Raymundo Riva Palacio.

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ER. TIEMPO: El embargo de 1973. Cuando uno cruza el desierto del Sinaí, se va topando con desechos de tanques, vehículos blindados destruidos y con piezas de artillería. Son monumentos involuntarios de la Guerra del Yom Kipur, cuando en el día más sagrado de los judíos en 1973, Egipto y Siria lanzaron una ofensiva militar contra Israel para recuperar la península del Sinaí y las colinas del Golán, que les había arrebatado Israel en un ataque relámpago en 1967, en la Guerra de los Seis Días. El Sinaí daba al Canal de Suez, y el Golán, una montaña árida que separa a Israel de Siria, es por donde escurre el agua al mar de Galilea, en territorio israelí. Para recuperar el control del agua y el poder regional, los países árabes utilizaron el petróleo. Semanas antes, en una reunión secreta en Riad, se trazó la estrategia. El ataque militar fue finalmente una derrota para los árabes, encabezados por el presidente egipcio Anwar el-Sadat, pero como acordaron, utilizaron el petróleo como arma. Los países árabes, que habían formado en 1960 la Organización de Países Exportadores de Petróleo, estaban listos para presionar el incremento de sus precios, y la guerra del Yom Kipur era parte de la estrategia regional. En medio de la guerra, negociaciones de la OPEP con las compañías petroleras para subir los precios fracasaron, y en el contexto de la guerra, Arabia Saudita, los Emiratos, Irak, Irán, Kuwait y Qatar los subieron a 3.65 dólares el barril, redujeron su producción en 25%, y decretaron un embargo petrolero a Estados Unidos, en represalia por reabastecer militarmente a Israel, y a Holanda, España, Portugal y Sudáfrica, por apoyarlo. Varios años de negociaciones entre la OPEP y las compañías petroleras desestabilizaron todo un sistema de precios que había funcionado por décadas, y afectó profundamente la economía de Estados Unidos. El presidente Richard Nixon inició un plan de emergencia para impulsar la producción petrolera en Estados Unidos e impuso control sobre los precios a la gasolina. En 1979, el presidente Jimmy Carter inició la desregulación, que elevó los precios y desató el pánico. Las imágenes de televisión eran dramáticas, con largas filas esperando turno en las gasolineras y un desabasto causado por el miedo. Eso se había inyectado desde 1973, cuando el embargo petrolero marcó un cambio en el balance financiero del mundo hacia los productores de petróleo.

Ilustración: ejecentral

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DO. TIEMPO: Nace el gran productor. El embargo petrolero de 1973 alteró el mercado de crudo mundial. Provocó el final de la hegemonía de las Siete Hermanas: la Compañía Petrolera Anglo-Iraní, Royal Dutch Shell, Gulf Oil, Texaco, y las tres grandes Standard Oil, repartidas de Estados Unidos, que habían controlado el mercado por más de 30 años que tuvieron que reinventarse. La petrolera angloiraní se convirtió en BP; Gulf Oil, Texaco y una Standard Oil se fusionaron en lo que es hoy Chevron, y las otras dos Standard crearon Exxon-Mobil. La holandesa Royal Dutch Shell sobrevivió, pero sin asomo a lo que fue. La otra gran crisis fue en 1979, cuando fue derrocado el shá Mohamed Reza Pahleví en Irán, que se fue a la guerra con Irak, los dos miembros de la OPEP. México, que nunca ha pertenecido al cártel, vendió un millón de barriles para la Reserva Estratégica de Estados Unidos, que siguen almacenados en cuevas de Texas y Louisiana, durante el gobierno de José López Portillo. Esas crisis provocaron que los precios del barril se elevaran al equivalente de 105 dólares, que con el fenómeno colateral del ahorro de consumo de energía que realizaron los países industriales tras la experiencia de 1973, hizo que la demanda fuera menor que el suministro y llegó una nueva crisis a principios de los 80. Los países árabes celebraron una reunión de emergencia en la Embajada de Kuwait en París, donde llegó como observador Francisco Labastida, secretario de Energía mexicano. Esa reunión fue preparatoria de una cumbre en Ginebra, donde regresó Labastida, acompañado por su secretario particular, Esteban Moctezuma. En esos años difíciles para los países petroleros, los precios cayeron 50 por ciento. La OPEP paralizó su producción para salir del bache, y provocó un aumento en la demanda a la mitad de la primera década de este siglo, alimentada por el crecimiento de China, la India, y la mejoría económica de Estados Unidos y Japón. Los precios regresaron a 100 dólares por barril. Entraron nuevos jugadores. Rusia, Brasil, Malasia y Estados Unidos, donde después de 21 años de haber cancelado la producción shale, restableció el programa en 2003, y volvió a dar un giro el mundo petrolero.  En una década, Estados Unidos se convirtió en el principal productor de petróleo en el mundo, con 15% de la pastel mundial, superando a Arabia Saudita, que tiene el 13% y a Rusia, con el 12 por ciento. Esto, por supuesto, traería otra guerra de petroprecios.

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ER. TIEMPO: Un año para jamás olvidar. A veces se olvida que el actual colapso petrolero es parte de una larga guerra de precios que ha acompañado todos los fenómenos políticos, económicos y financieros durante casi medio siglo. Lo que hoy vivimos comenzó en 2014, cuando Arabia Saudita inició una nueva batalla de petroprecios, para mantenerlos de una forma que les favoreciera geopolíticamente. Le preocupaba la guerra civil en Siria y la resistencia de Estados Unidos a intervenir, sumado a su acercamiento a Irán, su enemigo histórico. Alcanzó un inestable entendimiento con Rusia para coordinar con Vladimir Putin los precios de crudo a cambio de que usara su influencia con Bashar al-Assad para que Siria cooperara con los sauditas en los mercados petroleros. Tampoco una mejor relación de Donald Trump con el régimen iraní. Los sauditas, también estaban molestos con los productores estadounidenses de, que invirtieron de manera marginal, frente a lo que habían hecho ellos, para beneficiarse de barriles de 100 dólares. Había que castigarlos. Bajó sus precios y al arrancar 2015, los había desplomado a 50 dólares el barril. Castigó así a Rusia, que tuvo que imponer medidas draconianas en su economía, y debilitó a Irán. En Estados Unidos, la idea de elevar su producción shale casi en 100% de 2017 a 2020, se evaporó. A mediados de febrero de 2016, el barril estaba en 31.12 dólares, que dejó prácticamente sin utilidad a los estadounidenses. A mediados de octubre se habían podido recuperar los precios a 74.96 dólares, pero los sauditas inundaron el mercado con crudo para provocar un nuevo descalabro. El pasado 6 de marzo, el ministro saudita de petróleo, Ali Al-Naimi, falló en ponerse de acuerdo con Rusia para recortar producción, y redujo unilateralmente sus precios, sin importar la pandemia del coronavirus. Los precios se desplomaron a niveles no vistos desde 2016 y Trump intervino para sentar nuevamente a la mesa a Rusia con la OPEP, sumando a países productores independientes, como México, reduciendo la producción en 9.7 millones de barriles diarios. Le pareció insuficiente a los mercados. El coronavirus provocaba menor demanda en un mundo lleno de petróleo, tanto, que el principal centro de almacenamiento en Estados Unidos, en Cushing, Oklahoma, llegó a su tope. El valor del petróleo cayó a negativo por primera vez en su historia. El barril de la mezcla mexicana, en un ejemplo del desastre, se vendía a menor precio de lo que cuesta un Gansito Marinela. Y lo peor es que esta historia aún no termina. 

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