Raymundo Riva Palacio.

1er. TIEMPO: Veitinueve años después.- Las elecciones presidenciales de 1988 siguen causando polémica y avivando la sospecha de un fraude electoral. La creencia que se robaron las urnas para darle la victoria a Carlos Salinas tuvo su origen, se puede argumentar, en que en el centro del país, donde se cruzan las dinámicas de los actores políticos, los agentes económicos y los medios de comunicación, no parecía haber nadie que estuviera ajeno a una experiencia cercana donde su entorno hablaba con insistencia de que Cuauhtémoc Cárdenas había ganado las elecciones. El régimen se endureció, y quedó en las manos de quien era el secretario de Gobernación, y en ese entonces presidente de la Comisión Federal Electoral, que regulaba los procesos, Manuel Bartlett. Veitinueve años después, el hoy senador del Partido del Trabajo, declaró en una entrevista que Salinas no había ganado la elección, y la había perdido. Su argumento fue que Salinas llegó a un acuerdo con el PAN para quemar las boletas electorales a cambio de entregarles el control de la Cámara de Diputados. Interesante la forma como quiere reescribir la historia. Es cierto que se quemaron los paquetes electorales, casi cinco años después, pero no resultado de un acuerdo, sino de lo que dice la ley, vigente, por cierto, hasta la actualidad, y por eso contó con el aval de los entonces líderes del PAN, Diego Fernández de Cevallos, y del PRD, Porfirio Muñoz Ledo. La Cámara no se le quedó al PAN, sino al PRI, con fuerte presencia de la izquierda. Pero todo eso es retórico para la discusión. Bartlett era quien tenía el control de las urnas y pudo haber hecho lo que quisiera con Salinas, cuya cabeza tuvo la noche del 6 de julio en la guillotina. Como responsable del órgano electoral, Bartlett fracasó, pues no preparó bien la infraestructura para ir captando los resultados al momento que se iban contabilizando los votos (hoy resuelto por el conteo rápido) y escribiendo sobre las sábanas del cómputo manual pegadas en las casillas. Él tenía el control de toda la información. Si Salinas perdió, fue Bartlett, nadie más, quien cometió el fraude electoral. Si Salinas ganó, fue él quien avaló los votos para que triunfara. Bartlett nunca aceptó que el presidente Miguel de la Madrid se inclinara por Salinas como su sucesor. Pero hablar de este tema de una forma como si él no hubiera sido nada responsable, 29 años después, rebasa todos los niveles de cinismo conocidos.

2O. TIEMPO: La noche más peligrosa. En su libro, Opening Mexico: The Making of a Democracy, los excorresponsales del The New York Times en México, Julia Preston y Sam Dillon, describieron el complejo sistema computarizado que ordenó el secretario de Gobernación, Manuel Bartlett, para las elecciones presidenciales de 1988, a partir de dos entrevistas centrales, con José Newman y con José Antonio Gómez Urquiza. Newman era el director del Registro Nacional de Electores, y quien aquella noche, como escribió la periodista Marta Anaya en otro libro indispensable sobre esa elección, 1988: el año que calló el sistema, admitió que el sistema no pudo dar resultados. Fernando Elías Calles, quien era el secretario técnico del Registro, confirmó a petición de Bartlett: “El sistema se cayó”. En el juego de la semántica entre callar y caer, comenzó el mito del “fraude cibernético”, como lo llamó días después de la elección El Financiero, en un reportaje de Yuri Serbolov. Las declaraciones de los hombres de Bartlett tuvieron que hacerse por exigencia del PAN. Su representante ante aquél órgano electoral, Gómez Urquiza, había pillado las trampas que les había ordenado su jefe: instalar un software que permitiera separar en forma confidencial las casillas favorables para el PRI. Funcionarios molestos por lo que hacía Gobernación, le dieron las contraseñas para acceder al sistema, incluida la confidencial. Cuando se descubrió el cúmulo de casillas que no le favorecían al PRI, que llevó a “callar” el sistema, la protesta se trasladó a las calles. Ante la cerrazón de Bartlett, brazo con brazo caminaron hacia Palacio Nacional Cuauhtémoc Cárdenas, el candidato del Frente Democrático, Manuel Clouthier, quien compitió por el PAN, y Rosario Ibarra, que abanderó el Partido Revolucionario de los Trabajadores. Llegaron al Zócalo acompañados de una multitud que quería tomar el Palacio Nacional y presionaron a los candidatos presidenciales a derribar la puerta. Quienes vivieron esa noche, recuerdan la incertidumbre convertida en angustia y miedo. Cárdenas se opuso a una acción violenta y pudo contener a la multitud. Nadie sabía, incluido Cárdenas, que detrás de la puerta central del Palacio Nacional estaban apostados decenas de soldados, con la autorización presidencial de disparar a matar, si alguien entraba por el portón.

3er. TIEMPO: La primera negociación, con la izquierda. Las declaraciones del senador Manuel Bartlett donde afirma que la victoria de Carlos Salinas en las elecciones presidenciales de 1988 fueron gracias a un pacto con el PAN y no mediante las urnas, chocan con el hecho que él era el responsable de las elecciones, por lo tanto el mencionado fraude lo cometería él, y que la negociación en los primeros días posteriores a la elección, no fue con el PAN, sino con el Frente Democrático Nacional. Bartlett olvidó convenientemente que la negociación se desarrolló en la Secretaría de Gobernación, cuyo despacho ocupaba, y que Salinas envió a un representante para hacer las ofertas necesarias, Manuel Camacho, quien era secretario general del PRI. La izquierda afirmaba, con las actas electorales en la mano, que había ganado las senadurías en el Distrito Federal, Morelos, Guerrero y Michoacán. Las negociaciones fueron intensas y con la amenaza de las movilizaciones sociales, que en esos días de incertidumbre y percepción generalizada en el centro político del país que se había cometido un fraude en contra de Cuauhtémoc Cárdenas, la factibilidad de la violencia era superior a la de la estabilidad. Fueron nocturnas y se llevaron horas, pero al final alcanzaron un compromiso: Salinas sería presidente y reconocería el régimen las senadurías para Ifigenia Martínez y Porfirio Muñoz Ledo en el Distrito Federal, y para Cristóbal Arias y Roberto Robles Garnica en Michoacán. Era eso o nada, porque sabían que Cárdenas nunca iba a aceptar llevar la violencia a las calles y cargar muertos sobre sus hombros. Bartlett, testigo de todo ello, asintió. En el gobierno de Salinas aceptó ser secretario de Educación, de donde el presidente que ahora dice que fue ilegal, lo promovió a la gubernatura de Puebla. Bartlett vio durante 1989 y 1990 cómo Salinas fue forjando la alianza con el PAN a través de un corrimiento ideológico del PRI, que reclamaba en privado, pero nunca en público. Veitinueve años pueden parecer muchos para olvidar los detalles, pero el senador por el Partido del Trabajo, que fundó Raúl Salinas, hermano del expresidente, debió haber esperado que una declaración tan insultante para la historia de este país, no iba a dejar de cuestionársele. Entre otras cosas, por tramposo y mentiroso.

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