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Luis Alfredo Pérez

La semana pasada hablé del Museo Van Gogh en Ámsterdam. A tiro de piedra está el Rijksmuseum (Museo del Reino), cuya gran estrella es Rembrandt; si este es de por sí el museo más visitado de Holanda, en las últimas semana las filas son más largas.

La culpa la tiene la exposición temporal “Late Rembrandt” (algo así como “Rembrandt Tardío”) que muestra poco más de cien obras del gran maestro holandés, incluyendo pinturas, grabados y dibujos. Cuando la exposición termine, a mediados de mayo, estas obras volverán a desperdigarse en museos y colecciones privadas por todo el mundo, así que la exposición entra en la categoría de Evento Cultural del Año.

¿Por que? Ver en una sola sesión ese volumen de obras de un mismo autor permite advertir patrones, percibir su arte, y atisbar su universo mental.

La carrera de Rembrandt es en muchos sentidos opuesta a la de Van Gogh. Pintó durante toda su vida y murió a avanzada edad; disfrutó éxito profesional desde joven y se hizo millonario. Pero su vida tampoco fue fácil, especialmente en su tercera y última parte. Cayó en bancarrota y tuvo relaciones amorosas complicadas; su hijo falleció a los pocos meses de casado; y por imposible que ahora nos parezca, muchas de sus obras eran cuestionadas y rechazadas por quienes las comisionaban.

En la exposición se aprecia cómo Rembrandt perdió en su madurez el interés en la perfección y el detalle que tuvo durante sus años de juventud; ya no necesitaba hacerse un nombre ni quería impresionar con su extraordinario nivel técnico. Ahora estaba enfocado en sobrevivir, y empujar sus propios límites como pintor.

Una y otra vez, sus obras muestran que no sólo no le importaban las convenciones del arte de su época, sino que las rompía constante y conscientemente. Pero Rembrandt no era un enfant terrible. No buscaba escandalizar, ni hacerse notar, ni entablar polémicas por el gusto de hacerlo. ¿Entonces por qué, si tenía serios problemas financieros, no se limitó a hacer los cuadros tal y como se los pedían quienes los comisionaban, siguiendo las convenciones de la época?

¿Por qué no se hizo la vida fácil?

La razón es sencilla: pintar y dibujar eran su manera de estar en el mundo. ¿Por qué tenía que aceptar que otros le dijeran lo que era “digno” de ser pintado y lo que no? ¿Por qué tenía que seguir las reglas establecidas sobre composición y técnica, por encima de la mejor manera en que él creía debía capturarse un tema? ¿Por qué no buscar innovaciones, por heréticas que resultaran a los demás?

Todo esto puede leerse en libros y en internet, aprenderse y discutirse en clases de arte. Pero ver la obra en directo eleva esta información a una dimensión diferente.

Fui al museo decidido a comprar el catálogo al final, porque en los próximos años querré recordar todas las obras de Rembrandt que vi bajo el mismo techo. Pero al salir de la exposición, con la cabeza todavía dándome vueltas, le eché un vistazo –– y lo cerré de inmediato: no quería que las fotografías se sobreimpusieran a las imágenes que mi mente había capturado de las obras originales.

Para nuestra desgracia, sigue sin existir una manera de capturar la belleza de una pintura. La densidad de los trazos, el tono de los colores, las capas de pintura –– no hay manera de reproducirlo. Y cuando uno pasa tres o cuatro horas expuesto a ello, mirando una obra tras otra, dejando que se acumule la percepción, comprende cosas que no las palabras alcanzan a explicar.

Dos días más tarde, debo reconocerlo, volví al museo para comprar el catálogo; pero sigo sin abrirlo. Aún tengo en mi interior la sensación que da mirar las obras de Rembrandt a medio metro de distancia.

Twitter: @luisalfredops

www.librosllamanlibros.com

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