J. S Zolliker

El ambiente olía al mejor steak que se había preparado jamás en tan republicana, austera y revolucionaria casa. El origen podría ser humilde, pero a los invitados de honor se les preparaba un par de filetes de res muy bien cocidos y condimentados con mucha salsa cátsup para poder comerlos entre dos bollos de pan, si los comensales así lo deseasen. 

Él es una persona de gustos horribles, dijeron. Es importante tener papilas gustativas desgastadas que se adapten a todo y que puedan aquí y allá comer lo que sea necesario sin hacer gestos, porque ese vecino era socio de negocios y quien les solicitó ser el encargado de la administración del fraccionamiento donde viven para, incluso, cuidarles las bardas de su propiedad. 

Es cierto, el colindante es algo extraño. No cae bien en primera instancia y muchos lo describirían como un bully, pero es alguien con quien conviene mantener relaciones cordiales. Entonces le haces su asquerosa comida favorita y le dejas la casa preparada al gusto para que todo fluya, pues quieres que al final de todo, él y los vecinos empresarios que representa compren algunos de tus productos para sus grandes flotillas de autos, camiones y un montón de otras cosas. 

En fin, para no ir mas lejos, llegó el desagradable vecino con su esposa —despampanante— a tu casa. Su loción con aroma a naranja iba viciando el ambiente como si esa peste otorgara cierta clase, cierto nivel social que sólo alcanza a muy pocos, y se portó algo grosero. Así que, en lugar de ir a la sala a tomar un coctel, tal y como lo solicitó, se fueron directo al comedor.

Al poco tiempo a nuestro no tan estimado huésped se le cayó la tapa de la botella de cristal de cátsup y nuestro dueño de la casa, estimado anfitrión, se agachó a recogerla. Terminó debajo de la mesa y se encontró de pronto a los pies de la mujer del vecino. Ella, sin tapujos, abrió las piernas para mostrarle que no traía ropa interior y nuestro hombre, sorprendido, pero sin hacer caras, volvió a sentarse en su lugar en completa seriedad.

Las palabras fueron y vinieron —se negociaron cosas importantes— y digamos, pasaron una velada aceptable. Pero al despedirse, la esposa del invitado le dijo a nuestro huésped al oído: “si quieres mucho más de lo que viste, trae mil dólares a mi casa mañana a mediodía”.

Así lo hizo y se la pasó de maravilla. Hizo de todo lo que quería. Sonriente y sumamente satisfecho, dejó en la mesa del comedor los mil dólares acordados. 

Al poco rato llegó el marido-vecino gringo que vio los mil dólares sobre la mesa del comedor y entonces comenzó a cuestionar a la esposa:

—¿De dónde salieron esos mil dólares?

—No lo sé —contestó ella con temor de que su esposo la hubiese descubierto.

—¿Los habrá traído el vecino mexicano?

—¡Sí, él mismo! —respondió ella, desviando la mirada y con un enorme nerviosismo, rayando en el pánico. —¿Por qué? —preguntó con terror. 

—¡Vaya —respondió el marido. —¡Qué alivio! Cuando fue a la oficina a pedirme mil dólares prestados y me dijo que luego los dejaba en mi casa, pensé que nos chingaría, pero veo que el foquin cabraun, es de palabra. Se ganó mi voto de confianza. #GadBlesJim. 

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