Antonio Cuéllar

Debe darse por sentado que el ejercicio del cargo más honroso de máximo gobernante de un país, entraña la obligación de proteger y cuidar de su pueblo, y que la conducción de las riendas que definen su destino debe cernirse a los postulados más apegados a la lógica y la razón, pues no hay buena intención o voluntad que pueda justificar sus desatinos, si la toma de decisiones en la función se apoya en la locura o la arrogancia, incluso en contra de los mandatos que impone la ley.

En el libro de Las Intermitencias de la Muerte, Saramago exploró de manera magistral los rincones hasta donde podía llegar una idea surrealista, que proponía la posibilidad de que la Muerte se ausentara por un período de tiempo, y que, por consiguiente, las personas se vieran atrapadas en la vida sin poder trascender.  ¿Qué problemas acarrearía para la civilización la posibilidad de que debiéramos perdurar indefinidamente?

Las calamidades que apenas estamos empezando a vivir se vienen gestando desde principios de este año. El problema de la pandemia del coronavirus ocupa una de las columnas de todos los diarios impresos y electrónicos puntualmente, aunque desde occidente se haya visto como un fenómeno sanitario al que permaneceríamos alejados y del que seríamos ajenos. Las medidas que la República Popular China le impuso a su población nos parecían extrañas y demostraban cierto viso de desproporcionada severidad. La manera en que se emparedó a los ciudadanos de Wuhan y se les impidió salir de sus hogares constituía un acto desmesurado de poder que violentaba derechos fundamentales del individuo.

Llegada apenas esta enfermedad a Europa, a través de Italia, el enfrentamiento de la epidemia se sujetó a parámetros más flexibles y democráticos de gobernanza, ajustados a la visión benefactora de la administración por medio de la cual se privilegia la comodidad y la bonanza de nuestra sociedad.  La decisión, vista ahora a la luz de la rápida propagación del virus y la alta tasa de mortandad, resultó pobre y poco ajustada a las necesidades que, para un problema de esta dimensión y naturaleza, impone la razón por medio de la ciencia.

A pesar de que el Presidente Trump negara la fuerza devastadora del COVID-19, la verdad es que, ahora que el patógeno ha descubierto América, aquél no ha escatimado decisión alguna, por fuerte que sea, que sirva para impedir su propagación entre la ciudadanía estadounidense. Habiendo visto el sufrimiento que atraviesa la Lombardía y sus regiones aledañas, el resto de Italia, España, Alemania o Suiza, y así decenas de países más, lo menos que cualquier gobernante sensato debe hacer es poner manos a la obra y adoptar las medidas de prevención básicas que la ciencia médica ha previsto para estos casos.

México se beneficia de ser un puerto secundario de entrada de personas y mercancías provenientes de Asia y Europa, por lo que la entrada del virus será tardía con relación a los países más desarrollados, lo que nos concede unas semanas más para adoptar las medidas más adecuadas que garanticen la supervivencia del mayor número de mexicanos afectados que sea posible.  Dentro de la cronología de hechos y partiendo de la experiencia, la identificación y el aislamiento de individuos contaminados debería de ser, a priori, una acción incuestionable y puesta en marcha de inmediato.

Parece que Saramago ha resucitado y nos ha hecho la mala jugada de poner en escena una idea surrealista nacida en su obra. Como si la epidemia en sí misma no fuera un grave problema, ahora se presenta un acontecimiento que viene dando de qué hablar en el resto del mundo.  Ante la gravedad de las muertes que arroja el virus y la experiencia vivida en otras latitudes, el jefe máximo del gobierno del país opta por actuar de manera contraria a la lógica y sensatez, a lo razonable y científicamente procedente y cuerdo.  El premio Nobel nos propone que se ausente la Razón.

En efecto, como si se tratara de un experimento, como si quisiéramos saber qué pasaría en un país dado, en un momento de crisis en el que se ausente la Razón, el nuestro se prepara para caminar ese sendero.

Al Presidente se la ha ocurrido decir que la pandemia no le hará nada a México, que podemos abrazarnos y seguir adelante como si nada sucediera, no obstante la severidad de las medidas que se han venido tomando en el resto del planeta. El Presidente se pasea libremente y se pavonea entre fieles seguidores, para ponerles el mal ejemplo de enfrentar a la muerte, evidenciando que, en el Palacio Nacional, se ha ausentado la Razón.

No se trata solamente de la desacertada decisión de abstenerse de impulsar estrategias y acciones coordinadas para aprovechar de manera eficiente el presupuesto para atender un problema de seguridad nacional; o de omitir proveer de insumos e instrumentos necesarios al sistema hospitalario oficial que deberá de procurar la vida y la salud de quienes se vean afectados por la patología; o de dejar de dictar las órdenes que aseguren las medidas de dispersión más eficaces que eviten el contagio entre ciudadanos, lo cual sería esperable de todo gobernante; sino de la alocada decisión de invitar a la gente, y de permitirle llevar a cabo, actos que ponen en peligro su propia vida y la de las personas que conformen la colectividad a la que pertenezca.

El Presidente de la República no está informado y actúa de manera contraria a lo que cualquier persona en su posición haría de manera justa y razonable. Desinforma y conduce a la población, por acción o por omisión, a la consumación de conductas que son perjudiciales para todos.  Su soberbia y la sinrazón cobrará la vida de muchos mexicanos, en forma equiparable al suministro de agua destilada en tratamientos de cáncer por los que es juzgado el exgobernador Javier Duarte.

El problema de las vacaciones que en esta preparación de la Semana Santa ha decidido tomar la Razón, estriba en que el Presidente no está solo. Muchos han sido contagiados por esa misma enfermedad, y miembros de su gabinete y miles de fieles seguidores pregonan sus enseñanzas como si de un profeta se tratara.

Seamos serios; estamos frente a un fenómeno que, de la misma manera en que sucedió el 11de septiembre de 2001, tras los atentados terroristas a las Torres Gemelas, cambiará el rumbo de la historia.  Alarmante resulta que, ante las exigencias de tan severa plaga, salga a relucir el fanatismo y la ignorancia que hace de nuestro país el paraíso de los idiotas.

El vacío se viene llenando, afortunadamente, la sociedad civilizada pensante, ante la que la Razón se somete, y los gobiernos estatales no subordinados, toman medidas que se emulan y van a hacer posible evitar la consumación de un daño que, en el concierto mundial, no solamente grave en sí mismo, acabaría por señalarnos y ponernos de ejemplo de manera vergonzosa sobre lo que no se debe de hacer ante una crisis.  Urgente resulta pedir a Saramago que escriba el capítulo final de la novela, en el que se permita, de un modo u otro, el regreso de la Razón a la testa de nuestros gobernantes.

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