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Miércoles 1 de octubre, 2014 | 7:19 pm

Zucursal se escribe con “Z”

Manrique Solsona Sánchez Dragó | Lunes 27 de febrero, 2012

La moneda nacional no tenía valor alguno en aquella zona, pues la zucursal, no sólo la escribían con “Z”, era ya la zona fronteriza donde se negociaba todo

Los dólares circulaban por entre los barrotes, entraban y salían billetes verdes desde hacía varios meses. La moneda nacional no tenía valor alguno en aquella zona, pues la zucursal, no sólo la escribían con “Z”, era ya la zona fronteriza donde se negociaba todo. Los zetas mantenían el control dentro y fuera del penal. Desde ahí se operaban los secuestros, piratería, extorsiones y venta de ramas. Y sí, con dólares se pagaba todo.

 

En un principio el Dog y el Doberman estaban tranquilos, pues como su nombre lo indica, eran los perros más rabiosos de aquel penal; ellos comandaban de manera cruel y sanguinaria el Centro de Readaptación Social de Apodaca. El control de la zona era estricto: dormitorios, sentenciados y procesados; dominaban a todos, incluso, desde ahí ordenaban y pedían que entambaran a otros para así engrosar su propio ejército que mantenían en la cárcel. Y como les digo, no importaba mucho estar ahí, pues salían y entraban a su gusto, que no a discresión.

 

El Dog y el Doberman vivían sus mejores días como los monarcas de aquel castillo de la impunidad hasta que comenzaron a llegar “Los del Golfo”.

 

Las cosas ya no funcionaban en perfecto orden, a madrazos y puntas afiladas se disputaban ahora el control de Nuevo León… fuera y dentro de la cárcel.

 

Los Perros no estaban nada contentos, la zucursal sufría serias bajas de personal y de billete, no podían permitir bajo ninguna circunstancia dividir el negocio, mucho menos la zona, ¿pues no les quedaba claro?, ésta se escribe con “Z”.

 

-¿Cuánto por la llave, cabrón? -le dijo el Dog al jefe del dormitorio E- Era una pregunta corta, seca y sin posibilidad de titubeos en la respuesta. El jefe de custodios de ese dormitorio, no era que estuviera simplemente coludido con el Dog, era un poco más complejo, tenían a toda su familia vigilada y amedrentada. Así que la respuesta era sencilla.

 

-Mira mi Dog, las cosas van a operar así, la llave no, pero a las 2:30 en punto como halcón te organizas para que el Doberman tenga a todos tus hombres en el ala izquierda. No antes, no después. Se afilan los dientes puto y listo, escoges 30 perros y se largan ladrando todos. Tiene que parecer un pinche día de campo. Nosotros estaremos en nuestro sitio para cuando la puerta se abra. Me tomas por la espalda y cuando haya terminado la fiesta, tú y tus hombres se hacen ojo de hormiga. ¿Estamos mi Dog? -Concluyó el jefe de custodios. El Dog enseñando los colmillos, asintió.

 

El plan, la hora y la farsa estaban montados.

 

El asunto es que ahí, hace tiempo que nadie respetaba nada, así que este mismo jefe de inmediato fue con el otro bando, Los Golfos, y ahí operó de la misma forma.

 

-Mira cabrón -le dijo al jefe de los del cártel, que también estaba armado- Hay un reventón el próximo domingo, van a venir a chingarse a todos tus hombres. Así, en minutos, el penal entero estaba afilando las garras y babeando de ganas por sacudir el costal de huesos.

 

Por fin llegó el domingo y prácticamente la zona de guerra estaba montada… Era el escenario ideal para una verdadera carnicería.

 

El Dog y el Doberman sabían que tenían que salir de ahí, miles de dólares habían corrido previos al plan y ya algunas autoridades estaban suficientemente centaveadas para que algo saliera mal.

 

Cuando las manecillas del reloj marcaron las 2:30 de la madrugada, las puertas de ambos dormitorios se abrieron y como escena de “Corazón Salvaje” los rabiosos bandos salieron a grito pelado, empuñando filosas puntas, tubos y pistolas que las asiduas putas habían metido a escondidas y a veces no tanto.

 

Tomaron a varios custodios por rehenes, rehenes previamente apalabrados claro, que actuaban como si de verdad se orinaran en los calzones. Y al tiempo que se despachaban a los rivales, iban saliendo de cinco en cinco.

 

Afuera, un grupo de Hummers esperaba a sus pasajeros, formados todos como si de un sitio de taxis se tratara. Los perros salían ensangrentados pero jadeantes de felicidad. -¡Arráncate puto! -gritaban una vez que trepaban a las camionetas- Se reía el Dog junto con el resto de los perros que habían logrado huir.

 

-¿Cómo cuántos nos chingamos puto? -Preguntaba a su subalterno- No sé mi jefe, mínimo a unos 40 pendejos. El Dog empuñó su arma y acariciándola le dijo -Ese pinche jefe de custodios me traicionó. El plan era más limpio, los pinches Golfos no tenían que estar en el patio. La salida era sin tanta pinche sangre. Ni pedo, ellos se lo buscaron. ¿Dejaste libre al puto custodio? -Volvió a preguntar- Sí jefe, pero limpio no se va, ya me encargué de mandar a imprimir la manta con santo y seña de su colaboración -contestó al tiempo que, más que limpiar, acariciaba su puñal quitándole la sangre de esa madrugada.

 

El Doberman apenas y pudo salir, tras él corrían un par de Golfos a los que se despachó una vez que llegó a un punto ciego. Ahí hizo alto total, y justo cuando ellos doblaron la esquina, les atizó dos tiros limpios a cada uno.

 

Por radio, Dog y Doberman cruzaban comunicación desde sus vehículos. -¿Dejaste billete pa’ la zucursal Doberman? -Le preguntó el Dog- Crujió un poco la radio, pero se alcanzó a escuchar un chasquido y un “Te va a cargar la chingada pinche puto Dog”.

 

Silencio y la operación en la Zucursal estaba consumada.

 

‘Aunque con algunos cabos sueltos. Cabos que ahora tengo aquí, aunque ahora sí está más que enredado este asunto’ pensó Manrique. Había llegado a Nuevo León justo al amanecer de ese mismo domingo, había que hacer control de daños y contener la información para que no llegara a la prensa.

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