al poder militar, necesitas tenerlos comiendo de la palma de tu mano. Es posible. Si conoces la forma, conoces el método. Esto es lo más complicado, porque debes tenerlos medianamente contentos (con la panza llena de pan o con la bolsa del pantalón llena de dinero), mientras haces que grupúsculos de delincuentes los odien, los demeriten, los insulten, los humillen. Así, el pueblo seguirá defendiendo a la institución y terminarán exigiendo que se impongan por la fuerza. A balazos la gente los implorará. 

El Poder Judicial es otro tema porque está en camino a desmoronarse, ya. Es lo que más se ha debilitado con los años, con la falta de presupuesto, con la falta de preparación y con la gran cantidad de impunidad. La gente no confía ya. Los detestan y los jefes son tan ensimismados, moral y académicamente que nunca se darán cuenta de que los estamos llevando hacia su propio matadero. 

Lo más simple para destruirlos es nombrar una docena de casos famosos donde los culpables han quedado libres. Casos fuertes. Reconocidos. Recalcar que es por su culpa y por su falta de pericia que vivimos en total #IMPUNIDAD. Y entonces, el pueblo creerá que necesitan cambiarlos a todos. Echar abajo a todo el sistema. Quizás por votos. Quizás seleccionar a los que, como Poncio Pilatos, condenen a muerte en plaza pública a voto de mano alzada. Para lograrlo sÓlo necesitamos periódicos y medios de comunicación. 

Liberen, pues, a los peces gordos. A los que son a todas vistas culpables para que el pueblo impute su falta de castigo, al Poder Judicial que no funciona; que lo llamen inepto, que a los jueces los califiquen de inútiles, de insectos putrefactos al servicio del que es más rico. Entonces lograremos nuestro objetivo: que el pueblo pida, ruegue y suplique que se erija  un poder único, inigualable, extraordinario para que meta orden y que condene sin juicio al que parezca ladrón, para que castre al que tenga cara de violador y, finalmente, para que se imponga por la fuerza para lograr paz, orden y progreso. Para lograrlo sólo habrá un camino: un poder incuestionable, encabezado por un caudillo. Esperemos que no suceda un atentado mayor –y muy escandaloso– para que el pueblo me otorgue poderes extraordinarios e incuestionables. Nuestra lucha lo requiere, aunque yo no lo quisiese.  Saludos, querido Dietrich.

—Adolf.  

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