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Jair Avalos | Enviado

Reforma de Pineda, Oax. El primer municipio gobernado por una mujer sin partido político se resguarda y duerme bajo las estrellas y se cocina bajo un árbol. En Reforma de Pineda, uno de los pueblos istmeños sacudidos por el terremoto de 8.2 Richter del 7 de septiembre, se perdió la propiedad privada y pública, no hay un solo edificio para albergar a los damnificados.

Y es que muy poco quedó en pie. La alcaldía, el mercado, la estación del Ferrocarril, el DIF y el auditorio se cayeron. De seis escuelas sólo una sirve y hasta las dos Iglesias católicas sufrieron daños. El 76% de las casas se cayeron.

Por eso, tuvieron que instalar en el campo de futbol municipal el albergue, que recibió a los casi 3 mil habitantes que sufrieron daños en sus hogares. En las gradas, en lugar de que se apilen las barras bravas aficionadas al futbol, se apilan las colchonetas de las familias damnificadas.

Bajo una Pochota, un árbol que se eleva hasta 20 metros del suelo y produce algodón, cocina Julia y su cuadrilla de vecinas.

¿No gustan un taquito? Aquí tenemo’ atún a la mexicana, frijoles y sopita de pollo. Pásenle, con confianza”, dice Julia mientras hace una seña para que la gente se acerque con un tazón de plástico en la mano.

El pueblo está a una hora de Pijijiapan, Chiapas, y a una hora de Juchitán, Oaxaca. Lo que en su momento fue una comunidad que prosperó por las vías del tren de pasajeros, ahora sólo ve pasar a “La Bestia” llena de migrantes centroamericanos.

Detrás de “La Ventosa”, una de las principales productoras de energía eólica, de cerros y de magueyales está Reforma de Pineda que comenzó como un pequeño asentamiento a finales del siglo XIV y fue en la época postrevolucionaria que dejó de ser un pueblo de pescadores y sorgales a una terminal para llenar al tren de agua y carbón.

El terremoto de 8.2 grados del 7 de septiembre también arrancó un poco de historia istmeña. Las casas de más de un siglo no soportaron la inmensa sacudida.

La casa de los abuelos

Idalí sale a la calle a curiosear a la reja de su casa. “Miren, pasen a ver la casa de mi papá”, grita. Saca un manojo de llaves un poco oxidadas unidas por una argolla de acero inoxidable.

La casa de don Arnulfo Cabrera, papá de Idalí, es tradicional y común en el municipio: de muros anchos de hasta 60 o 70 centímetros, de ladrillo rojo engarzado para dar firmeza a la construcción porque a principios del siglo XX no existían las varillas. Los techos antiguos construidos con tablones y caballetes de madera se desgajaron y las tejas rojas pegadas con barro se deslizaron hasta el piso hasta quebrarse.

Esta casa”, dice Idalí, “la construyó mi abuelo para mi abuelita como a principios del mil novecientos; aquí se casaron mis papás y aquí crecimos todos los hermanos”.

Idalí, una mujer robusta, morena, de caderas pronunciadas y cabello teñido de rojizo, señala los claros en el techo. “Las tejas se pegaban con barro o lodo y eso lo hacían para mitigar el calor, pero no aguantaron una sacudida de ese tamaño”. La mujer comprobó la teoría y pasó a otro cuarto de techo de lámina de zinc, en menos de 30 centímetros la temperatura variaba considerablemente.

La casa del señor Arnulfo se encuentra entre las 255 casas con daños parciales en el municipio. Existen en Reforma de Pineda mil 55 casas, de las cuales 800 son pérdida total, las demás tiene grietas y averías costosas de arreglar. Los daños son severos para una población de apenas dos mil 671 habitantes según los censos municipales.

“Cuesta trabajo conseguirlo”

Idalí sale a la calle y comienza a gritar “¡JIMY! ¡JIMY!”, un joven de rostro enjuto se asoma por la puerta. Jimmy Juárez tiene 26 años y es albañil, es originario de Villahermosa, Tabasco, pero llegó a Reforma por su esposa Jazmín que es originaria de ahí.

A pesar de que tiene 26 años, tiene muchas arrugas alrededor de su rostro y manchas por el sol, huellas de su oficio constructor. Estaba acomodando los muebles que pudo rescatar y pasar a la casa de la vecina de enfrente.

La verdad es que ese terremoto nos cambió la vida, a mis hijas y mi mujer las empujé a un solar que tenemos y se pasaron al árbol del patio. Las casas se sacudían y todo tronaban”.

Jimy abre la puerta de la casa que se encuentra en la esquina entre calle Damián Carmona y Emiliano Zapata. Los durmientes que sostenían el inmueble ahora se levantan como brazos que claman ayuda. El sol entra con toda su fuerza y el muchacho comienza a señalar los daños y lo que antes era.

Acá era la sala y tenía mi refrigerador; por acá estaba mi cuarto y mi cama y atrás estaban las niñas”. Mientras brinca montículos de escombro de tejas y madera, el reflejo de la laca de un cuadro de la virgen de Guadalupe ilumina su rostro, “ah sí, es que los dueños originales eran guadalupanos”.

¿Cómo le hacen para dormir?

Uy, pues nos mantenemos en alerta todo el día y toda la noche. O dormimos por ratos ella (su esposa) y por ratos yo – lo cual confirmaba por las pronunciadas ojeras que se marcaban en sus ojos.

-¿Y las cosas dónde están?

Pues mi refri, mi televisión, algunos muebles y nuestra ropa están ancá enfrente con la vecina. Nos pusimos ella y yo a recuperar todo lo que se podía, aunque hubiera un riesgo grande. Yo sé que lo material no es todo, pero como cuesta trabajo conseguirlo.

Jimmy abre la puerta principal del domicilio que tiene una pared inclinada hacia la calle y otra pared inclinada hacia atrás.

La escena es similar en varios pueblos del istmo de Tehuantepec, los albañiles componen lo que en su momento fue el perfecto orden de las tejas de barro; las mujeres barren y lavan el frente de sus patios para evitar el polvo del escombro.

Ese polvo lacera las fosas nasales, los labios se secan y por más agua o saliva que frotes sobre ellos, no se rehidratan.

Rescatemos la historia

“¡Ayuda! ¡Ayuda!”, sale un anciano a la puerta de su casa en la avenida Independencia; “ayúdenme a levantar una piedra grande del horno de mi esposa”.

Un horno de adobe para cocer carne de puerco, mondongo (sopa de vísceras de res), pavo, pibil o barbacoa estaba hecho polvo. “Ya verán que cuando esté en pie este horno los voy a invitar a comerse unos taquitos de barbacoa”, dice y sonríe mientras muestra su escasa dentadura.

La histórica avenida principal, donde se cimentó la actividad comercial del pueblo, donde hubo un trapiche para moler caña de azúcar y se instaló la terminal de descanso del tren, solo muestra casas destechadas o desgajadas.

De regreso al campo de futbol-albergue está la alcaldesa Rosa María Aguilar Antonio, “Rosita Aguilar”, la primera alcaldesa independiente en México discutía con unas mujeres del mercado por el regreso a sus locales.

Rosita Aguilar duerme en el albergue con todos sus paisanos, “duermo acá porque quiero atender a mi gente (…) hoy llegó la Cruz Roja de Pachuca, Hidalgo, con más de cinco toneladas. Una fundación Arthur nos trajo sandalias para mujer, niña, niño y varón, gente de Huatulco y muchos amigos que nos echaron la mano”.

La repartición de bolsas con víveres, atún, agua, galletas, frijoles y arroz, de sandalias y ropa se detuvo.

Más miedo

Un sismo de 4.9 grados con epicentro en Pijijiapan, Chiapas, retumba en Reforma de Pineda, la alcaldesa se levanta de una silla de plástico y se lanza tras una camioneta. Comienza a llorar.

Tengo mucho miedo, no sé qué va a pasar. Perdimos la alcaldía, el mercado, la estación del Ferrocarril, de seis escuelas sólo una sirve, la que es Secundaria Técnica; se dañaron las dos Iglesias católicas y parece que las otras seis de la religión”, se enjuga las lágrimas de sus mejillas morenas.

También se dañó el DIF municipal y el auditorio que hubiese servido para albergar a la gente. “Pero estamos acá y llevamos cuatro días durmiendo al sereno”.

Una cuadrilla de soldados llegó para apoyarla, pero el “gobierno quiere ver las casas destrozadas por completo. Acá no han llegado los niveles del gobierno, sólo el Seguro Social y el Ejército”.

Los militares están levantando el escombro con palas, picos y carretillas y van calle por calle.

Yo lo único que pido es que respeten la historia, íbamos a convertir la terminal del tren en un museo yo creo que no se va a poder (…) Si no respetamos la historia los chamacos ya no recordarán sus raíces”, dice la maestra jubilada ahora gobernante de uno de los 41 municipios afectados por el terremoto, que se queja de lo lento de la ayuda y la presencia de gobierno, apenas cuatro días después de la tragedia, cuenta, llegó una camioneta de Protección Civil del gobierno estatal de Oaxaca.

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