Alejandro Alemán

Alejandro Alemán

Rápidos y Furiosos 8 comienza en el lugar más improbable: la isla de Cuba. La pregunta es obvia, ¿cómo hacer arrancones en un país donde el auto más rápido es de los años 50?

En esta saga esas minucias no importan, aquí las leyes de la física tienen un No Circula permanente. Toretto (Vin Diesel) ayuda a un pariente en una disputa sobre una deuda no pagada; nada que no se arregle, claro, con una carrera de autos. Dom tunea una vieja carcacha de la era Batista y corre a gran velocidad por el Malecón. La foto del Ché Guevara es testigo del triunfo arrasador de Toretto mientras los niños de toda la isla corren a abrazarlo, cual si fuera héroe de la revolución. Ni Castro en sus sueños más delirantes hubiera pensado un recibimiento así.

Nunca antes había visto una película de la saga Rápidos y Furiosos pero, si el resto de la película sigue así, entonces igual y esto vale la pena.

Mi optimismo se esfuma rápidamente. Lo que sigue es el doble de tonto, el triple de predecible y ni la mitad de divertido. Una hacker llamada Cipher (hasta el nombre es un cliché), interpretada por Charlize Theron, pone en jaque a Toretto y este tiene que traicionar a “su familia”. No sabía que los otros personajes eran su familia, ahora entiendo: su calvicie no es moda, es herencia genética.

Ésta hacker hace lo que todos los hackers hacen en las películas: ver fijamente una pantalla y tundir el teclado. ¿Cuántas veces hemos visto esto antes? Con su computadora mágica, Cypher puede controlarlo todo (como en aquel clásico de los 90, The Net) por lo que en una secuencia, absolutamente demencial, hace que todos los autos de Nueva York se manejen solos y persigan a The Rock. Hasta parece homenaje a la escena de la jauría en White Dog (Mundruczó, 2014) pero dudo que los guionistas estuvieran pensando en aquella cinta al armar esta secuencia.

Es más, no parece que haya guionistas, esto debe ser controlado por niños jugando a los carritos, sólo así se explica la lluvia de autos en Manhattan (si, sucede), los torpes diálogos llenos de testosterona o la improbable secuencia donde todos en sus carros persiguen (?) a un submarino nuclear (!). Tomen eso.

Así que de esto se trataba Rápido y Furioso, no sólo eran autos, moda y rock, se trataba de agarrar a puñetazos a la lógica, de abrazar el sinsentido, de hacer stunts de CGI encima de un guión básico y terminar todo cual serie de tv: con risas y una comida en la azotea.

Como les dije, es la primera vez que veo una película de Rápidos y Furiosos. Con un poco de suerte será la última.

Compartir