Rebeca Pal

Llevo dos años intentando escribir una novela. La idea me surgió cuando tenía veintiún años, pero fue hasta los treinta que decidí inscribirme al curso de Novela de la Escuela de Escritores, para darle forma. Llegué con el pecho hinchado, el mentón en alto y presenté mi proyecto. A pesar de no tener conocimiento sobre los recursos literarios que se necesitan para elaborar una novela, me senté durante siete meses a escribir lo que sería mi obra maestra, ganadora del Premio Nobel. A pesar de los “peros” con los que me iba enfrentando, defendí mi idea y mi historia a capa y a espada. Comencé a llevar a la escuela fragmentos, por así decirlo, de lo que tenía escrito. Los leía con orgullo, sin embargo, no veía que mis compañeros ni que la profesara reaccionaran como yo esperaba. Al final recibía un “falta tensión”, “no tienes una historia clara”, “pero por qué esto”, “tu personaje no tiene un motivo claro ni evoluciona con la trama”.

En lugar de escucharlos y tener la humildad para comprender que mi proyecto no tenía una estructura, decidí ignorarlos y seguir escribiendo. Lo hice hasta que tuve que parar, porque me metí en un laberinto con Minotauro y sin salidas. Me quedé con una historia sin cabeza, que me provocó una frustración terrible y una tristeza que me hizo pensar en desistir y mandarlo todo por el desagüe. Llegué a la escuela y sólo pude decir: “Todo está mal y no sé qué hacer”.  Me ayudaron a ver los errores que mi proyecto tenía y las posibles soluciones. Y sí, dijeron lo que no quería escuchar, me dijeron que lo reescribiera, que quitara todo lo que no le da vida a la historia, por muy correcto que quedara ante mis ojos. Como perro, con la cola entre las patas, regresé a mi casa para enfrentarme con la hoja en blanco. Meses más tarde volví a presentar la primera parte de mi proyecto, el resultado fue muy diferente al de la primera vez. Me hubiera encantado resolver el conflicto desde el principio, pero mi orgullo se antepuso a ello. Ahora que lo miro desde otro ángulo, me arrepiento de haber perdido tanto tiempo por estar aferrada a esta emoción, que se convirtió en una barrera hasta para mi bienestar emocional.

El orgullo es una emoción determinada por factores y valores sociales aprendidos, con una doble vertiente: positiva y negativa. El lado positivo refuerza nuestra autoestima, mientras que el lado negativo alimenta nuestra arrogancia y vanidad, lo que nos conduce a una inestabilidad emocional. El orgullo excesivo llega a bloquear nuestras ideas e impide que empaticemos con los demás. Al encerramos en nuestras barreras dejamos de crecer a nivel psicológico, social y emocional.

Hoy quiero compartir esta historia con ustedes porque estoy segura que, como yo, millones de personas se aferran por orgullo a proyectos, situaciones, personas y/o trabajos que les provocan un vacío en sus vidas y les inyectan una dosis diaria de frustración.

Puede ser un ejemplo algo estúpido, pero es como cuando queremos ir al baño, pero por alguna razón tenemos que aguantar las ganas de orinar. El malestar es persistente y hasta que no pasemos al baño, no sentiremos alivio. Hasta exhalamos un “ay” cuando por fin lo hacemos.

En mis treinta y dos años de vida he pagado de diferentes formas por haber sido orgullosa en determinados momentos, y esta vez lo pagué con el recurso más importante que tengo: mi tiempo. Mi orgullo por querer tener la razón, me hizo pagar con siete meses de vida. Hoy, que estoy reescribiendo mi proyecto, lo hago con un “ay” y con menos peso en los hombros.

“A ojos del infinito, todo orgullo no es más que polvo y ceniza” Leon Tolstoi.

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