Raymundo Riva Palacio.

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ER. TIEMPO.  Veintisiete años son nada. Como cada 1 de enero desde 1994, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) emitió un comunicado. No fue como el de hace 27 años, cuando se alzó en Chiapas con una declaración de guerra al Estado mexicano que, por cierto, sigue vigente. Ahora, como parte de la evolución, fue una convocatoria por la supervivencia de la humanidad y por la destrucción del capitalismo. No son conceptos novedosos, pero hay que reconocerle un mérito histórico al EZLN. En 1994 no existía el movimiento globalifóbico que surgió como tal en la reunión de la Organización Mundial de Comercio en Seattle en 1999, y que conceptualmente evolucionó hacia lo que se conoce hoy como el altermundismo –un mundo diferente–, pero se inscribía en la crítica social que se venía haciendo a la globalización. El EZLN, con el éxito internacional que tuvo en forma espontánea, se convirtió en referente de esa movilización que ha logrado, de manera indirecta, llevar a algunas personas al poder, como en México, Andrés Manuel López Obrador, que explotó el coraje acumulado por décadas contra el sistema establecido. Pero hace 27 años, el grupo de intelectuales detrás del EZLN, que tuvieron un eficaz vocero en el Subcomandante Marcos, difícilmente habrán imaginado lo que provocarían en el mundo. Incluso, ni siquiera en México. Aquél 1994, se puede argumentar, cambió el destino del país. En lo que le toca al EZLN, la gran crisis financiera que enfrentó el gobierno, debilitando quizás en definitiva el soporte político del sistema, fue detonada en parte por ellos. Dos miembros del Banco de México en ese entonces, Francisco Gil Díaz, exsubgobernador, y Agustín Carstens, director de Investigación Económica, han documentado las variables económicas y financieras que llevaron a la catástrofe de diciembre de ese año, pero dentro de ellas observaron el deterioro causado por los conflictos políticos, en particular lo que se vivía en Chiapas, cuya movilización en decenas de municipios en ese estado el 18 de diciembre aumentó la fuga de capitales que se venía dando durante el año, pero sobre todo, precipitó el ataque a los tesobonos que finalmente causó lo que se le ha denominado “el error de diciembre”. No fue lo único que provocó la gran crisis, pues existieron en ese año los magnicidios de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu, pero el 1 de diciembre de 1994, en muchos sentidos, jugó un papel cuyas consecuencias aún experimentamos.

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DO. TIEMPO. El Efecto Tequila. Si 1994 terminaba mal, 1995 arrancaba peor. Los exfuncionarios del Banco de México en ese momento, Francisco Gil Díaz, que sería secretario de Hacienda de Vicente Fox, y Agustín Carstens, que lo sería de Felipe Calderón, argumentaron las razones del colapso de 1994 dos años después en una provocadora presentación en una conferencia organizada por la Asociación Económica de Estados Unidos en San Francisco. La inestabilidad política que causó el aceleramiento de la fuga de capitales –que llegó a los 18 mil millones de dólares– forzó la devaluación del 19 de diciembre, dijeron. El déficit de cuenta corriente previsto para 1995 era imposible de financiar, agregaron, y era inevitable el desplome de la producción y el gasto, por lo que tendrían que hacerse ajustes. La producción probablemente caería 8% y la inflación alcanzaría 52%. Quienes hemos vivido todas las crisis financieras desde que se agotó el modelo del desarrollo estabilizador, recordamos con dolor la de 1976, o la de 1982, cuando se impuso el control de cambios, donde para poder viajar  —en mi caso particular de trabajo—, había que volar a la frontera, cambiar en las casas de cambio y cruzar a Estados Unidos para iniciar el viaje a donde fuera. Pero 1995, para millones de mexicanos que no pertenecen a la Generación Z, ni a los millenials ni mucho menos a los centennials, aquello es tan cercano, que es el referente de lo que significa una crisis económica profunda. Al darse la devaluación a finales de diciembre de 1994, el dólar se disparó 100% en sólo una semana, lo que provocó que los deudores entraran en moratoria, tanto quienes tenían hipotecas y tarjetas de crédito, como decenas de empresas con deudas en dólares. Hubo quiebras masivas de bancos, industrias y comercios. El desempleo superó el 10% y aumentó los niveles de pobreza en 50 por ciento. México había perdido cerca de 400 mil millones de dólares en reservas y tuvo que acudir al Fondo Monetario Internacional por préstamos para cubrir deudas en el extranjero. También reactivó un programa creado en 1990 para tener una especie de colchón en casos de crisis, el Fondo Bancario de Protección al Ahorro, conocido por su acrónimo Fobaproa, motivo de discusión y controversia desde entonces. Por un lado están quienes afirman que sólo ayudó para rescatar bancos y banqueros, y por el otro quienes aseguran que sin ese programa, el sistema de pagos se habría licuado, provocando no sólo la quiebra de los bancos sino que miles de mexicanos habrían perdido sus casas. Aquella crisis se extendió por el mundo y se le llamó El Efecto Tequila, pero aquí sirvió de primera bandera al líder social, Andrés Manuel López Obrador, en su carrera por la Presidencia.

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ER. TIEMPO: Crisis sin neoliberales. El deterioro gradual del sistema político en México se combinó con el enojo social que se venía expresando en el mundo desde principios de este siglo, que propició la emergencia de líderes populistas en más de 60 países, que tienen por característica desconocer por completo lo que hicieron en el pasado sus antecesores, como si todo hubiera estado mal, y construir un mundo alterno –no el de los altermundistas, porque sus agendas chocan en varios temas fundamentales- en donde emergen dirigentes autoritarios, que destruyen con mentiras y manipulaciones los edificios democráticos construidos por décadas, promueven el pensamiento único que dicen combatir, y navegan hacia un futuro sin destino, o en algunos casos extremos, distópicos y totalmente contrarios a los que decían buscar. Aquí en México, tenemos en Andrés Manuel López Obrador, nuestro populista autóctono. Este 2021, su tercer año de gobierno, es una continuidad agravada a lo que vimos el 1 de diciembre del año pasado: crisis económica sin horizonte a la vista. En este nuevo año, las perspectivas lucen peor que en ningún momento antes en la historia moderna del país, en parte por sus antipolíticas, y en parte por la pandemia que le cayó de Wuhan, que tampoco supo manejar. La pandemia del coronavirus llegará a su fin, esperan algunos hacia verano de este año, gracias a la vacuna que ayudará a ir restableciendo la actividad económica. En México, quizás el vaticinio es distinto porque López Obrador no hizo lo que el resto del mundo sí en política económica. El Presidente de México cree que su modelo es el correcto y que será seguido por el resto de los países. No se ve factible. Un ejercicio que realizó Tomás de la Rosa en ejecentral prevé que el sexenio de López Obrador quedará 1.9% del PIB abajo del de Enrique Peña Nieto, con una pérdida de valor nacional que incluirá probablemente la desaparición definitiva del 30% de los negocios del país. Las gasolinas subirán, así como las tarifas de luz. El endeudamiento real del gobierno está en el máximo histórico con 63% del PIB. El desplome económico producirá más cierres masivos y pérdida de empleo. También, incrementará la informalidad, por lo que caerá la recaudación de impuestos y, por tanto, el dinero en las arcas del gobierno en año electoral. Esta es la variable más peligrosa. Lo que pasará lo veremos en un año. Pero por los antecedentes, si estuvimos mal en 2020, estaremos peor el próximo 31 de diciembre. 

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