Rebeca Pal

Cuando lean esto yo ya no tendré treinta y un años, porque lo leerán después del veintiocho de noviembre. Me miro en el espejo. ¿Cambiará algo? He leído que la edad es como el humo que se escapa por una ventana hasta desaparecer. Pero no me identifico con este pensamiento, porque yo no soy humo. Hoy, todavía, sigo siendo vida.

Sigo sin entender la edad, los número no me gustan. No creo que exista un año o una edad que simbolice el equilibrio perfecto, son sólo fases distintas. La juventud no tiene la sabiduría de la madurez, pero la madurez no tiene la vitalidad que posee la juventud. Yo ya no cuento mi edad, sólo los sueños que he realizado. Ese es mi mejor número.

Cuando cumpla los treinta y dos, quiero aprender a dejar de cortarme las alas, porque eso es lo que más envejece. Es un radical libre que nos agrieta el alma y el cuerpo lo refleja; uno envejece por dentro, no por fuera. No, no creo que sea una tragedia cumplir años, tener arrugas, canas y algunos kilos de más o de menos, la tragedia es una vida no vivida. Quiero lograr la serenidad a la que hacía referencia Friedrich Nietzsche: “La madurez del hombre es haber recobrado la serenidad con la que jugábamos cuando éramos niños”.

Leí que a partir de los veintidós años empezamos a envejecer. Lo que significa que más de la mitad de nuestras vidas la pasamos envejeciendo (o madurando, dependiendo cómo se quiera ver). Nuestra biología nos prepara para sacar lo mejor de cada etapa que vayamos viviendo. Creo que cumplir años nos enseña a vivir la vida de otra forma.

Lo que desmantela nuestra vida no son los años, son los daños, es por eso que los miedos hay que mirarlos de frente.

Hablando de miedos, mañana, que todavía tendré treinta y un años, haré algo que me da pánico hacer en público. Cantar. Tomaré una clase de canto y lo haré por dos cosas: la primera para burlarme de mí misma, y la segunda para burlarme de mis miedos. Eso, lectores y lectoras, es lo que nos hace mantenernos jóvenes, conservar la capacidad de reírse de uno mismo, y nunca perder el asombro hasta de las cosas más sencillas. El día que este mundo me deje de sorprender, sabré que habré muerto.

No, no me asusta que la vida se me vaya, porque sé que se me va a ir, sólo es cuestión de tiempo. Lo que me asusta, a veces, es que le vida sigue adelante y yo me quedo atrás.

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