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A dos días del inicio del Open de Australia, el número uno del tenis mundial, Novak Djokovic, se encontraba nuevamente detenido este sábado en Melbourne mientras la justicia examina su deportación por no estar vacunado contra la Covid-19.

El gobierno australiano canceló el viernes por segunda vez el visado del tenista serbio, pero no procedió a su expulsión inmediata a la espera de que la justicia se pronuncie sobre el recurso presentado por los abogados del jugador.

Según la documentación presentada ante la justicia, las autoridades del país oceánico argumentan que la presencia de Djokovic «puede alentar el sentimiento antivacunas», motivo por el que solicitan su expulsión.

El caso está en manos de la justicia federal australiana, después de que el juez de Melbourne ante el que apelaron los abogados del tenista se declarara incompetente. Este cambio puede ralentizar el procedimiento, estimó su defensa.

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Mientras el tribunal escucha los argumentos de ambas partes, Djokovic, que el lunes debe empezar su defensa del Open de Australia ante su compatriota Miomir Kecmanovic, está retenido en una dirección en Melbourne.

El jugador estaba citado ante oficiales migratorios sábado y domingo, antes de sus audiencias judiciales. Djokovic pudo seguir el procedimiento desde esta dirección, supuestamente el despacho de sus abogados, custodiado por agentes fronterizos.

El caso puede tener repercusiones a largo plazo para el número uno mundial, que se arriesga a tener prohibida la entrada a Australia durante tres años.

Eso supondría un duro revés para «Nole», que aspira a ganar su décimo título en Melbourne y su 21ª victoria en un Grand Slam, batiendo el récord absoluto que comparte ahora con Roger Federer y Rafael Nadal.

Proteger los sacrificios de Australia

Pero desde un buen comienzo, el interés deportivo del primer Grand Slam del año quedó eclipsado por la saga judicial de Djokovic, convertido en uno de los referentes mundiales de los antivacunas.

Hace 10 días, «Nole» viajó a Australia tras haber obtenido una exención de vacunación de los organizadores del torneo por haber dado positivo de Covid-19 a mediados de diciembre.

Sin embargo, a su llegada al país, las autoridades fronterizas no consideraron que una infección reciente justificara una excepción, anularon su visado y lo enviaron a un centro de detención de migrantes.

El tenista estuvo allí encerrado hasta el lunes, cuando sus abogados consiguieron que un juez australiano lo dejara en libertad por un error de procedimiento durante su interrogatorio en el aeropuerto de Melbourne.

Pero el viernes, el ministro de Inmigración australiano, Alex Hawke, usó su poder ejecutivo para volver a anular el visado de Djokovic argumentando motivos de «salud y orden público».

«Los australianos han hecho muchos sacrificios durante esta pandemia y esperan, como es lógico, que el resultado de estos sacrificios sea protegido», defendió el primer ministro conservador Scott Morrison, bajo presión a cuatro meses de elecciones generales.

Después de casi dos años expuestos a uno de los cierres fronterizos más restrictivos del mundo para frenar la propagación de la Covid-19, los australianos enfurecieron al conocer la exención médica otorgada al tenista serbio.

«¿Por qué le maltratan?»

Sus abogados argumentan que el gobierno no ha mostrado «ninguna prueba» de la amenaza que supuestamente representa Djokovic para los australianos y tratan de que pueda seguir en libertad hasta la resolución del caso.

En Serbia, donde la cuestión ha adquirido tintes de ofensa nacional, el trato recibido por su ídolo causa estupor.

«¿Por qué le maltratan, por qué le atacan, no solo a él sino también a su familia y a toda la nación?», escribió el presidente Aleksandar Vucic en redes sociales.

Djokovic admitió esta semana «errores» en toda la polémica, como incluir información falsa en su declaración de viaje entregada a las autoridades australianas o haberse reunido con un periodista después de haber dado positivo a Covid-19.

El caso genera controversia también en el circuito tenístico.

Algunos jugadores consideran que el serbio debería poder jugar, pero otros como el griego Stefanos Tsitsipas, número cuatro del mundo, le acusó de «seguir su propio camino, lo que hace pasar por idiotas a la mayoría».

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