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Nadia Rodríguez

Es jueves, y entre el olor característico de un criadero de puercos, comenzó el día. Sin alarmas, pero obligado a levantarse para evitar castigos, y porque el calor que se encierra en un salón donde hay 100 personas juntas rabo a rabo es insoportable, Carmelo Rosales va a formarse en la fila porque toca “baño”, aunque en realidad va a recibir un chorro de agua de una manguera. 

Desayuna algo que parece huevos revueltos con tortillas, pero que huele a podrido. Va al salón principal donde está la tribuna a sentarse por horas a escuchar las historias de sus compañeros. Uno de ellos interrumpe un relato con una enorme carcajada y, en castigo, el Padrino saca una pala (con la que se revuelve el cazo de las carnitas) envuelta en cinta canela. Aquel joven —ya sin sonrisa— se levanta y se voltea porque sabe que lo van a gansear, es decir, golpear con la pala que tiene escrito “recuérdame”, en alusión al pastelito de Marinela. Frente al grupo le dan tres palazos, uno lo hace salir disparado hacia el frente y los otros dos los recibe en el piso. 

Las escenas se repitieron durante los 90 días que Carmelo pasó en el anexo “Rebaño Sagrado” en Ecatepec, a donde llegó por su adicción al alcohol. 

›Otro anexo, historias que confluyen. Misael Valle despertó ansioso y temblando; sólo podía pensar en la última cerveza y línea de coca que se metió antes de llegar. En sigilo y pasando por los cuerpos de sus compañeros que dormían en el piso, salió del cuarto a pedirle un cigarro a uno de los vigilantes de la estancia. Él se lo negó, pero Misael insistió hasta el desespero y como último recurso le asestó un puñetazo. 

Rápidamente otros vigilantes llegaron y golpearon a Misael, lo amarraron a una silla y lo llevaron a un cuarto apartado donde estuvo 48 horas. Así fueron sus primeros días en un anexo del estado de México. 

Carmelo y Misael se vieron atravesados por la misma violencia, pero con 20 años de diferencia. En los anexos las cosas no han cambiado. 

La ausencia de estado

La idea de “anexo” nació con las organizaciones de Alcohólicos Anónimos que tenían un espacio separado para las personas cuyo estado les impedía sesionar con el resto del grupo. Con el tiempo, se convirtieron en centros de rehabilitación clandestinos que crecieron como entes aparte, y existen al menos desde la década de los ochenta para atender a algunas de las 2.2 millones de personas usuarias de sustancias adictivas. La Unidad de Servicios de Recuperación Alcohólicos Anónimos advierte que “no son más que verdaderas cárceles de castigos”.

De acuerdo con la Comisión Nacional contra las Adicciones (Conadic), en México hay unos 2 mil 200 centros de atención residencial, pero mil 800 lo hacen sin ninguna regulación pese a la existencia de las Normas Oficiales 0025 y 0028 que datan de 2009 y 2014, respectivamente, y que establecen lineamientos para atender a personas adictas a sustancias. 

“En México es más fácil abrir un expendio de tatuajes que uno de tratamiento de adicciones, porque para abrir un expendio de tatuajes necesitas la licencia sanitaria”, denunció en 2017 Raúl Martín del Campo, miembro de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE) de las Naciones Unidas. Sus palabras siguen vigentes. 

Las regulaciones no aplicadas, la falta de presupuesto y el incesante consumo de drogas dejaron, desde hace al menos 40 años, la puerta abierta a la violencia y trato indigno hacia las personas con problemas de adicciones en nuestro país. 

Sin embargo, clausurar los anexos no es la opción que el gobierno mexicano tiene en la mira.

“Si decidimos mañana que los vamos a cerrar todos, tendríamos una crisis sanitaria gravísima en el país porque de facto estas personas atienden a decenas de miles de individuos que están internados y que hoy por hoy —pero insisto en que en el futuro será diferente— no tenemos la capacidad de atender” cuenta a ejecentral el titular de Conadic Gady Zabicky.  

El dato. El ingreso de nuevos miembros usualmente se da sin su consentimiento. Legalmente, se trata de un secuestro.

“Los innecesarios”

“Yo siento que ahora sí que la gente nos pone a los adictos en el mismo grupo que a los locos, los reclusos y los viejitos porque nos ven como una carga o como que somos invisibles, como si fuéramos innecesarios”, dice Misael Valle a ejecentral un mes después de haber salido de su tercer anexo, cuando se le pregunta por qué cree que nadie defiende los derechos de las personas adictas. 

Ahora tiene 24 años y ocho como consumidor de alcohol, mariguana, cocaína y más recientemente crystal. La primera vez que llegó a un anexo fue el día de su cumpleaños 19. Uno de sus tíos lo invitó a comer, pero le dijo que antes pasarían a recoger herramienta con un supuesto cliente. El tío tocó la puerta y el portón blanco lo abrió un hombre robusto con un tatuaje en el cuello. Ambos entraron cuando de pronto en el patio tres personas tomaron por la fuerza a Misael. “Ya no hay pa’tras, cabrón”, escuchó el jovencito que estuvo 90 días recluido. 

Sin su consentimiento y pese a tener la mayoría de edad, Misael fue internado en un anexo. No es un caso aislado, se trata de una práctica común en estos centros clandestinos, pese a que por práctica clínica se requiere la valoración de dos especialistas que avalen el internamiento involuntario. Legalmente se trata de un secuestro. 

“Tu familia llena una responsiva y parece que es una autorización para que te traten de la patada”, cuenta Carmelo Rosales de 54 años, quien por primera vez estuvo en un anexo en 1999 y apenas hace dos años dejó de consumir cualquier tipo de sustancia adictiva. En esos lugares, asegura, lo mismo conviven aquellos con problemas mentales, adictos, prófugos de la justicia, expresidiarios y personas cuyas familias nunca más volvieron por ellos. 

Rosales relata que no es extraño que las personas internas estén envueltas en actividades ilícitas. En México al menos desde 2009 se han registrado cinco ataques del crimen organizado contra anexos en Chihuahua, Puebla, Colima y Guanajuato. En este último apenas en junio de 2020 un grupo armado ingresó a uno de estos centros clandestinos llamado “Buscando el camino a mi recuperación” y disparó contra los que ahí estaban. El saldo fue de más de 27 hombres jóvenes asesinados. Aunque hay tres detenidos, no hay una sola sentencia emitida. 

Hacinados. El anexo “Rebaño sagrado” opera en una casa habilitada para albergar a los internos, que en ocasiones llegan al centenar.

La simulación 

“Muchas veces tu familia no sabe qué onda, les dicen no que acá si los tratan bien, que si funciona, eso es todo pura simulación, es todo un negocio. ¿Cómo crees que la gente se va recuperar si diario le mientan la madre, si la sobajan, si la humillan? Al contrario, sale con más resentimiento. Yo lo viví cuando entré al Rebaño, decía, “chale, ¿por qué mi jefa me habrá metido a este lugar bien culero?” La realidad es que ellos no sabían y tampoco lo dices para evitar que el padrino te castigue”, dice Carmelo. 

Los anexos, al operar fuera de la ley, no reportan sus actividades ni resultados a nadie, y así como un día cierran un centro al día siguiente abren otro. Eso lo sabe Gady Zabicky, titular de Conadic, quien también reconoce que estos lugares existen porque cubren una necesidad en zonas donde no llega el Estado y es la oferta que hay para tratar adicciones. 

Dentro de ese marco de opacidad, el contacto que las familias tienen con los anexos es sólo a través de los padrinos (directores de estos centros clandestinos), que como en la película de Francis Ford Coppola, hacen una oferta que no pueden rechazar: retener y “rehabilitar” a la persona adicta. 

Las familias aceptan porque les es imposible costear clínicas como Oceánica, donde la estancia supera los 240 mil pesos. Estos centros clandestinos cuestan 3 mil pesos mensuales, más la despensa y gastos personales del interno, que suman unos 5 mil pesos. 

En esa gama de familias empobrecidas encaja el caso de Oscar Gabriel. A los 15 años entró a su primer anexo y transitó por una veintena de lugares así. En algunos estuvo cuatro días, en otros hasta un año, siempre ingresado por su familia que corrió con todos sus gastos, pero también con todas las recaídas que tuvo. 

De los anexos en los que estuvo, Oscar Gabriel recuerda que la comida era muy mala y que “llegas a extrañar todo de afuera, las personas, tu casa, la comida, tu familia”, sus palabras se asemejan más a la descripción de una cárcel que a la de un centro de rehabilitación.

Zabicky apunta que los anexos a veces son elegidos por la familia como una especie de castigo a la persona adicta, en una lógica de que la violencia que impera en esos lugares los lleve a “apreciar lo que hay en casa”.

Publicidad engañosa. Al no tener que responder ante ninguna autoridad, los anexos se anuncian como lugares donde se respeta a los internos.

Llegan más jóvenes

Foto: Cuartoscuro

Caminar por la calles para conseguir 30 o 50 pesos —que es lo que cuesta una dosis de piedra— fue la rutina diaria de Oscar Gabriel por varias décadas, pese a los más de 20 anexos en los que estuvo, tenía meses muy buenos y otros donde sus recaídas eran profundas. Él dice que se debió a su falta de voluntad, pero también a que en los centros de rehabilitación en los que estuvo no le ayudaron. 

“He escuchado de algunos muy densos, hay uno que se llama El Satánico donde pegan bien feo, otro en donde según al que entra lo visten de mujer, así con vestido y peluca, otro en el que de ingreso te dan un bote de chiles de esos grandes y ahí cagas, meas y lo usas hasta para comer. Yo estuve en otros donde te dicen de cosas… uno vive siempre humillado, siempre zapateado por todos”, cuenta a ejecentral

En entrevista para este semanario, el psicólogo Alfonso Chávez González, —experto en el tratamiento de adicciones—, explica que la violencia usada en anexos no ayuda a los pacientes. En algunos hay que tomar una postura de confrontación, pero no de violencia porque terapéuticamente eso no ayuda. 

Zabicky, quien también es psiquiatra, señala que los enfoques violentos como los que existen en los anexos podrían atentar contra los derechos humanos de las personas adictas, ya que los padrinos (que en su mayoría son también adictos en recuperación) no necesariamente están preparados para auxiliar a otros. 

“Dejar de consumir no es estar curados. La adicción no se cura, lo que hay es rehabilitación”, afirma Chávez González y apunta que en un tratamiento convergen una serie de elementos genéticos, ambientales, bioquímicos, de comorbilidades y situacionales, por lo que el paciente debe estar alerta todo el tiempo de su autocuidado y tratar paralelamente su adicción y sus problemas emocionales para lograr una reinserción a la vida. 

Psicólogos como Alfonso Chávez y Adán Pacheco Alcalá, director de la Fundación Paradox para adicciones en Chalco, estado de México, advierten que cada vez es más recurrente atender a adictos de edades tempranas como los 12 y 13 años, cuyo consumo de drogas duras es cada vez más evidente. 

“Hablando con personas que hemos atendido, lo que me reportan es que pasaban varias horas buscando crack, bueno cocaína, y les decían que había crystal, entonces ya nuevamente empezaba el consumo. Creo que tiene que ver con la operación de las mafias, que no permiten el ingreso de ciertas sustancias y ahora traen otras”, apunta el director de Paradox. 

En manos violentas. Las terapias muchas veces consisten en sesiones de pláticas grupales, pero también en castigos físicos y humillaciones.

La desembocadura

“Ya no quiero regresar al infierno”, dice Carmelo al hablar de los poco más de dos años que lleva limpio. Como si la vida se tratara del juego de Serpientes y Escaleras, se mira a si mismo en la casilla uno, luego de haber tenido más de 30 años de consumo activo de alcohol. 

Chávez y Pacheco Alcalá coinciden en que la rehabilitación es un largo camino, pero es la respuesta para las personas adictas. Sin embargo, la familia configura un eje fundamental de la recuperación. 

“Nosotros lo tenemos, lo tratamos, le ayudamos, pero si el paciente regresa a un ambiente familiar tóxico es muy posible que recaiga en la adicción”, enfatiza Pacheco Alcalá. 

En ese sentido, el psicólogo Eduardo Benavides comenta que la familia debe también tener un cambio real y fijar límites en las personas adictas para ayudarlos en lugar de “resolverles la vida”, ya que “el que sean adictos en rehabilitación no quiere decir que no puedan tomar sus propias decisiones”. 

›Los anexos operan en México porque atienden a una población invisibilizada por el Estado. Durante el gobierno de la Cuarta Transformación no se han generado ni actualizado los datos de la Encuesta Nacional de Adicciones. El informe más reciente sobre la situación del consumo de drogas en el país es de 2019, pero emplea datos de 2017. 

Pese a la falta de información sobre las personas adictas, el titular de la Conadic dice que el futuro será diferente, pues se alista una gran estrategia de regularización a modo de “semaforización” de estos centros de internamiento a través de la flexibilización de la norma  0025.

Relajando la norma vigente, los requisitos para apegarse a la ley serán menos estrictos, así los anexos podrían recibir capacitación y ayuda de la Conadic. En color verde estarán los que la Comisión recomienda, en naranja los que están en proceso de regularización y en rojo los que reportan prácticas violentas o contra los derechos humanos. 

“Ojalá se haga así como dicen y ahora sí que la gente deje de vernos como una carga, como si fuéramos su cruz y nos vean como personas, que luchamos contra nuestros problemas, pero personas”, dice Misael cuando se le pregunta qué piensa del planteamiento del gobierno.  

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