Rebeca Pal

Este fin de semana tuve una experiencia que me hizo reflexionar sobre los cambios que sufre el planeta, y en lo afortunada que me siento por poder contarlo sin ningún rasguño.

Se acercaban las fiestas del Pilar en España, y mi esposo y yo decimos desconectar e ir a Coimbra, Portugal. Encontré una promoción que no quise dejar pasar por alto, y menos porque Coimbra está cerca de Oporto. En un fin de semana visitaríamos dos ciudades diferentes.

El sábado por la mañana fuimos a visitar un museo y las ruinas romanas de Coimbra, después nos subimos al coche y fuimos directo a Oporto. Una vez que llegamos ahí, comimos y caminamos por toda la ciudad. Vimos que el cielo se nubló y el viento era persistente, pero nada que nos preocupara, llevábamos paraguas. La madre de mi esposo lo llamó para decirle que en las noticias estaban avisando que, según el Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos y la Agencia Estatal de Meteorología española, el huracán Leslie (después convertido en tormenta tropical) entraría por Figueira da Foz, a unos 200 kilómetros al norte de Lisboa. Pero no nos preocupamos, Lisboa no está cerca así que la tormenta tampoco…, qué ilusos.

De regreso por la carretera notamos que el viento movía el coche, como si un gigante invisible nos diera constantes y fuertes empujones. Viento, sólo era eso, pero no. El gigante invisible empezó a tirar los árboles que nos rodeaban y vimos cómo un espectacular voló por el aire, como si fuera de papel. Troncos enormes con raíces gruesas fueron arrancados del suelo, y algunos techos, inevitablemente, se derrumbaron. Se fue la luz y ante la caída de dos árboles que atravesaron la autopista, y el esfuerzo constante pero sin resultado de los bomberos, pensamos que jamás llegaríamos a Coimbra. Más de dos horas después, el gigante invisible nos dejó llegar al hotel, pero no sin hacernos ver sus destrozos. Los tejados cayeron, afilados por la gravedad, sobre los coches, abollándolos y rompiendo los parabrisas. Había hojas por doquier, un árbol que al caer tapó una de las entradas al estacionamiento del hotel y un ambiente lleno de miedo e incertidumbre.

Al día siguiente nos enteramos que fue la peor tempestad que ha azotado Portugal desde 1842, con vientos de hasta 176 kilómetros por hora. Se cancelaron 29 vuelos en los aeropuertos de Lisboa y Madeira, y otros 12 en Oporto. La fuerza con la que llegó a Portugal, obligó a que se cortara el suministro eléctrico de más de quince mil viviendas. El distrito más afectado fue el de Coimbra, después el distrito de Leira y las afueras de Lisboa.

Mientras desayunábamos, dos familias que iban con niños, comentaban lo difícil que fue calmarlos por todo el ruido que los destrozos produjeron. He de decir que ellos, por fortuna, se encontraban en la habitación del hotel cuando lo peor estaba ocurriendo. Lo que me molestó fue que una de las madres dijo: “¿Qué planeta les espera a nuestros hijos? El comentario me irritó porque la pregunta debería ser, ¿qué hijos le estamos dejando al planeta?

El lunes supe que Leslie pasó por España y llegó al sur de Francia, provocando destrozos materiales y, por desgracia, pérdidas humanas. Confirmaron que las tormentas ahora serán más constantes debido al cambio climático. Bueno…, hasta Donald Trump ya confesó que empieza a creer en él.

Yo no creo que el cambio climático sea una mentira y no, no está en mis manos la solución, sin embargo, creo que pequeños pero importantes cambios que hago en casa y en mis hábitos, pueden llegar a generar una diferencia. Los gobiernos no nos van a reponer lo perdido, ya lo hemos visto con el terremoto del pasado 19 de septiembre, varios afectados siguen sin casa.

Espero que no olvidemos y que actuemos antes de que sea tarde, porque la naturaleza no olvida y la factura a pagar llegará.

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