Oscar Moha

El matrimonio de los Orozco (Alejandro y Rosa María) trató siempre de hacerse pasar ante Felipe Calderón Hinojosa como los “líderes nacionales” de los grupos evangélicos más importantes del país cuando el panista era candidato presidencial. Luego de la toma de posesión, ellos se encargaron de seleccionar a los Ministros de Culto que podían hablar en las contadas reuniones que tuvieron en Los Pinos con él. Empezaba así el sexenio donde también los dirigentes evangélicos fueron utilizados para aplaudir sin cuestionar las ocurrencias de quien “Dios había puesto para gobernar el país”.

En 2007, la llegada de otro panista a la Presidencia de la República causaba incertidumbre en el gremio pastoral. La experiencia con Vicente Fox Quezada no había sido buena, pero a Calderón le dieron el beneficio de la duda, lo cual resultó decepcionante a decir de gran parte de los líderes denominacionales. Y es que los Orozco escogieron a pastores de mentalidad pro vida para buscarles también privilegios que otros no podrían aspirar por su preferencia política contraria al conservadurismo extremo. Así que poco a poco los presbiterianos, metodistas, bautistas, nazarenos y de otras confesiones decidieron pintar su raya. Calderón citó varias veces pasajes bíblicos en eventos públicos, y a pesar de ello sólo al principio de su mandato ilusionó a unos cuantos protestantes que lo escucharon en reuniones donde los Orozco le hicieron aparecer como “cristiano en formación”.

Rosi y Alejandro disfrutaron del poder que hoy pretende usufructuar -vía presidencial- el dirigente de la Confraternidad Nacional de Iglesias Cristianas Evangélicas, Arturo Farela Gutiérrez. A ella la hicieron diputada federal por el Partido Acción Nacional sin ser panista y a su cónyuge lo pusieron a dirigir el Instituto Nacional para los Adultos Mayores sin tener experiencia alguna en el ramo. El mismo Calderón sacó de la jugada a Hugo Eric Flores, quien también habría sido parte de la “simulación evangélica”, pues hicieron creer al matrimonio Calderón que ellos tres eran representantes natos de las Iglesias Cristianas a nivel nacional. El dirigente nacional del extinto Partido Encuentro Social fue Oficial Mayor de la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales un lapso breve y después lo inhabilitaron todo el sexenio. Le fincaron responsabilidades administrativas por pretender exhibir como corrupto a un amigo del Presidente llamado Juan Rafael Elvira Quezada, que todo el sexenio calderonista fue el titular de esa dependencia. Los Orozco y Hugo estaban en esos cargos para disimular la corrupción, no para denunciarla.

Luego vino el sexenio de Enrique Peña Nieto, a quien la relación con Iglesias no Católicas le tenían sin cuidado. A los pastores siempre los pasó por la puerta trasera de Los Pinos no sin antes advertirles que todo acuerdo sería secreto, para que no hablaran con los medios. Los ministros le creyeron, así que casi nada aparecía en la prensa al día siguiente.

Hoy los papeles se cambiaron: el Presidente Andrés Manuel López Obrador hace creer a la sociedad que los evangélicos tienen un líder llamado Arturo Farela Gutiérrez, quien de manera astuta ha dejado pasar el cumplido y no desmiente porque se asume como vocero de todas las Iglesias Evangélicas del país, aunque sus deseos personales sean antagónicos a lo que en realidad los pastores necesitan. Farela abandera una cruzada conservadora que se puede usar como base de control político al interior de las congregaciones evangélicas. El pastor hace las funciones de protector eclesial en zona política del Presidente con la esperanza de que sus más de 70 mil colegas en la República siguieran el mismo ejemplo, pero hasta hoy con un resultado adverso.

Quizá el Jefe del Ejecutivo escogió a Farela por su aparente corporativismo pentecostal, pues finge un liderazgo que sería muy rentable para justificar moralmente los desaciertos del sexenio. Sería como un pacto no escrito: el pastor puede explotar personalmente su pregonada amistad con el Presidente para fines económico-religiosos y el Ejecutivo usa la persona del pastor para justificar la inclusión y moralidad que deberían caracterizar este sexenio. Para ello lo invita a Palacio, le permite el uso del micrófon en eventos oficiales, le agenda entrevistas con funcionarios, a cambio de algunas plazas en la nómina oficial. Aunque Farela no tiene el tamaño para hacer contrapeso al clero católico, puede fungir como escudo de medio blindaje, al fin sabe con exactitud que será usado para desenlaces políticos transexenales y deberá acatar instrucciones de quien se le indique en el momento preciso. Todo pastor sabe las consecuencias de orar en secreto y en público con sus amigos.

Farela cree estar en posición de negociar canonjías para los más de 20 millones de evangélicos que hay en México, pero él tiene su propia agenda y su propio grupo y sólo le alcanza para cobijar a los suyos, mientras que el Presidente tiene su personal definición de “cristianismo” y puede seguir jugando con ella para hacer santos a sus allegados y demonios a sus antecesores.

PALABRA DE HONOR: Renunció el Ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación Eduardo Medina Mora. Desde su llegada era evidente el distanciamiento que le marcaron los 10 colegas. No lo tomaban en cuenta casi para ninguno de los eventos que organizaba la Corte. Muy opaca su función desde que tomó protesta. Hay alegría y no mucho desconcierto en el pleno.

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