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Alejandro Alemán

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Resulta curioso que dos de los hechos trágicos que fundaron la moderna democracia mexicana (la asesina represión de Tlatelolco en 1968 y la asesina inacción del estado en el temblor de 1985) sean retratados por el cine mexicano en clave del género de terror.

Pero, a diferencia del miedo paralizante que provocaba Rojo Amanecer (Fons 1989), en 7:19, el director Jorge Michel Grau sabe contagiar la angustia de la tragedia y a la vez llamar a la indignación por la corrupción, en este caso criminal, del gobierno.

Con guión a cuatro manos del propio Grau junto con el escritor Alberto Chimal, el arranque resulta brillante mediante un efectivo plano secuencia y un inteligente uso del formato de la pantalla (de panorámico a 4:3) que contagian eficazmente la claustrofobia y el terror de estar enterrado vivo.

Un humilde velador (Héctor Bonilla) y un político de altos vuelos (Demián Bichir) son quienes quedan atrapados bajo los escombros de un edificio; los estratos más altos y más bajos del poder en México tendrán que aprender a sobrevivir no sin que surjan (en un giro cuestionable del guión) las culpas y los reproches. Víctima y victimario en una misma tumba.

Se extraña, eso sí, se muestre el papel preponderante de la sociedad civil en un rescate donde el gobierno no hizo casi nada.

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