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25 de mayo de 2017 | 9:24 am

Trump, presidente posimperial

Mauricio Gonzalez Lara | 1 de diciembre de 2016

PERDIDO EN EL SIGLO | La columna de Mauricio González Lara

El 15 de marzo de 2011, Bret Easton Ellis, autor de las novelas Sicópata americano, Lunar Park y Menos que cero, publicó el ensayo Notes on Charlie Sheen and the End of Empire, pieza que reflexionaba a partir de los desfiguros públicos del actor Charlie Sheen sobre el extraño momento cultural por el que atravesaba la Unión Americana. La tesis de Ellis era que la nación estadounidense habitaba ya las ruinas de su imperio, tal y como los británicos lo hicieron en el siglo xix. Como resultado, la cultura se caracterizaba por la emergencia de una nueva actitud bravucona e indolente, en las antípodas de la moral sólida que tendía a asociarse con el alma estadounidense. En este nuevo mundo posimperial, no importaba qué tan bajo pudiera caer alguien, siempre y cuando se mantuviera famoso. El mundo imperial se centraba en valores tradicionales como integridad, honestidad y verdad; el mundo post imperial, en cambio, abrazaba el exhibicionismo, el descaro y la arrogancia cínica. El héroe imperial no era un santo –se esperaba, incluso, que cometiera algunos pecados-, pero su camino debía derivar en la contrición si deseaba ser aceptado por una sociedad obsesionada con el deber ser; el héroe posimperial basa su influencia en el desparpajo con el que expresa lo poco que le importa lo que los demás piensen de él. El ídolo posimperial habita un mundo donde todo es susceptible de ser entrecomillado como un gesto burlón. La verdad no importa mucho. Bruce Springsteen, Sean Penn y The New York Times son “imperiales”; Kanye West, James Franco y Breitbart, por el contrario, son posimperiales.

 

Los Clinton son la quintaesencia del imperio (repletos de fallas, sí, pero de enorme solvencia intelectual y siempre dispuestos a pedir perdón); Donald Trump, qué duda cabe, es el primer presidente posimperial de Estados Unidos.

 

Pese a lo que se pudiera pensar a primera vista, no hay una ponderación ética (o incluso estética) de Ellis respecto a qué mundo es mejor o peor. El autor detesta la hipocresía del universo imperial del deber ser y algunos estándares de corrección política, pero también reconoce la validez de anhelar la clase de oficio y conocimiento que antes estaba vinculado a la idea de ser exitoso. Basados en las ideas de Gore Vidal, el célebre autor de Myra Breckinridge, los apuntes de Ellis vienen a cuento porque hace unos días el diccionario Oxford seleccionó al término “posverdad” como la palabra del año. El criterio de la selección: como consecuencia de la campaña electoral estadounidense, la palabra fue una de las más usadas durante los últimos doce meses. Una búsqueda en Google arroja varios millones de resultados que utilizan el término, incluido el artículo de portada de la revista The Economist sobre la naturaleza posimperial de Donald Trump: La política de la posverdad: el arte de la mentira (septiembre, 2016).

 

De acuerdo con el diccionario Oxford, la posverdad se refiere a “circunstancias en las que los hechos objetivos tienen menor influencia en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”; es decir, el individuo se guía más por la simpatía y la emoción que por los hechos, a los cuales no parece darles importancia. Las personas en la posverdad no se conectan a los medios para informarse, sino para reafirmar opiniones y prejuicios. Aunque se viviera en la mentira, en el imperio la verdad era un ideal a alcanzar; en el posimperio, la autenticidad radica en desconocer la verdad e imponer la visión de la tribu, de forma inescrupulosa e intolerante, aunque esto implique la división y el encono. Vivimos todo un cambio de época.