Antonio Cuéllar

La pandemia y las elecciones han dejado al descubierto el problema más grave que aqueja a los mexicanos: la gran diferencia de clases y el peligroso crecimiento de la distancia que separa a quienes poseen más de los que carecen de lo más básico; una patología de nuestra realidad social bien identificada por Andrés Manuel López Obrador, que la asume como el blanco u objetivo de su proyecto de transformación nacional –un ideario amenazado por sus graves carencias y por una desesperanzadora falta de planeación.

Paradójicamente, en el contexto de esa discordante bipolaridad, este fin de semana presenciamos en forma simultánea, el éxito y el rotundo fracaso, de dos modelos de desarrollo económico que han servido como referente histórico contemporáneo en la solución de los problemas de progreso de la humanidad; y fuimos testigos también del acuerdo global para dar cabida a mecanismos alternativos que favorecerán la edificación de un adecuado balance, el nacimiento de un nuevo modelo de estabilización.

Por un lado, esta semana ocupa las primeras planas el éxito alcanzado por Richard Branson en su búsqueda por llegar al espacio. Como fundador de Virgin Galactic, el empresario pasará a la historia por haber patrocinado el primer viaje al espacio para fines turísticos, una hazaña que se gesta en una carrera perseguida contra otro millonario, Jeff Bezos, dueño de Amazon, al perseguir ambos el futuro de la transportación aeroespacial, –un anhelo digno de una obra cinematográfica de ciencia ficción.

Por el otro, también ocupa las primeras planas el levantamiento que enfrenta el gobierno comunista de Cuba, en el que pobladores de San Antonio de los Baños, a 50 kms de La Habana, se agrupan y se amotinan contra la dictadura bajo el grito de “libertad”, en lo que constituye una nueva lucha contra el legado de los Castro, siempre representados a través del partido comunista, incapaz de asegurar comida y corriente eléctrica para su población, hoy también abatida por la pandemia.

El primero de los dos modelos encuentra en el empoderamiento del individuo y el ejercicio pleno de su libertad, el camino más adecuado para el desarrollo y explotación de todas las capacidades del hombre. Un patrón que permite el progreso, pero impone un costo muy alto, tanto en la conservación del equilibrio ecológico global y del medio ambiente, como por la generación de las disparidades en la distribución de la riqueza que conducen a la guerra.

El segundo de los dos modelos suprime las libertades y superpone al gobierno como órgano de decisión de los destinos de la sociedad, objetivo primario del Estado al que queda subordinado el individuo. Un modelo que provoca un resultado económico totalmente artificial, del que deriva un alto costo de infelicidad, ligado a la falta de productividad y a la pasividad del intelecto, aplastados por la mediocridad de la excesiva burocracia.

Cualquiera de los dos modelos mencionados, dibujan horizontes que provocan desaliento e incertidumbre. ¿Cómo detener el costo ecológico global frente al descontrol de las libertades empresariales, y lograr una compartición armoniosa de la riqueza que evite las graves carencias y el hambre que azota a más de la mitad de los humanos en la tierra?, y ¿Cómo evitar el atraso al que fatalmente conduce la autocracia en el loable pero utópico propósito de repartir equitativamente la riqueza entre los individuos?

Con la irrupción de las economías digitales, universales y al mismo tiempo no domiciliadas, altamente competitivas frente a las grandes empresas tradicionales, los gobiernos se han visto obligados a valorar un necesario esquema de tributación mínima global, que imponga a todas las empresas transnacionales el deber de pagar un impuesto mínimo del 15%. Ese fue el anuncio final que dio a conocer la semana pasada el G7 y que después retomó el G20.

Se trata de un primer paso que se gesta en el entorno de la economía de libre mercado, pero asume como propios los problemas de disparidad que ésta provoca a su paso.

En sintonía con los problemas que atraviesa el mundo, en donde la humanidad se sigue debatiendo entre el liberalismo y los costos que impone el calentamiento global, y el populismo y la frustración que deja a su paso el totalitarismo antidemocrático, nace una corriente que se sustenta en la racionalidad, un modelo que valorará la conveniencia de asumir políticas que hoy están destinadas a una sociedad interconectada con presencia global, que no tiene mayor lógica que la de su supervivencia y estabilidad.

México se debate aún en esa dicotomía, con componentes propios que demuestran la gran distancia a la que se encuentra respecto del justo modelo de crecimiento que produzca bienestar.

Son varios los factores que deben consolidarse para lograr éxito en la empresa de construir un país desarrollado: confianza e institucionalidad, educación y civilidad, estado de derecho y justicia. ¿Cómo lograr esto en un entorno de violencia física y discursiva? A México le duele el crecimiento galopante de la criminalidad, como también el mantenimiento obstinado de una narrativa que se empecina en encontrar etiquetas para todos; un modelo que no nos conduce a ninguna parte, y sí provoca una división social que amenaza la estabilidad.

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